Martes, 06 Abril 2021 13:23

Un rumor creciente - Por Carlos Berro Madero

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“No todo lo que puede ser contado cuenta y poco de lo que cuenta puede ser contado”
- Albert Einstein

En este dilema estamos encerrados, sin que pueda advertirse por dónde lograremos encontrar una puerta abierta a un futuro menos tenebroso, ya que se percibe una frustración bastante similar –salvando las distancias-, a la ocurrida en Europa en los años previos al derrumbe del Muro de Berlín.

Esos días en que las cosas se habían vuelto tan opresivas y deprimentes para los sometidos al régimen soviético, que los forzó a salir finalmente a la calle munidos de picos y palas para derrumbar simbólicamente la pared que los separaba de la libertad, el progreso y la modernidad.

El episodio se extendió como un reguero de pólvora en otros lugares de aquel continente, dando comienzo al fin del imperio soviético, mientras los ciudadanos le decían al régimen imperante algo así como: “durante más de cuarenta años nos han oprimido prometiéndonos un bienestar que nunca llegó; no los soportamos más; váyanse y déjennos vivir en libertad”.

“El descalabro fue tan grande”, señalaba Víctor Massuh, “que se hizo una revolución no para crear sino para imitar; NO PARA CAMBIAR EL MUNDO SINO PARA ENTRAR EN ÉL; no para dar arrogantes ejemplos de innovación histórica a las generaciones futuras, sino para volver sobre lo andado Y DAR ALIMENTO A LAS GENERACIONES PRESENTES”.

De esta realidad, producto del aislamiento y la soledad espiritual al que se pretendió reducir a la gente, se pasó a una resistencia con manifiestos en cada rincón de las ciudades más remotas, que terminó obligando a bajar los brazos al poder público.

Es muy posible que sin llegar a la violencia puesta en marcha contra un régimen despótico como el de Europa en 1989, nos esté haciendo falta protagonizar una revolución pacífica que logre reivindicar la voz de quienes nos sentimos “apaleados” por profetas políticos que han contribuido a diseminar la pobreza y la miseria a lo largo y lo ancho del territorio nacional.

Podríamos reajustarnos así a un principio de convivencia inspirado en el derecho y la elevación de la razón a una meta ideal, en la que nada fuese impuesto por quienes se arrogan una sabiduría basada en sus conveniencias personales, lo cual nos permitiría seleccionar los medios de subsistencia sin tener que aceptar pasivamente lo que la escasez del día permite, ni hacer colas para recibir lo que no puede elegirse.

Ese año de 1989, marcó quizás como nunca antes el estallido de un mundo impredecible, expulsando de los lugares públicos a los farsantes que negaban a sus pueblos el derecho a las libertades esenciales.

¿Será nuestra realidad una simple coincidencia? Porque hoy, sin lugar a dudas, la sociedad en la que vivimos exhibe una extendida imagen impúdica: la “abundancia” de los que ya no tienen siquiera para comer.

¿Qué pasó con la dimensión del futuro y la cacareada voluntad de “crear un país para nuestros hijos”? ¿No ha sido acaso un disfraz semántico para consolidar un auténtico fascismo, donde la vida de muchos ha pasado a un plano secundario a manos de la indiferencia represiva de un gobierno para el cual el individuo ES SOLO UN PUENTE Y NO UNA META?

Porque no existe ninguna duda que estamos en manos de dirigentes políticos poseídos por dogmatismos verbosos, empeñados en vender su mercancía averiada: un falso “progresismo” ineficiente y corrupto.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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