Miércoles, 26 Mayo 2021 13:30

Las promesas redentoras del populismo - Por Loris Zanatta

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La encrucijada es la de siempre: reforma o redención, pragmatismo o mesianismo, democracia o autocracia. No son diferentes matices de una misma cosa, sino cosas opuestas, visiones del mundo alternativas.

Parecen siglos, pero apenas son años desde que la Alianza del Pacífico navegaba viento en popa y sus miembros marcaban el rumbo de la región. Mirándolos hoy, cuesta creerlo: Chile y México desandan el camino de los últimos treinta años; Perú y Colombia hacen harakiri.

Mientras tanto, en Caracas, Managua y La Habana la tienen ganada, a nadie le importa lo que hacen: la historia está llena de tiranos felices. De no ser por Bolsonaro, por otra parte tan impresentable que hace relucir a sus enemigos, el gobierno argentino dormiría radiante: la "brisa bolivariana", Maduro dixit, ha vuelto a soplar en América Latina.

Para unos, los progresos de esos países eran fantasías que el tiempo ha desenmascarado, para otros eran extraordinarios y corren el riesgo de perderse. Ambos tienen sus razones. Pero una cosa es cierta: hoy son volcanes en erupción. ¿Cómo explicarlo?

Hay quienes claman a la “conspiración”: el bolivarianismo hoy como el castrismo ayer y muchos otros antes tiran sus anzuelos, tejen sus redes, soplan al fuego. No lo dudo. Cierta violencia evoca la vieja estrategia de “cuanto peor, mejor”, el evangelio de los 70: obligar al enemigo a reprimir, a mostrar el “verdadero rostro de la dominación” para empujar el pueblo a la lucha.

Pase lo que pase, dijo Castro, tendremos mártires, humus de toda revolución. Sabemos cómo terminó. Pero es inútil jugar al escondite entre las hojas de parra: no habría fuego si no hubiera gasolina esparcida por todas partes. Las fuerzas de seguridad le dieron su toque: tanta brutal represión es inaceptable en un estado de derecho.

La pandemia no ayuda, sobre todo si mal manejada como en Perú, Colombia y México. Combinada con el estancamiento económico después del boom de las materias primas, hizo retroceder a multitudes que se creían a salvo, oscureció un futuro que se pensaba prometedor. Para muchos, el escape de la pobreza fue un viaje corto y de ida y vuelta. Y ya se sabe, una cosa es ser pobre y otra volver a serlo.

Quien busque las causas en los malos gobiernos y los pésimos líderes pescará mucho pero no necesariamente en el rio correcto. Apuntar al legado de Enrique Peña Nieto en México o de los presidentes peruanos, a Sebastián Piñera en Chile o Iván Duque en Colombia es disparar contra la Cruz Roja: demasiado fácil para explicarlo todo.

Cuando pasaban por tiempos mejores, los países del Pacífico no tenían gobiernos y gobernantes muy diferentes o mejores que los que tienen hoy. Afortunadamente, los presidentes no son dueños de nuestros destinos y pasa más veces de las que pensamos que un país progrese a pesar de sus gobiernos, más que gracias a ellos.

Si progresaron algo, fue porqué cuando tienen cierta libertad las personas se organizan, aprovechan las oportunidades, tratan de mejorar su condición. Fue lo que pasó.

De todos modos, el fondo es que estos países se enfrentan a un típico “momento populista”. México, que con el populismo está familiarizado, lo ha aprovechado. Chile, que suele tenerlo a raya, tiene más anticuerpos, aunque cada vez menos. Colombia y Perú, frágiles y fragmentados, débiles de instituciones y llenos de contradicciones, son candidatos ideales para degustarlo con entusiasmo similar al que en su momento exhibieron venezolanos y argentinos.

¿De qué se trata? A la percepción de un pueblo que cambia, una cultura que se transforma, una comunidad que se diferencia como resultado de una época de fuerte desarrollo económico e intensa movilidad social, nuevas costumbres y códigos morales, el populismo responde con el espejismo de restaurar la identidad perdida, hacer reinar la “justicia”, redimir al “pueblo puro” de la “élite corrupta”.

En fin, promete la tierra prometida, un sueño poderoso donde el imaginario religioso está tan arraigado y la política tan desacreditada.

El populismo, recordemos bien, no es hijo de la pobreza, sino de la modernización. Por eso estalló primero en Argentina, Cuba y Venezuela, los países más avanzados de la región, donde invocó el telurismo contra el cosmopolitismo; por eso apareció en Rusia con rasgos pan-eslavistas contra la burguesía atraída por Occidente; y por eso una impetuosa ola populista barrió Europa en el apogeo de los “gloriosos” treinta años de la posguerra, a pesar de los enormes progresos realizados. Las crisis de crecimiento son las más violentas.

Esto es lo que está sucediendo hoy en los países del Pacífico después de años de gran modernización, convulsa y distorsionada todo lo que se quiera, pero modernización.

Podrá no gustar, pero que estalle la protesta es fisiológico, que las expectativas hayan crecido es natural, negarlo es miope, criminalizarlo suicida. No hay ciclo histórico, virtuoso o no, que un buen día no se cierre. La buena clase dirigente es la que corrige a tiempo la dirección.

La encrucijada es la de siempre: reforma o redención, pragmatismo o mesianismo, democracia o autocracia. No son diferentes matices de una misma cosa, sino cosas opuestas, visiones del mundo alternativas.

La vía redentora del populismo es conocida: una nostalgia unanimista, una comunidad de fe autárquica y pauperista, autoritaria y nacionalista para proteger la “pureza” del pueblo de las heridas de la historia, del pecado del comercio, del “egoísmo” de la propiedad.

El neo “comunismo” que reflota aquí y allá es eso, es el eterno retorno en la historia latinoamericana del mito de la “restitución”, de la venganza de los pobres contra los ricos.

Piensan “redescubrir” a Marx, pero vuelven al Sermón de la Montaña. El resultado ya lo sabemos: fin de la economía comercial, decadencia asegurada, guerra intestina.

El camino reformista es largo y arduo: libre comercio y derechos civiles, eficiencia económica y honestidad administrativa, ética productiva e inclusión social. Combatir la pobreza, no la riqueza.

Es la ruta menos transitada en América Latina, la más estrecha. Pero la ruta necesaria. En caso contrario, junto con el agua del baño se arrojará también al bebé, justo cuando estaba creciendo.

Loris Zanatta

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