Viernes, 28 Mayo 2021 07:49

Sin modernidad, hay edad media - Por Luis Tonelli

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Hace ya muchos años (1972) que Humberto Eco publicó “La Nueva Edad Media” en donde avizoraba un mundo desorganizado a partir del debilitamiento de la autoridad estatal que alentaba la privatización del espacio público por parte de corporaciones varias. Algo no muy diferente a lo que diría el famoso informe de la Trilateral firmado por Huntington, Crozier y Watanuki y que popularizó el concepto de ingobernabilidad que hoy usa hasta mi tía Nacha de Quilmes.

Veinte años después, fue Alain Minc que volvió a la carga con esa visión distópica, basada en la inestabilidad producida por un mundo sin el esquema de destrucción mutua asegurada de la Guerra fría. Con los Estados Unidos no asumiendo su rol imperial activamente, ya sea por no poder, no querer o no saber, el mundo se destartalaría en una miríada de conflictos pequeños e intensos en una era de vacío ideológico.

Ensayos muy interesantes, pero que los veíamos en esa tónica hiper-realista, en donde se hace una caricatura amplificada de algunos rasgos del porvenir, una hipérbole, tanto con fines explicativos como de merchandising de lo que se dice.

Pero tuvo que llegar la pandemia más anunciada de la historia para que, tomándonos igual con la guardia baja, tuviéramos que volver a revivir el encierro medieval que era lo único que tenían aquella civilización arcaica y primitiva tecnológicamente para enfrentar a la peste. O sea, lo mismo que nos pasa a nosotros, hoy, en el medio de la era super tecnocrática.

Hasta ahora hablaba en genérico (salvo para los países que han utilizado la tecnocracia no para potenciar la libertad sino para impedirla, caso China). Sin embargo, para los argentinos, el regreso a la edad media ya había comenzado antes -con el estallido de la pobreza y el des-desarrollo del país, que en cuarenta años paso de menos de 10% de pobreza circunstancial al 50% de pobreza, y quien sabe cuanto de ella estructural.

Y los tiempos neo-medievales se han presentado con toda su fuerza cuando de vuelta volvimos al encierro, inevitable por el pico alarmante de caso y muertes, pero por el otro lado, nada que no se haya previsto ya el año pasado, cuando la segunda ola golpeaba fuerte al hemisferio norte, preámbulo de lo que nos pasaría aquí.

En realidad, el gobierno lo previno. Dijo incluso cuál era la terapia, sobre la cual baso su medievalismo de la cuarentena más larga que solo previno no tener todas las muertes de golpe, aunque las tuvimos finalmente en cómodas cuotas, con el consiguiente daño para la economía. Esa solución se llamaba vacuna, y el gobierno, suficiente, decía que para esta época hubiéramos vuelto ya a la normalidad moderna.

Pero en la Argentina, si algo puede fallar, va a fallar, cuando falla lo que nunca tendría que haber fallado. Y volvimos a la Edad Media, porque el Gobierno no permitió que llegara la vacuna, o sea la solución moderna que nos hubiera ahorrado o al menos mitigado, contagios, muertes, encierro y una nueva y letal parálisis de la economía.

No se sabe cuánto hubo de soberbia, cuanto de intereses pecuniarios y cuanto de estupidez para que algo tan previsible en su necesidad imperiosa fuera embrollado de tal manera que tuviéramos que estar atravesando de nuevo por esta situación letal.

El Gobierno le echará la culpa a los laboratorios. Es cierto, ellos fallaron, pero el mismo gobierno los eligió en una interna feroz por la preeminencia de uno, lo que motivó que -por ejemplo- ninguna vacuna de los Estados Unidos, las más utilizadas en la región, estuvieran disponibles aquí. Máxime cuando fuimos cobayos y teníamos por eso alguna prioridad en su repartija (cosa que no le pasa a Europa, por ejemplo).

Le echará la culpa a los fanáticos del Banderazo. Es cierto, que allí pudo haber algún contagio, porque se gritaba y cantaba a poca distancia, aunque al aire libre y en cantidad moderada. Obviamente, también están los jóvenes y tan jóvenes de farra. Los runners. Y demás chetos vacacionando.

Le echará la culpa a los medios no afines, y es cierto, los medios comenzaron a pregonar la apertura, pero cuando su audiencia ya hacía rato había perdido la paciencia con la cuarentena interminable y el ahogo económico.

Claro, nada comparable a los millones de contactos de los que se estuvieron desplazando en trenes atestados para tener que venir a ganarse el mango devaluado, o los que tenían su quiosquito desangelado en alguna de las ferias desangeladas del conurbano desangelado que supimos tener.

Una economía informal es un rasgo medieval que impide que la medida medieval, el encierro, funcione eficazmente. Así le pasa a Perú, así le pasa a la Argentina.   Aunque al menos aquí, la informalidad integral el Excel de los que medican ayuda estatal.

Por supuesto, todo corregido y aumentado por el electoralismo que ha llevado a romper con la cooperación con la Ciudad de Buenos Aires, y no con la pandemia, bien antes, al extraerle autoritariamente un porcentaje de la coparticipación que se le había acordado consensuadamente entre todas las provincias, que respaldaron el decreto del entonces presidente Macri.

Pero ya el colmo del cinismo se daría si es cierto el rumor que corre que el gobierno va acumular vacunas para largarlas cuando se esté más próximo a la realización de elecciones, porque se sabe que votante vacunados es un votante agradecido con el oficialismo.

Esperemos que sea eso. Solo un rumor o una operación.

Luis Tonelli

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