Jueves, 03 Junio 2021 11:44

El default no es el principal problema - Por Vicente Massot

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Los conceptos de amistad y de simpatía se compadecen mal con los mercados de deuda y con los organismos de crédito internacionales. Lo que si puede existir es una razón política que, prescindiendo de considerar la insolvencia de un país, privilegie la conveniencia estratégica de hacer la vista gorda y otorgarle a una nación -pobre de solemnidad y con una larga lista de defaults en su haber- ayudas de carácter extraordinario.

Ello explica la decisión que en su momento tomó Donald Trump respecto de nuestro país, cuando un desesperado Nicolas Dujovne se reunió con el entonces secretario del Tesoro estadounidense, en Washington. Contra lo que indicaba la cátedra, por instrucciones precisas del gobierno norteamericano se le extendieron a la Argentina unos U$ 47.000 MM. Basta conocer el núcleo duro del diálogo entre el titular de Hacienda rioplatense con Steven Mnuchin para darse cuenta de que los motivos que dieron lugar a aquella voluminosa ayuda crediticia tuvieron poco o nada que ver con la nula capacidad de repago de la administración de Cambiemos. Hoy el bastonero excluyente del Fondo Monetario está abocado a resolver otros problemas y difícilmente interceda por nosotros como lo hizo el gobierno republicano. En este tema que le quita el sueño a Martín Guzmán y a Alberto Fernández por igual, no deja de resultar paradójico -o si se desea, extraño- que en ninguno de los tantos peregrinajes al exterior que han hecho se hayan acercado a hablar de la deuda soberana con Joe Biden o con Janet Yellen, la nueva jefa del Tesoro yankee. Si lo intentaron y no tuvieron suerte, o si no se molestaron en considerar tal posibilidad, es asunto sujeto a debate. Lo primero pareciera más probable que lo segundo.

Como quiera que sea, llegó el lunes 31 de mayo y todos sabíamos que no existía, de parte del kirchnerismo, voluntad ninguna de honrar el compromiso contraído por el entonces ministro Axel Kicillof, años atrás, con el Club de París. También era claro que se abriría un compás de espera de 60 días antes de que la Argentina -si no cambiase de parecer- incurriera en default. A esta altura es un secreto a voces que coexisten dos distintas posiciones en el seno del gobierno: por un lado, están los que desearían pagar, sujeto a que, en la negociación con el FMI, sus responsables estuvieran dispuestos a hacer una serie de concesiones. Por eso, en la reciente reunión de ministros de los países latinoamericanos Martín Guzmán no tuvo empacho en pedirle al principal organismo de crédito internacional que suspendiera las sobrecargas por la deuda a las naciones afectadas por el impacto de la pandemia planetaria.

Quienes sostienen que el dúo Fernández–Guzmán es partidario de utilizar parte de las reservas de libre disponibilidad para satisfacer el compromiso con el Club de París y que, a su vez, estaría dispuesto a disponer de la totalidad de los DEG (derechos especiales de giro) a la hora de saldar las obligaciones correspondientes con el FMI, sólo dicen una parte de la verdad. Es cierto que son más racionales que los talibanes anidados en el Instituto Patria y -a juzgar por la solicitada publicada el pasado 25 de mayo- en distintos grupos de presión que responden a Cristina Kirchner. Pero algunos de sus planteos -aunque menos vitriólicos que los de sus adversarios dentro del oficialismo-no tienen nada de ortodoxos. En la vereda de enfrente del ministro de Hacienda y del presidente se encuentran los maximalistas. Estos piden bajar las sobretasas, refinanciar los vencimientos a 20 años, postergar el artículo IV e incrementar la distribución de los DEG que, según su parecer, no deberían enderezarse para afrontar las deudas contraídas sino para paliar la situación social generada por la peste.

¿Los duros son un conjunto de irresponsables dispuestos a ladrarle a la luna con la convicción arraigada de que pueden hacerla cambiar de lugar? -Algo de eso hay. Axel Kicillof está peleado con el idioma castellano y, por momentos, sus razonamientos carecen de sentido. Máximo Kirchner no tiene la menor idea de cómo funciona la economía y -mucho menos- el FMI. Su madre es una obcecada que sólo ve cuanto rima con sus deseos. La lista podría sumar a varios más sin que fuese dable encontrar a uno solo que se destacase. Aunque, a fuerza de ser honestos, su pobreza intelectual no supone necesariamente que sean poco dotados cuando se trata de diseñar una campaña electoral. En varias ocasiones han demostrado su incapacidad -el capricho de la Señora de ponerlo a Aníbal Fernández como candidato a la gobernación de Buenos Aires le costó la elección de 2015; y el no aceptar una interna con Florencio Randazzo obró su derrota en 2017 frente a Esteban Bullrich- de la misma manera que, en otros momentos, pusieron de relieve una singular perspicacia: elegir como candidato a Alberto Fernández en 2019, por ejemplo. Es conveniente, pues, no subestimarlos y tratar de explicar -más allá de que nos parezca desacertada- qué es lo que hay detrás de una postura tan intransigente de su parte.

Aceptemos, por de pronto, lo que podríamos llamar la premisa mayor del armazón teórico kirchnerista: es más importante ganar las elecciones de septiembre y de noviembre que pagarle un dólar a esos organismos de crédito. En primer lugar, porque se hallan poblados de burócratas que no desean generar una crisis de deuda y son proclives a buscar siempre un atajo para no ahorcar a un país, cualquiera que éste sea. Además, incurrir en un default dentro de sesenta días -esto es, finales de julio- no tendría consecuencias letales inmediatas. Visto desde el ángulo de análisis del populismo criollo y partiendo de la base de que los fondos en cuestión -que, a diferencia de lo que pasó con los tenedores de bonos con sede en Nueva York, ahora sí están a disposición del gobierno- sean un instrumento electoral, su posición no resulta descabellada. Dicho de distinta forma: si las reservas pasan a ser el as de espadas de una campaña donde se juega la suerte de los dos últimos años de gestión y cuyo resultado es incierto, entre pagarle al imperialismo financiero o ayudar a sus tribus electorales, es fácil comprender -que no significa justificar- por qué pretenden privilegiar al conurbano bonaerense y a los sectores más carenciados.

En los próximos dos meses Martín Guzmán tratará de sacar una media palabra de apoyo de las autoridades del Fondo para que el Club de Paris se dé por satisfecho y acepte postergar nuestra deuda impaga. Para los burócratas internacionales que secundan a Kristalina Georgieva el caso argentino les quema las manos, y si pudiesen sacárselo de encima con un visto bueno provisorio, lo harían de buena gana. En este orden de cosas, la disciplina fiscal que ha logrado en el primer cuatrimestre el ministro de Economía es inocultable. Buena noticia para el FMI. La mala es que está a la vista de que ha sido producto de recargar a la población con impuestos y de congelar o atrasar los salarios del sector pública, las jubilaciones, las tarifas y el dólar. Si la búlgara sólo mirase la performance entre enero y abril, no sería de extrañar que Guzmán obtenga el espaldarazo que requiere a los efectos de calmar a los socios principales del Club de París. Si, en cambio, los expertos del Fondo hicieran un análisis a fondo y mirasen cómo evolucionarán los números de la economía argentina hasta fin de año y -por, sobre todo- después de las elecciones, se darían cuenta de que nuestro país se halla metido en una crisis de difícil salida. Si hubiese que poner un ejemplo para reforzar lo dicho antes, ayer se conoció el informe del OCDE dando cuenta de cuánto le llevará a determinados países volver a la situación previa a marzo de 2020. Al nuestro le costará, en el mejor de los casos, seis años. Y antes de la pandemia no nos encontrábamos en el paraíso, precisamente.

Por lo tanto, hay dos escenarios probables: el de un nuevo default en 60 días o el del nihil obstat del FMI, capaz de postergar todo hasta después de los comicios. Desde el ángulo de interpretación del problema propio del kirchnerismo duro, por supuesto que no sería lo mismo uno u otro. Cualquiera elegiría el segundo si estuviese a su alcance. Pero aun en el supuesto de marchar directo a un default, para la estrategia oficialista el dato fundamental no pasa por hacer buena o mala letra ante el FMI o esquivar el default sino en suplir, hasta donde puedan, las necesidades de las clases bajas y medias con las divisas destinadas a honrar los compromisos con los organismos de crédito mencionados (y que implicaría una sustantiva emisión de pesos, algo que parece no entrar en su análisis). Casi podría decirse que en el Instituto Patria le darían la bienvenida a una postergación, pero no les quitaría el sueño el default.

Vicente Massot

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