Martes, 08 Junio 2021 13:35

Cristina y su epopeya socialista - Por Carlos Berro Madero

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La presidente entre las sombras del actual gobierno kirchnerista –Cristina Fernández-, está convencida que sus teorías políticas son una “ciencia probada” sobre la evolución de las leyes de la naturaleza y la revolución de los explotados, constituyéndose en una guía para la solución de todos los problemas económicos, sociales, políticos e intelectuales de nuestro país…y del mundo entero.

Dicha ciencia consiste en una doctrina fluctuante que debe ejercer influencia sobre los criterios evolutivos de la sociedad, abrevando en las ideas expuestas por ella, como parte de una supuesta infalibilidad ideológica donde brillan tanto la biblia como el calefón.

Por tal razón, el programa del frente político que comparte con su “edecán” Alberto, no mantiene un código de normas inamovibles, y su desenvolvimiento queda ratificado o cambia de rumbo según convenga a los intereses de cada momento, teniendo sin embargo características “sagradas” que no requieren revisión alguna ni da lugar a otras ideas.

Se asemeja al modo casero de concebir el poder en los estados marxistas sudamericanos, conformando un verdadero engendro populista muy confuso, proveniente de la precariedad intelectual de su líder, quien ha evidenciado a través del tiempo una pobre formación académica.

La actual vice acentúa así una línea discursiva “estomacal” cuando critica algunas cuestiones que dispone su gobierno, renunciando a toda descripción minuciosa de las mismas, limitándose a exposiciones vagas que aluden a “funcionarios que no funcionan”, sin entrar en detalles específicos.

Dichas manifestaciones, permiten colegir que para ella cualquier tropiezo del gobierno consiste en desconocer la mecánica del proceso “cristinista”: avanzar, aunque sea en círculos sin sentido, con el fin de mantener el poder como principio eterno de una suerte de dictadura democrática, para la integración final de una sociedad ”altamente organizada” (sic), donde no tengan lugar los partidos políticos que ofrezcan alternativas de cambio, aún en aquellos momentos de mayores zafarranchos oficiales.

El mejor intérprete de estas ideas, sostenidas por su ego monumental, es Axel Kicillof -la apuesta de Cristina de cara al futuro-, el que ha demostrado creer que la sociedad debería convertirse en una democracia directa, saltando, si fuese necesario, todas las vallas institucionales que regla la Constitución para apoyarse en la multiplicidad de formas de una “autoadministración social” (sic), a cargo de equipos de trabajo organizados por células de penetración popular.

Esa es, entre otras, la función que cumple “La Cámpora”; organización que adolece en esencia de las mismas características de improvisación intelectual que sufre la Argentina en muchos otros campos del quehacer humano.

No creemos que estas ideas tengan hoy fuerza suficiente para influir sobre la realidad histórica ni para darle un rumbo claro. Podrán ser quizá lecturas fugaces del presente, porque el verdadero cambio histórico ya partió hace mucho tiempo en otra dirección.

Es la vetusta y fracasada idea de la construcción de una nueva sociedad, en la que la economía y la redistribución de la riqueza descansan en la propiedad estatal y las cooperativas barriales, designando al Estado como un ente de pensamiento superior.

No obstante ello, para Cristina y sus seguidores, la característica determinante de la nueva sociedad debe residir como siempre en la planificación unitaria de la economía política, mediante medidas regulatorias que garanticen la iniciativa libre solo en manos del Estado, único autorizado a ejercer la actividad creativa en nombre de la sociedad.

El peronismo tradicional, o el que sus adeptos más conspicuos suelen definir como “peronismo de Perón” (al que adhirió tardíamente el voluble AF), abrió las puertas del engendro actual y ha sido fagocitado por quienes tienen una idea mucho más sofisticada del escenario político, diluyéndolo en el magma socialista de entrecasa que cultivan “en nombre de Cristina”, mientras la usan como mascarón de proa.

Mientras tanto, muchos de nosotros estamos obligados a seguir chapoteando en la acequia maloliente del kirchnerismo, aunque no dejemos de “mirar con un dejo de esperanza a las estrellas”, como nos hubiera aconsejado Oscar Wilde.

Porque hemos sido testigos de los eventos ocurridos el 9 de noviembre de 1989 en Europa, cuando la gente salió y confraternizó en las calles por un mismo hastío, al comprobar que el sistema no daba para más, haciéndoselo saber a los jerarcas del bloque soviético, utilizando picos y palas para derrumbar simbólicamente el muro de Berlín: el ciudadano del común había perdido toda esperanza de colmar sus necesidades más elementales.

De nada sirvió que los dirigentes más conspicuos del régimen desgarrado por decisión popular trataran, cínicamente, de decirse “comprometidos” con las demandas populares: “Rusia dejó de ser la de Carlos Marx, el occidental, volviendo a ser la de Dostoievsky, el eslavo”, como señaló metafóricamente Víctor Massuh.

¿Será la pandemia el detonante final que alimentará la pólvora del descontento popular por las torpezas y “oscuridades” inconcebibles del Frente para Todos? ¿O terminaremos por constituirnos en el monumento a la mayor frustración política de la que se tenga memoria?

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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