Martes, 15 Junio 2021 13:14

El shock cultural de un futuro sin el peso del pasado - Por Carlos Berro Madero

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En los 70, el sociólogo estadounidense Alvin Toffler advirtió que durante el transcurso de los años siguientes millones de seres humanos sufrirían una brusca colisión con el futuro.

Señalaba también la resistencia que ofreceríamos psíquicamente a este cambio, cada vez más impredecible, signado por una explosión demográfica que impediría una adaptación fácil y rápida a este fenómeno cultural, que estaría condicionado por el ritmo vertiginoso de nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos.

Esta situación, agregaba, sería imposible de conciliar con las herramientas disponibles hasta entonces, por la rapidez con que llegarían muchas “novedades” agobiantes para la cultura tradicional de la raza humana.

Hoy se ve con claridad que el hombre, que se había dedicado durante centurias a estudiar el pasado para arrojar alguna luz sobre el presente, ha asistido a un cambio que lo obliga a dar vuelta el espejo del tiempo mirando al futuro –en consonancia con las predicciones de Toffler-, , como único modo de obtener perspectivas más claras sobre dicho presente.

“La transitoriedad afectará necesariamente” decía Toffler en aquel entonces, “las esperanzas de duración con que las personas abordan las nuevas situaciones, y aunque puedan desear una relación permanente con ellas, ALGO LES DICE EN SU INTERIOR QUE ESTO ES UN LUJO SUMAMENTE IMPROBABLE”.

Esto ha adquirido relevancia explosiva en los últimos años en todo el planeta.

Habernos acostumbrado a fundar nuestros análisis políticos, económicos y sociales en un escenario donde las personas “son”, desdeñando lo que “van a ser”, nos ha llevado además a pasar por alto innumerables problemas de adaptación a estos cambios inexorables para nuestra forma de relacionarnos, dando nacimiento a lo que podríamos denominar como “era del desconcierto” y revolucionando el mundo de las estadísticas.

Los últimos gobiernos –especialmente los kirchneristas-, no han dedicado ni un minuto de su análisis político para comprender que el éxito o el fracaso de una nación están relacionados hoy con una masa de individuos que ven sobrepasada su capacidad de adaptación a dichos cambios, que transcurren a una velocidad que no puede ni compararse con la del pasado, provocando un nivel de ebullición creciente en el cerebro de quienes no logran “hacer pie” tan fácilmente en un escenario dominado por el asombro y la desorientación.

Esa ignorancia kirchnerista de la realidad, constituye la raíz del rotundo fracaso de una elite política que ve que todo se le escapa de las manos, sin poder reordenar su verborragia vacía de contenido de antaño, desnudando su perplejidad, improvisación y debilidad conceptual.

Porque se trata de una clase dirigente que no acepta el nacimiento de esta nueva “criatura” extraña, sin comprender algo crucial: ya no son los recursos disponibles los que limitan las decisiones, sino que SON LAS DECISIONES QUE SE TOMAN EN ESTE NUEVO ESCENARIO LAS QUE GENERAN LOS RECURSOS.

De allí provienen los errores cometidos por quienes insisten en renovar recetas oxidadas, al sentir que pierden el control de acontecimientos que ya no saben cómo dominar, siendo éste el

mayor obstáculo que enfrentan para desarrollar una sociedad acorde a los nuevos paradigmas del mencionado shock cultural.

De allí las improvisaciones, los nervios y la sensación de “estar en el aire” que evidencian todos los integrantes del Frente para Todos cada vez que nos “sacuden” con las monsergas de quienes disputan entre sí por estrategias que huelen francamente a naftalina.

Hoy, más que nunca antes, resulta claro que el mundo no volverá sobre sus pasos; fundamentalmente porque “el tiempo, ni vuelve ni tropieza” (Julián Marías).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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