Jueves, 01 Julio 2021 12:45

Ojo con las PASO - Por Vicente Massot

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Hace cuarenta y ocho horas, pocas más o menos, Juan Carlos Fabrega, otrora titular del Banco Central durante la segunda gestión presidencial de Cristina Kirchner, anticipó algo que, en mayor o menor medida, descuentan los principales operadores y analistas de la City, y los mercados en general: que, sustanciadas las elecciones del mes de noviembre, el gobierno deberá devaluar el tipo de cambio.

 

En otras circunstancias, y en atención a que el responsable de las declaraciones no es un improvisado en la materia ni tampoco un tirabombas, su anuncio se hubiera convertido en tapa obligada de los diarios y habría generado un sinfín de especulaciones. Sin embargo, como son legión quienes piensan que, malgrado los deseos del oficialismo, Martín Guzmán y Miguel Pesce estarán condenados a realizar una corrección cambiaría, la noticia si bien no pasó desapercibida, no generó demasiado ruido. 

Hay cosas que pueden anticiparse sin necesidad de ser adivino y una de ellas, en la situación económica actual, es que con posterioridad a los comicios legislativos la administración de Alberto Fernández deberá sincerar una serie de variables que tiene pisadas por razones políticas. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto aumentaran las tarifas de los principales servicios públicos; cuánto costará el litro de nafta o a qué topes llegará el dólar, pero existe la certeza generalizada de que, cualquiera que sea el resultado que arrojen las urnas, habrá decisiones que el kirchnerismo deberá tomar entre la última semana de noviembre y el fin de este año.

Claro que, si damos por sentado lo escrito más arriba, la pregunta obligada es la siguiente: ¿por qué todos los jugadores aceptarán, sin más, ser espectadores pasivos? Si son conscientes de que el atraso del valor del dólar no resistirá mucho más allá de las Navidades, ¿qué razones -si acaso alguna- tendrían el peso suficiente como para convencerlos de la ventaja de mantener las posiciones actuales, en lugar de anticiparse a los acontecimientos?

Vayamos por partes. Están claros los motivos que impulsan al gobierno a intervenir, allí donde sea menester, con el único propósito de poner en caja al dólar y tratar de domesticar a la inflación. Aunque no se les escapa a sus responsables algunas de las consecuencias que las medidas que adopta podrían tener más adelante, su argumento es contundente: peor sería perder las elecciones. En el caso del Frente de Todos no hay ningún misterio al respecto. Ha tomado un camino que reputa como el mejor para llegar a las urnas y salir airosos. Además, a esta altura del partido, aunque creyese que la receta elegida no fuese la indicada, no tiene más remedio que redoblar la apuesta. No puede cambiar de monta en medio del río.

Que el oficialismo va a hacer lo imposible, si fuera necesario, para no devaluar antes de noviembre está fuera de duda y no requiere de mayores explicaciones. Pero no es el único actor ni es el actor excluyente. Su lógica es perfectamente entendible y no son pocos los instrumentos que tiene en su arsenal para lograr lo que se propone. Pero los mercados no están desasistidos de recursos y también enarbolan una lógica diferente a la del presidente de la Nación, el ministro de Hacienda y el titular del Banco Central.

Aun si diésemos por buenos los argumentos, escuchados a diario, acerca del poder de fuego de la autoridad monetaria para respaldar el retraso cambiario y, a la vez, aceptásemos a libro cerrado los análisis que insisten en que no existirán turbulencias hasta que se cierren las urnas, de todas maneras hay un aspecto de la cuestión que escapa por completo a los estudios económico-financieros hechos sobre las reservas netas, el control de precios, la deriva de la inflación y el tamaño del déficit fiscal : el resultado de las PASO, cualquiera que éste sea.

Imaginemos dos escenarios harto distintos entre sí. Uno caracterizado por el triunfo contundente del Frente de Todos. El otro por una derrota de ese mismo Frente. En el primer caso, la victoria del kirchnerismo lo dejaría a éste en inmejorables condiciones para repetir su performance en noviembre y transformar así en realidad su hasta ahora frustrado sueño hegemónico. Al mismo tiempo haría recaer el peso del ajuste -inevitable luego de los comicios- sobre las espaldas de “los que más tienen”. En el segundo caso, si el kirchnerismo saliese mal parado del trance de las internas abiertas, sus posibilidades de ganar en noviembre mermarían, su capacidad para gobernar decrecería y sus pujos autoritarios se corresponderían mal con su disminuida musculatura.

En un escenario estaríamos a sesenta días de contemplar cómo lo que hasta el momento ha sido un poder dominante se transforma en hegemónico y se prepara para modificar a su antojo el tinglado institucional del país. En el otro contemplaríamos un oficialismo groggy o algo parecido. El común denominador de los dos es que la situación económica no habrá variado. Los desafíos en términos del dólar, la pobreza, la inflación, las reservas, la deuda con el Fondo Monetario Internacional, la indigencia y la recesión estarán presentes así ganase el Frente de Todos o Juntos por el Cambio, indistintamente.

Llegados a este punto volvamos a la pregunta del millón: ¿cómo reaccionarán los mercados en septiembre? ¿Se quedarán cruzados de brazos a la espera de analizar lo que pase sesenta días más tarde o intentarán cubrirse? Es difícil imaginar por qué podrían ser optimistas de cara al futuro inmediato. El kirchnerismo triunfante seria apenas más peligroso para sus intereses que si saliese perdido. Es que, en cualquiera de los dos casos, tendría que completar Alberto Fernández el mandato de cuatro años para el que fue electo. Y, por lo tanto, fuese por exceso o merma de su poder, los deberes que inevitablemente lo esperan -terminado el acto electoral- los hará montado en sus convicciones de siempre. Es decir, escalarán los problemas.

Las PASO no deciden quiénes habrán de ser los senadores y diputados electos. No fueron pensadas para ese propósito. Pero -como de alguna manera anticipan lo que sucederá dos meses después- bien pueden desencadenar unos efectos en punto al tipo de cambio que sería insensato desestimar. No sólo son posibles. Aunque nadie sepa qué tanto, hoy también son probables.

Vicente Massot

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