Viernes, 02 Julio 2021 12:46

Morgan Stanley, la atmósfera mundial y la excepcionalidad argentina - Por Jorge Raventos

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La clasificación de Argentina como mercado "standalone" por parte de Morgan Stanley Capital Investments es un irónico homenaje al excepcionalismo que a menudo se reivindica como rasgo distintivo de la singularidad nacional. Para MSCI, Argentina no tiene parangón, por eso degradó al país del status de "mercado emergente" a esta categoría, que no representa un escalón inferior (eso hubiera sido el retorno a la condición de "mercado de frontera"), sino un mundo aparte, incomparable, aislado. ¿"Argentina paria internacional"?, como definió Carlos Escudé cuatro décadas atrás.

MSCI y las subjetividades

­La etiqueta de standalone redunda en el cierre de los mercados financieros, algo que ya estaba garantizado por el índice de riesgo del país, pero deprime además la valorización de las empresas argentinas y no sólo impide a los grandes fondos de inversión comprar papeles de ellas, sino que les impone deshacerse de las que tengan en sus carteras.

La decisión de MSCI ocurre en un momento paradójico: el FMI acababa de festejar el amigable pago parcial de Argentina al Club de París y comentaba con entusiasmo las conversaciones entre el país y el Fondo; los precios de los principales bienes exportables argentinos están en valores muy altos (impulsados por el "superciclo de los commodities", como ha definido Jorge Castro); la actividad industrial se incrementa a buen ritmo y este año el PBI crecerá (así sea como efecto rebote) alrededor de 6 puntos. Los datos objetivos no parecían justificar que en este momento Argentina fuera empujada fuera del mapa.

Sucede que, como explicó un distinguido analista económico el último lunes, en el índice de MSCI hubo "mucho de subjetividad", de fastidio con el sesgo político del Gobierno, con "el deterioro de la accesibilidad al mercado", como explicó un vocero de Morgan Stanley.

Quizás el subjetivismo y el rigor de la clasificación revelan asimismo la impaciencia de cierto alto mundo financiero privado ante la relativa contemplación y la creciente permisividad y heterodoxia que observan en otros actores -se trate de algunos estados principales o inclusive de las cúpulas de entidades financieras globales- ante los singulares zigzagueos argentinos, así como ante otros fenómenos que los preocupan.

Las diferencias sociales, que ya eran dramáticas antes de la contaminación mundial del coronavirus, se han ampliado. En 2019 un estudio del Credit Suisse Research Institute señalaba que la mitad más desfavorecida de la población del planeta sólo poseía un 1 por ciento de la riqueza total, mientras el 10 por ciento más rico contaba con el 88 por ciento de la riqueza. Esos porcentajes también dan cuenta del pequeño espacio de riqueza que queda vacante para la clase media global. Otro dato impresionante: el 1 por ciento más rico es titular del 45 por ciento de la riqueza del mundo.

Más allá del lado oscuro

La atmósfera mundial suscitada por la pandemia y ese agravamiento de las condiciones sociales en el mundo está impulsando una revisión de conceptos y paradigmas. El mismísimo G7 ya ha aprobado la propuesta de un impuesto global a las empresas transnacionales (por iniciativa del Tesoro de Estados Unidos), se debate la supresión de licencias para las vacunas que demanda la pandemia; otro ejemplo: en vísperas de la inauguración de la Copa América de fútbol, una iniciativa de los jugadores brasileños, que discutían la sensatez de realizar esa competencia en las condiciones sanitarias en que se encontraba su país, estuvo a punto de disparar una huelga continental, analizada con sus colegas de otros países, sus compañeros en equipos de distintas partes del mundo. La mera posibilidad de una huelga internacional protagonizada por trabajadores de elite que están entre los mejor pagados del mundo revela con claridad que ante la anomalía es necesario pensar de nuevo. Y en esta época piensa todo el mundo: los mejor pagados y los que ganan peor.

Esta es la situación en la que el Papa reitera enfáticamente que, para la Iglesia, "junto al derecho a la propiedad está el más importante y anterior principio de la subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra, y por tanto el derecho de todos a su uso".

La amenaza mundial de la pandemia ha sensibilizado a las sociedades ante el fenómeno de la creciente integración del planeta y la necesaria solidaridad colectiva que demandan no sólo fenómenos como las enfermedades contagiosas, sino también las calamidades ambientales y las catástrofes sociales. Y ha mostrado, asimismo, que aquella integración, así como por su lado oscuro facilita el flujo de virus y dañinas influencias de distinto orden, ofrece por la inversa los instrumentos de comunicación, creación, vínculo y acción para neutralizar esos peligros y pensar y construir nuevas condiciones.

El debate mundial muestra, así, una vasta ornitología, en la que no sólo vuelan palomas y halcones.

El Papa también tuvo un mensaje con destinatarios locales. Lo endosó a la reunión anual de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa, un espacio en el que Francisco, pese a las apariencias, no es necesariamente un ídolo de la tribuna. "Hay que invertir, no esconder la plata en paraísos fiscales", recomendó el Pontífice en este caso. Por supuesto, no se refería más que a algunos malos ejemplos, pero varios se pusieron el sayo.

En el contexto de ese encuentro, hubo otras expresiones de interés político. Por caso, la reflexión de Emilio Pérsico, que además de ser secretario de Economía Social del Gobierno nacional, es uno de los líderes del Movimiento Evita, una de las columnas principales de los llamados movimientos sociales. Pérsico adoptó un tono si se quiere autocrítico en la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas (ACDE): "Lo primero que se le ocurre al Estado y a la política es hay pobreza, inventemos subsidios. Pero no es la salida el subsidio. No resuelve el problema, porque no integra. La integración como consumidor, no es la integración. La integración es integración como trabajador. Es el trabajo lo que va a dignificar a la persona".

Suele describirse a los movimientos sociales como cazadores de subsidios. Las palabras de Pérsico abren otra perspectiva y son una invitación para que otros interlocutores intervengan en la búsqueda de soluciones que incluyan dos de esos conceptos: integración y trabajo.

¿Puede esperarse que estos temas sean ejes de la campaña electoral que se avecina?

Jorge Raventos

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