Viernes, 23 Julio 2021 13:28

Un sistema político con síntomas de estabilidad a pesar de la crisis - Por Sergio Berensztein

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La grieta constituye un fenómeno de minorías; al electorado, las elecciones se le presentan como una rutina obligatoria que no genera expectativas ni demasiadas esperanzas

 

Un sistema político mediocre y disfuncional, que lleva décadas administrando un fracaso económico y una decadencia social con escasos precedentes y que logró encaramarse en las primeras posiciones a nivel mundial en cuanto al pésimo manejo de la pandemia muestra, paradójicamente, síntomas anormales de resiliencia y estabilidad. Es muy probable que estas elecciones de mitad de mandato enfaticen esos atributos. En contraste con lo que se advierte en muchos países de la región y del mundo, donde soplan ráfagas de frustración convertidas en energía social transformadora o al menos lo suficientemente vigorosas como para hacer crujir y tambalear construcciones políticas relativamente sólidas (tanto totalitarias como democráticas), en la Argentina, acostumbrada a altos y permanentes niveles de protesta que forman parte del paisaje nativo, el proceso político-electoral parece destinado en el corto plazo a consolidar un sistema de dos coaliciones amplias y heterogéneas, con liderazgos fragmentados, pero que en conjunto apuntan a representar a alrededor del 80% del electorado como mínimo. El Frente de Todos y Juntos por el Cambio tienen eje en la provincia y la ciudad de Buenos Aires, respectivamente, y establecen un vínculo pragmático y flexible con el conjunto de las provincias, respetando y adaptándose a sus identidades, idiosincrasias y liderazgos, con el doble objetivo de maximizar su presencia territorial y su caudal electoral.

 

La política nacional tiende entonces a adquirir un conjunto de atributos singulares: a pesar de su endémica debilidad institucional, su incapacidad crónica, la incertidumbre y la imprevisibilidad como norma, incluyendo cambios permanentes en reglas y regulaciones fundamentales, se sobreadaptó a un equilibrio menos inestable de lo que su atribulada historia hubiera permitido sugerir. Aquel “que se vayan todos” de hace dos décadas terminó convertido en un mecanismo de reciclaje donde sobrevivieron darwinianamente la mayoría de los integrantes de una clase política que con su mala praxis aceleró la decadencia de un país que vive hoy un momento de desesperanza, angustia y falta de autoestima que los muy vagos mensajes optimistas del gobierno difícilmente podrán revertir. En paralelo, la sociedad parece resignada a tolerar (¿a premiar?) los permanentes desaguisados de su elite gobernante. Sin moneda, sin creación neta de empleo genuino en más de una década, con casi la mitad de población viviendo en la pobreza (incluida la enorme mayoría de niños y jóvenes), destruida la vieja y orgullosa ilusión de ser un país de clase media con oportunidades de progreso y realización individual y familiar para todos sus habitantes… ¿Qué más tendría que ocurrir para que la sociedad argentina exija rendición de cuentas y resultados algo menos catastróficos? ¿Cómo puede ser que nos resignemos a tan poco?

En este contexto, mañana se presentan las candidaturas para una elección que amaga con ser polarizada a pesar de que la grieta como tal constituye un fenómeno de minorías: un estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA muestra que un 47% de la población se considera a sí mismo de centro (en algunos casos, con inclinación hacia la derecha o hacia la izquierda) y un 26% no tiene identificación ideológica. Solo pequeños núcleos ideológicamente muy definidos y que suelen estar sobrerrepresentados tanto en los medios tradicionales como, sobre todo, en las redes sociales alimentan este combate simbólico aparentemente insalvable.

El desgaste típico de la gestión que experimentó el oficialismo desde 2019 sumado a la fricción adicional que impuso el Covid-19 y al creciente número de desencantados con los dos espacios políticos predominantes abre la posibilidad de crecimiento para una tercera fuerza por el centro, como ocurre con Florencio Randazzo y la empresaria y dirigente de la UIA Carolina Castro, aunque resta ver si logra algún tipo de profundidad en el interior del país o si su fortaleza relativa se concentrará en la provincia de Buenos Aires. Como en todas las elecciones, queda un breve cúmulo de votantes de la izquierda más dura, que tiene siempre más capacidad de movilización que peso electoral, y de los liberales/libertarios, segmento en el que predominaron las peleas y las divisiones y que no logró consolidar una opción coordinada y con presencia en todo el territorio nacional. Con todo, tienen una oportunidad en la principal debilidad que hasta ahora ofrece Juntos por el Cambio: la ausencia de un discurso económico alternativo.

En el horizonte, no obstante, no se ve ningún candidato que cuestione al sistema, ni surgen alternativas como las candidaturas testimoniales de 2009: las apariciones revulsivas, con potencial para hacer temblar el espectro político en el marco de un electorado al que las elecciones se presentan como una rutina obligatoria que no genera expectativas ni demasiadas esperanzas. Algún salto de los estudios de TV a la competencia electoral no alcanza para modificar esta abúlica dinámica, que tal vez pueda cambiar, al menos parcialmente, con la irrupción de Facundo Manes.

Lo cierto es que las barreras de entrada para la incorporación efectiva de nuevas figuras a la arena político-electoral son muy altas: es muy elevado el costo de oportunidad de abandonar una carrera exitosa en la actividad privada para saltar al ámbito público. Asimismo, las fuerzas políticas no parecen alentar la renovación del liderazgo, más allá de la obligatoriedad de los cupos de género. Sorprende que no haya una renovación generacional, como observamos por estos días en Chile, tanto en la izquierda como en la derecha.

FDT y Juntos por el Cambio carecen de liderazgos indiscutidos, y esto explica las pujas por la definición de las respectivas listas, incluido el uso de las PASO para dirimir las candidaturas. Nadie puede dudar de la influencia de CFK, pero si se confirma la información hasta ahora disponible, sorprende que una figura erosionada y cuestionada como la de Alberto Fernández haya logrado instalar candidatos propios en los primeros lugares de los dos distritos más visibles (CABA y provincia). ¿El jefe de los “funcionarios que no funcionan” logró sin embargo preservar para sí tanta autoridad en la siempre conflictiva confección de las listas? “No hay generosidad en política”, advierte un viejo conocedor de los pasillos del poder. “Si lo dejan colocar los candidatos, es que esperan una elección mediocre”. Si eso fuera cierto, imponer nombres ahora puede terminar siendo un boomerang que termine convirtiendo a Alberto Fernández en un “mariscal de la derrota”. Pero la opción tampoco era mejor: “Si quedaba fuera de la discusión, se iba a parecer al De la Rúa de 2001”, en la elección del “voto bronca”. “Al menos ahora tiene la chance de estirar su eventual debilitamiento o incluso ganar poder si el resultado es mejor de lo esperado”, agrega.

El punto más curioso –y tal vez el más preocupante– no está relacionado con los nombres propios que participarán de esta contienda, con las fuerzas políticas que competirán ni con el nuevo balance de poder que surja de estos comicios. Lo más grave es que al menos hasta ahora la oferta electoral continúa ignorando las principales demandas de la ciudadanía: inflación, falta de trabajo, pobreza e inseguridad. Tal vez esto se corrija, al menos parcialmente, en el transcurso de las próximas semanas.

Sergio Berensztein

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