Miércoles, 25 Agosto 2021 10:35

“No volverá a suceder” - Por Jorge Enríquez

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El 13 de abril de 2012, el Rey Juan Carlos I de España tropezó en la República de Botswana, se rompió la cadera e inició el camino que conduciría a su abdicación.

 

En la mitad de una crisis económica estructural, el Jefe de Estado español fue a cazar elefantes en compañía de una mujer vinculada con él sentimentalmente y, al tropezar y caerse en su dormitorio del campamento de caza sufrió una rotura de cadera, por lo cual debieron evacuarlo de urgencia para ser operado en Madrid, en medio de un escándalo que nadie podía tapar. ¿Qué quedó de esa aventura? Las fotos del Rey rifle en mano, al lado de un elefante muerto, y la frase histórica que dijo a los periodistas al salir de la cínica madrileña: “Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder”. 

¿Qué había hecho el Rey? Había ido a cazar una especie protegida por varios tratados firmados por su país; participó en una excursión de lujo en aviones privados, en la mitad de una crisis económica y social que deprimía la economía española y lanzaba centenares de miles de trabajadores a la calle, sin trabajo y con pocos horizontes. Estaba con una mujer con la que mantenía una íntima relación, pero ni él ni nadie la nombró en ese momento.

Hoy Juan Carlos, que es ahora Rey Emérito, está en Abu Dhabi, un Emirato Árabe que lo acoge luego de haber abdicado, en gran medida, por el proceso que desató ese hecho documentado en fotos que trascendieron en los medios de comunicación.

Esa misma fatídica frase: “Fue un error, no volverá a suceder” es la que dijo el viernes 13 de agosto pasado en Olavarría Alberto Fernández, un Jefe de Estado de un país sumido en la que quizás sea la peor crisis de su historia, con el 50% de su población bajo la línea de pobreza, y expuesto a los azotes de un virus indoblegable por la falta de vacunas rechazadas por ser “imperialistas”.

La frase de Fernández no se refería a elefantes, sino a peluqueros, coloristas, estilistas, adiestradores de perros, tarotistas, “personal trainers” y otras personalidades del círculo de su pareja, Fabiola Yánez, a propósito de una muy difundida foto en la que ésta celebró junto a doce personas su cumpleaños en la Quinta de Olivos, en julio de 2020, violando alegremente, en presencia de Fernández, el decreto de confinamiento y prohibición de reuniones sociales que el propio Fernández había dictado pocos días antes. Luego de llamar “imbéciles” a los argentinos y advertirles con el admonitorio dedo índice en alto que quien infringiera ese decreto cometería un delito, colgó el saco en el perchero, se sacó la corbata, y se puso a comer y brindar con tortas y champagne en una fiesta organizada en una casa que pertenece al Estado argentino.

La gran diferencia entre la actitud del presidente argentino y la del entonces rey de España es que este asumió su responsabilidad, no le echó la culpa a la mujer que lo acompañaba, advirtió que su tiempo ya había pasado e inició a sabiendas el camino de su abdicación en favor de su hijo, Felipe VI. Tiempo más tarde, se exilió en Abu Dhabi. Avergonzado, Juan Carlos dejó de hablar. No les gritó a los españoles que el error lo fortalecía.

“A confesión de parte relevo de prueba”, dice un antiguo principio jurídico que el profesor Alberto Fernández debería conocer muy bien. Y con su confesión ya debería haber 12 imputados, todos incursos en los delitos que se terminaron de configurar con la norma que él dictó.

Por estas horas recordamos un nuevo aniversario del fallecimiento del General San Martín. En la escuela primaria me contaron esta anécdota que nunca olvidé y que - lo supe muchos años más tarde - es una valiosa lección del concepto de Estado de Derecho. Mientras estaba en el campamento de El Plumerillo, en Mendoza, preparando el cruce de los Andes, el Libertador dispuso que nadie entrara con las espuelas puestas a un polvorín, por el riesgo de que se produjeran explosiones. Un día, él mismo quiso entrar teniendo las espuelas y el centinela no se lo permitió. San Martín le preguntó si sabía quién era él. El soldado respondió afirmativamente. Luego lo citó a su despacho, lo felicitó y le otorgó un ascenso. San Martín asumió su error, no le echó la culpa a nadie y valoró que el centinela hiciera cumplir la norma en vigor ante el mismo autor de la norma.

La figura del Jefe de Estado argentino está muy devaluada. He impulsado, junto a otros diputados, su juicio político por la comisión de delitos y por mal desempeño. Algunos creen que es un error táctico, porque si es removido asumirá la presidencia Cristina Kirchner. Pero es un razonamiento excesivamente apegado a las formas. En los hechos, ya es ella la que gobierna. Quienes somos legisladores nacionales debemos ejercer el control político que la Constitución pone en cabeza del Congreso para situaciones graves, como la que estamos viviendo. No nos corresponde especular, sino cumplir con nuestro deber.

Jorge Enríquez 
Diputado Nacional (Juntos por el Cambio- PRO) - CABA

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