Viernes, 24 Septiembre 2021 13:04

El jarrón roto - Por Vicente Massot

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El domingo antepasado, cuando se conocieron los resultados de la elección y las principales figuras del gobierno -después de horas de mutismo- debieron aceptar la derrota, por boca del presidente escuchamos que no echaría en saco roto la voz del pueblo, transparentada en las urnas.

 

Más allá de que cualquier otro en el lugar de Alberto Fernández hubiese expresado lo mismo -sólo para quedar bien y cumplir con las formalidades del caso- lo que veinticuatro horas después hizo el kirchnerismo puso en evidencia cuán poco le importa la gente y hasta qué punto parece no entender la dimensión del revés que sufrió. De lo contrario, no tiene explicación esa tragedia de enredos -por llamarle de alguna manera- protagonizada por dos actores estelares y varios de reparto que comenzó el martes pasado y el viernes a última hora tuvo un parate, de final incierto. 

Si la vicepresidente hubiese pensado dos veces antes de dinamizar semejante ofensiva a expensas de su devaluado compañero de fórmula, hubiera actuado distinto. Un mínimo de sentido común debió haberle indicado que la embestida, si acaso tenía sentido, no podía tomar estado público. La consigna de la hora era que todos los funcionarios de la actual administración diesen el ejemplo, comenzando por los dos Fernández. Pero hicieron lo opuesto. La imagen que dejaron fue que lo único que les interesaba era dirimir su interna a la luz del día. Con lo cual sumaron, a la larga serie de dislates de la que son artífices, un nuevo y garrafal error no forzado a cincuenta días de unos comicios trascendentales.

En rigor no terminan de entenderse las razones en virtud de las cuales la jefe del hoy dinamitado Frente de Todos, obró así. Preocupada -como confiesa estarlo- por una nueva derrota casi segura dentro de dos meses, en lugar de ponerlo contra las cuerdas al presidente y desairarlo sin miramientos, habría sido más lógico que sus disputas se desarrollaran de puertas para adentro del gobierno. En medio de un país desquiciado, la feroz tarea de desestabilización enderezada contra Alberto Fernández generó una repulsa que excedió con creces a los que habían votado a Juntos por el Cambio. Casi podría decirse que el oficialismo en su conjunto, con la viuda de Kirchner a su frente, resultó el mejor aliado de sus contrincantes electorales.

Que el presidente se encuentra en la Casa Rosada de prestado y que, a esta altura, su servilismo resulta proverbial, no es cosa que se necesitase poner de manifiesto. Lo sabe todo el mundo. Por lo visto, Cristina Fernández no lo tuvo en cuenta. Mandó a esmerilarlo sin prestarle atención a un hecho al que evidentemente ni ella ni ninguno de sus colaboradores le dieron la importancia debida: al tiempo de revolcarlo por el lodo a quien en el fondo desprecian, estaban reduciendo a escombros al frente que ella encabeza. Creer que, luego de tener en vilo a la sociedad por espacio de cuatro días, los problemas que salieron a la superficie pueden arreglarse cambiando un gabinete es no entender cuanto pasa en la Argentina.

El kirchnerismo es como un jarrón que, por la torpeza de sus dueños que se lo disputaban con malas artes, se cayó al piso y se hizo pedazos. Luego, convencidos aquéllos de que tenían que reaccionar, decidieron, sin deponer sus diferencias, recomponerlo pegando sus partes rotas. Claro que -por buena que haya sido la restauración- el adorno nunca volverá a ser el mismo. De la misma manera, ya no tendrá compostura la cohabitación del presidente y su vice. Aun cuando mañana se saquen una foto juntos y deseen hacerle creer al país que se han reconciliado, nada será igual. Bien lo saben ellos y -más aun- una ciudadanía cansada de tanto desparpajo de los poderosos de turno.

Al margen de la proverbial mansedumbre del presidente para soportar los desplantes de Cristina Fernández, no hay forma de recomponer una relación -de suyo frágil- después de las andanadas verbales de la vocera extraoficial de la vicepresidente, Fernanda Vallejos, dirigidas al okupa -fueron sus palabras textuales- de Balcarce 50. El hecho de que sea un pelele no quita nada al desmedro infligido a la investidura presidencial en el curso de esas setenta y dos horas fatales de la semana pasada. El hombre quedó hecho añicos; pero no le fue mucho mejor a la Señora. Un análisis a mano alzada ha dictaminado -y así lo han reflejado todas las crónicas- que ésta gano y aquél perdió. No obstante, si se profundiza en el asunto, las conclusiones con las que topamos no resultan tan lineales. En realidad, uno y otro salieron chamuscados.

Alguien puede imaginar siquiera a Juan Domingo Perón, a Carlos Saúl Menem, o al mismo Néstor Kirchner demorándose tres días para hacer entrar en razón a un subordinado. Sería imposible. Pues bien, la vicepresidente no logró, en la reunión del martes 14, doblarle el brazo a un personaje que no tenía divisiones blindadas bajo su mando y cuyas ganas de resistir eran mínimas. La aparentemente dueña absoluta del espacio peronista y conductora indiscutida del Frente de Todos no pudo imponer su autoridad con sólo dar la orden. Tuvo que escalar la pelea, ordenarle al ministro del Interior que presentase la renuncia y cargarlo de agravios a su débil oponente, para que éste aceptara complacerla. Pero, a lo largo y ancho de la geografía del peronismo, quedó al descubierto que de la trifulca la Señora no salió indemne.

La crisis nacida de resultas de los guarismos electorales no se ha cerrado, ni mucho menos, con este triunfo pírrico de Cristina Fernández. Se ha abierto un compás de espera que nadie sabe si durará hasta el domingo 14 de noviembre o si se interrumpirá antes de esa fecha. La fragilidad de la tregua es tan evidente que bastaría una palabra de más, o un estornudo a destiempo, para que se viniese abajo como un castillo de naipes. En el fondo, todos los peronistas de alguna envergadura son conscientes que si los resultados de los comicios venideros fuesen iguales -ni qué decir tiene si resultaran peores- que los de las PASO, ardería Troya y serían responsabilizados -cierto que en distinta medida- tanto los incondicionales de Cristina como los soldaditos de plomo de Alberto. Una derrota que modificase la relación de fuerzas en las dos cámaras del Congreso Nacional, y dejase al gobierno como pato rengo generaría un terremoto en el seno del oficialismo con consecuencias impredecibles.

Vicente Massot

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