Lunes, 27 Septiembre 2021 10:26

Frondizi, Kennedy y el affaire de las cartas cubanas - Por Mariano Caucino

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El episodio confuso, y cuya falsedad se probaría más tarde, tendría consecuencias decisivas para contribuir al malestar entre el presidente argentino y las Fuerzas Armadas

 

El mítico hotel Carlyle, sobre la avenida Madison y la calle 76, en lo mejor del Upper East neoyorquino, fue el escenario del encuentro entre el Presidente Arturo Frondizi y su par norteamericano John F. Kennedy. Corría la última semana de septiembre de 1961, hace exactamente seis décadas. 

Frondizi había llegado a la Gran Manzana para convertirse en el primer presidente argentino en dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Rumbo a Nueva York, hizo escalas en Río de Janeiro para reunirse con su par Joao Goulart -quien había reemplazado al renunciante Janio Quadros pocos días antes- y Caracas donde hizo lo propio con Rómulo Betancourt. Se trataba del segundo viaje de un mandatario argentino a los Estados Unidos. El primero había sido protagonizado por el mismo Frondizi, en enero de 1959, cuando fue recibido por Dwight D. Eisenhower.

El martes 26, Frondizi y Kennedy se vieron por primera vez. El jefe de la Casa Blanca elogió los éxitos del programa económico argentino. Aquel año la economía creció un siete por ciento.

Pero la visita presidencial quedaría alterada por un hecho que expuso las profundas desconfianzas que Frondizi despertaba en su frente interno. Fue entonces cuando estalló el llamado affaire de las cartas cubanas. Un episodio confuso y cuya falsedad se probaría más tarde, pero que tendría consecuencias decisivas para contribuir al malestar entre el presidente y las Fuerzas Armadas.

Por mano del secretario de Estado, Dean Rusk, antes de comenzar la cumbre con Kennedy, Frondizi tomó conocimiento de documentos supuestamente encontrados en la Embajada de Cuba en Buenos Aires. Los mismos ofrecían una prueba de los presuntos planes de infiltración del régimen castrista en el proceso político argentino. Pocos días más tarde serían difundidos en Buenos Aires a través del Correo de la Tarde, cuyo director y propietario era el Capitán Francisco Manrique, un hombre que tendría una actuación política relevante una década más tarde. De inmediato, Frondizi aseguró que las cartas eran falsas.

Pero Cuba estaba destinada a envenenar la política hemisférica. El propio Kennedy había atravesado el traumático fiasco de Bahía de Cochinos. Y Fidel Castro se había lanzado a una orgía represiva a través de masivos fusilamientos.

Acompañaban a Frondizi los ministros de Economía, Roberto Alemann, y de Relaciones Exteriores, Miguel Ángel Cárcano. Este había sido designado semanas antes, en reemplazo de Adolfo Mujica. El nombramiento del canciller –a quien el presidente no conocía personalmente- había sido un “toque genial” de Frondizi, en palabras de Gregorio Selser. Al nuevo titular del Palacio San Martín, ciertamente, no se le podían sospechar tendencias izquierdistas. Era amigo personal de la familia del jefe de la Casa Blanca, como fruto de una relación nacida dos décadas antes con el patriarca Joseph Kennedy, en los días en que sirvió como embajador en París y Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Al punto que el propio Kennedy había sido huésped de los Cárcano en su estancia “San Miguel” en Ascochinga (Córdoba).

El estallido del escándalo de los documentos cubanos implicaba la aparición de un paquete de fotocopias que contenían, supuestamente, instrucciones de La Habana a su embajada en la Argentina para desplegar un plan de subversión castrista. Alemann recordó en sus Memorias (1996) que “mientras manteníamos las entrevistas en el Hotel Carlyle, llegaron a nuestras manos ciertas informaciones procedentes de Buenos Aires sobre presuntas conexiones argentinas con el castrismo, documentos que se demostraron más tarde totalmente falsos.”

Los hechos se derivaron de un acontecimiento fundamental que había tenido lugar semanas antes. Más precisamente cuando, al término de la Reunión InterAmericana en Punta del Este en la que había quedado en evidencia la gran confrontación entre los Estados Unidos y Cuba, Ernesto Guevara viajó secretamente a Buenos Aires donde mantuvo una reunión con Frondizi.

Pero los secretos están llamados a ser imposibles de ser conservados. Y la presencia de Guevara en la Quinta de Olivos fue advertida por los jerarcas militares. Los mismos que veían en Frondizi a un “cripto-comunista”. Al extremo que La Prensa publicaría que el mandatario mantenía “reuniones esotéricas con líderes del comunismo internacional”.

Alemann anotó que “Guevara pronunció un discurso tedioso de dos horas y media, en el cual justificó los fusilamientos y se autoexcluyó de la Alianza para el Progreso y que buscó un encuentro informal con Richard Goodwin, asesor personal del presidente Kennedy. Este, por su parte, accedió bajo la condición de que asistieran dos representantes de América Latina. Alemann apuntó que “la reunión tuvo lugar en Montevideo, concluida la Conferencia de Punta del Este, con la presencia de Horacio Rodríguez Larreta, que formaba parte de mi delegación, y Edmundo Barbosa da Silva, distinguido embajador del Brasil...”

Aquel viaje de Guevara a la capital argentina había tenido lugar el día 18 de agosto. Oscar Camilión -entonces número dos de la Cancillería- consideró que haber recibido al Che Guevara fue un grave error por parte de Frondizi. En sus Memorias recordó que “el costo interno era incomparablemente superior a cualquier tipo de beneficio internacional que la Argentina pudiera recoger. Hasta el día de hoy no logro comprender por qué Frondizi dio ese paso, que fue muy mal visto por las Fuerzas Armadas y contribuyó a acrecentar la tremenda desconfianza que existía”.

Veinticuatro horas después de su entrevista con Guevara, Frondizi recibió a la cúpula militar en Olivos. El jefe del Ejército, general Raúl Poggi, fue tajante. “El Ejército ha perdido toda la confianza en usted. No entendemos cómo es posible que usted reciba al representante de un país comunista, que además es traidor a la Patria porque ha renegado de su condición de argentino. Para su tranquilidad, quiero expresarle que, pese a la indignación y el desconcierto, el Ejército está en sus cuarteles”. “Amor Prohibido”, tituló Tía Vicenta debajo de una caricatura del presidente con Guevara.

Para comprender las razones por las cuales Frondizi aceptó recibir a Guevara e iniciar un curso de acción peligroso y arriesgado que inevitablemente lo llevaría a indisponerse con los militares, conviene tener presente la reflexión que ofrece Robert Potash en su obra “El Ejército y la política en la Argentina, 1945-1962. De Perón a Frondizi” (1982): “Al 1 de mayo de 1961, el tercer aniversario de la asunción de la presidencia por parte de Frondizi, y en la mitad del lapso de su mandato constitucional, el equilibrio de fuerzas dentro del Ejército, aunque no abrumador, todavía apoyaba su continuación en el cargo. Una distribución similar parecía prevalecer en la Marina y la Fuerza Aérea. Era el propio presidente quien debía decidir si su acción futura reforzaría ese equilibrio o persistiría en sus actitudes que, si bien justificables de acuerdo con sus puntos de vista, podían crear el riesgo de destruir el equilibrio”.

Potash explicó que “en las decisiones referidas a su política económica y en otros ámbitos tales como la educación, Frondizi había roto con las posiciones tradicionales de los Radicales Intransigentes, apartándose en ese proceso de muchos de sus ex amigos y simpatizantes. También se había visto forzado a ceder en diversas ocasiones a las presiones militares, con una considerable mengua de su dignidad y autoridad personales. El ámbito de las relaciones exteriores, en especial después de 1961, ofrecía a Frondizi la oportunidad de recuperar su imagen y, quizá, también su autoestima”.

Seis décadas más tarde, algunas conjeturas pueden establecerse. Acaso en el carácter estratégico de su pensamiento, Frondizi tuvo razón: la exclusión de Cuba del sistema americano la arrojó a brazos de los soviéticos. El 2 de diciembre de ese año, Fidel Castro anunciaría formalmente que la Revolución Cubana adoptaba el marxismo-leninismo. Una adhesión al comunismo a la que en rigor había abrazado bastante antes, tal como demostró el historiador Juan Bautista Yofre en su obra “Fue Cuba”.

Por su parte, Frondizi tendría un segundo encuentro con Kennedy en la Navidad de aquel año. Lo haría en Palm Beach, al regreso de una larga gira por varios países y que lo llevó a Asunción, Puerto España (Trinidad), Canadá, Irlanda, Grecia, India, Tailandia, Hong Kong y Japón. Arthur Schlesinger, recordó en su obra “A Thousand Days” que Frondizi insistió en su tesis de que “la obsesión de Washington con Cuba podía implicar un menoscabo en las necesidades hemisféricas de largo plazo”. Frondizi sostendría que un enfrentamiento frontal con Cuba en el seno de la OEA solo serviría para fortalecer al líder cubano y empujarlo definitivamente a los brazos de la Unión Soviética.

Frondizi fue derrocado seis meses más tarde, como consecuencia del triunfo del peronismo en las elecciones para gobernador de Buenos Aires. La victoria de la fórmula Framini-Anglada sería la última gota de un vaso demasiado lleno. Una vez más, una oportunidad fue desperdiciada. Y la Argentina se auto-infligió una nueva auto-derrota.

La acción de gobierno transformadora y modernizadora de Frondizi, lamentablemente, fue desplegada en un contexto internacional desfavorable dominado por las rígidas categorías de la Guerra Fría. Al tiempo que, en el plano interno, la mentalidad de los militares argentinos, para quienes toda actitud que no fuera de manifiesta y abierta oposición a Castro era interpretada como propicia a la propagación del comunismo en la región, resultaría un límite objetivo a su accionar político.

El caso del affaire de las cartas cubanas probó hasta qué punto aún un gobernante del talento y la audacia de Frondizi no puede escapar a la realidad de un contexto que no elige ni controla. Y que está marcado por las fuerzas ineludibles del tiempo histórico en el que le toca actuar.

Mariano Caucino
Especialista en relaciones internacionales
Ex embajador en Israel y Costa Rica

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