Jueves, 14 Octubre 2021 12:55

El clientelismo, la más reaccionaria de las prácticas políticas - Por Jorge Enríquez

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Lejos de favorecer a los necesitados, esta práctica los someten más, les restringe su libertad y los obliga a permanecer en la pobreza

 

La desesperación que cundió en el oficialismo por el magro resultado de las PASO lo llevó a refugiarse en lo más recóndito de su ser, el populismo. En lugar de advertir que el populismo era el camino que había conducido a la debacle, entendió que esta se habría producido por haberlo empleado con tibieza y sin la suficiente convicción. Por eso, Cristina Kirchner decidió recurrir a un profesional en la materia, el gobernador de Tucumán, Juan Manzur, pese a las distancias ideológicas que supuestamente los separan. 

Manzur, que se formó políticamente en La Matanza y en Tucumán, aquilata una valiosa experiencia en las diversas modalidades que pueden asumir los populismos autoritarios. Su expertise en fraude electoral habrá sido muy valorado por los popes del kirchnerismo, que decidieron archivar por el momento el lenguaje inclusivo y apelar, hasta las elecciones generales de noviembre, a las efectividades conducentes, con perdón de don Hipólito Yrigoyen.

De todas formas, muchos gobernadores e intendentes del Frente de Todos no necesitaban ese mensaje llegado de las alturas para salir a hacer lo que más saben. Así, los hemos visto estos días repartir bicicletas, heladeras, hornos y demás objetos. Se dice que en Tucumán Manzur es más expeditivo: reparte directamente plata. Esa “platita” que, según Daniel Gollán, le hace olvidar a la gente las fiestas en Olivos y los vacunatorios VIP.

El clientelismo tiene una larga tradición en la Argentina y en muchos países del mundo. Ha sido objeto de una vasta literatura en la politología. Cada autor lo explica a su manera, pero la sintética definición de la Real Academia Española incluye sus notas esenciales: “Práctica política de obtención y mantenimiento del poder asegurándose fidelidades a cambio de favores y servicios”.

Es necesario formular una distinción. Quienes practican el clientelismo suelen defenderse, si se ven precisados a justificar sus acciones, diciendo que solo están gobernando y que ayudar a las personas más necesitadas no es solo una atribución sino un deber de todo buen gobernante. De ahí que no haya nada malo en que quienes se ven favorecidos por las políticas de una determinada administración la premien luego en los comicios. Los que critican estas modalidades, agregan, en verdad tienen concepciones elitistas que descreen de la justicia social y de la igualdad de oportunidades.

El argumento es efectista, pero falso. Por cierto, es natural que un buen gobierno consiga la adhesión de una mayoría de ciudadanos. Y solo una parte muy minoritaria de la sociedad mantiene ideas que rechazan categóricamente toda política redistributiva en favor de los sectores más vulnerables. Nadie calificaría de clientelista a un gobierno solo porque sea eficaz y permita salir de la pobreza a vastos sectores de la población. El clientelismo no es eso, sino el intercambio directo e inmediato de favores por votos o por cualquier otra forma de lealtad partidaria.

Quien recibe una heladera de un intendente, días antes de las elecciones, es llevado a pensar que se lo debe a una persona determinada y que le debe retribuir el favor con su voto. Es lo opuesto a la idea de Estado, que es un ente impersonal, que otorga prestaciones sobre la base de criterios objetivos previamente determinados por las normas. Se cuenta de algún gobernador peronista (se non é vero é ben trovato) que entregaba personalmente antes de los comicios una zapatilla para cada miembro de la familia que visitaba; la zapatilla que completaba el par la entregaba después de las elecciones, si lo habían ido a votar a él. En la memoria de cientos de miles de argentinos ha quedado registrada alguna donación de máquinas de coser hecha por Eva Perón a través de su fundación. En verdad, era una entidad paraestatal, que recibía aportes de empresas que eran presionadas por el gobierno para que los hicieran. Luego, lo que se adquiría y entregaba con tales recursos era escenificado como un regalo personal de la “Jefa Espiritual de la Nación”.

Han cambiado algo las formas, pero la sustancia sigue siendo la misma. Lejos de favorecer a los necesitados, estas prácticas los someten más, les restringen su libertad y los obligan a permanecer en la pobreza, una pobreza administrada por la oligarquía de “barones del conurbano” y ciertos gobernadores de provincia para que los atrapados en ese sistema no puedan salir de él. Es decir, para que carezcan de autonomía personal y labren su propio destino con su educación, trabajo y creatividad. El clientelismo convierte a los ciudadanos en súbditos. No hay nada más reaccionario.

Las normas electorales y penales suelen ser impotentes para combatir esta infamia. Es necesario probar un dolo específico y determinar que esas dádivas no constituyen acto de gobierno no es fácil. Pero es necesario crear conciencia sobre la apropiación personal o partidaria de los recursos del Estado. No podemos dejar un solo día de denunciar estas prácticas que no solo son inmorales, sino que tienen como objetivo evidente, al contrario de lo que aparentan, el de perpetuar la pobreza, la marginalidad y la humillación de millones de compatriotas.

Jorge Enríquez

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