Miércoles, 20 Octubre 2021 07:42

Misioneros divinos - Por Carlos Berro Madero

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El gobierno petulante y pretencioso de “los Fernández” evidencia que sus integrantes se consideran a sí mismos una suerte de “misioneros divinos”, presunción fatal que los lleva a incurrir en toda suerte de desaguisados, sin someter a prueba de eficacia alguna a ciertos experimentos políticos nacidos en el seno de un fanatismo excluyente y muy perverso.

 

Sin embargo, la fe que ponen en los remedios con que intentan revertir los efectos de una realidad que se les niega -y a la que no aceptan-, los ha ido quebrantando poco a poco, dejando a flote la característica incurable del mal que padecen: su tremenda ineficiencia. 

Ésta, presidida por la idea rectora de una “sanación política” asegurada a masas que los han seguido hasta hoy con fidelidad, persigue el supuesto fin de instaurar una sociedad “renovada”, justa e igualitaria, pero ha terminado por poner en evidencia que en su procura solo han conseguido emular a un mal dentista, quien “para eliminar todo dolor, saca las muelas de raíz, haciéndolo en forma bárbara y ridícula” (Friedrich Nietzsche).

Parecen adherir a los principios de una secta religiosa, fundada por Arnoldo Janssen en Holanda en 1875 - “Societas Verbi Divini” (Misioneros del Verbo Divino)-, que pregona a sus adeptos: “su vida es nuestra vida y su misión, es nuestra misión”. Pero en su caso, el lema ha sido adaptado así: “su vida es nuestra y no de Uds. y su misión es obedecernos sin chistar”.

En estas horas de tribulaciones y espera ansiosa por las próximas elecciones, es absolutamente necesario tener presente que estamos frente a un ejército de fanáticos que hoy lucen desconcertados, malhumorados y descontentos con ellos mismos, porque no alcanzan a distinguir las razones de una crisis que va consumiendo, poco a poco, la “sarasa” (Guzmán dixit) que predomina en su gestión.

De tal modo, sus hipótesis absurdas y primitivas convergen hacia el establecimiento de reglas dictadas por meros espasmos ideológicos que provocan incredulidad, aún entre aquellos a quienes supuestamente intentan seducir y/o beneficiar. Y es bien sabido que sobre la duda y la falta de confianza es imposible sostener nada permanente.

El “modelo K”, inundado por principios del estilo: “arrebatamos a los demás todo lo que podemos, nos quedamos con ello y acusamos a los demás de no entender nuestras buenas razones para haberlo hecho”, nació como consecuencia del espíritu de unos trasnochados con gran aptitud para apoderarse de lo ajeno, en el más amplio sentido de la palabra: Néstor y Cristina Kirchner.

¿Es reversible todo esto en el ámbito de sus seguidores? No. Porque han ido demasiado lejos y tienen demasiado en juego. Para contribuir a su extinción, debemos dejar entonces que se cocinen en su propia salsa.

El misticismo psicopático de Cristina Fernández, y los habituales furcios de Alberto, su secretario delegado, que insiste en azotarnos con su falta de concisión y madurez personal, los exhiben como parroquianos acodados en la mesa de un bar al paso, a la espera de poder divagar con algún comensal -tan vacío de ideas como ellos-, sobre las eventuales bondades de la cuadratura del círculo.

Divagaciones a las que se sumarían con seguridad y sin titubear Juan Manzur, Julián Domínguez, Aníbal Fernández y Roberto Feletti, verdaderos émulos posmodernos de los protagonistas de la recordada película de Rodolfo Kuhn “Los Jóvenes Viejos”.

Es bien sabido que creer significa asumir que algo constituye una verdad absoluta, descartando de plano cualquier posibilidad alternativa, enterrando así el ancla en una perspectiva supuestamente privilegiada. Este es el pensamiento que distingue a un gobierno que, merced a esta convicción, marcha hoy a los tumbos.

Nuestra tarea debe consistir mientras tanto, en prever por anticipado el inevitable entierro de los cadáveres que dejarán esparcidos en algún momento, quienes, como buenos perros callejeros, seguramente no se resignarán a “soltar el hueso” antes del último estertor.

Mientras tanto, cualquier diálogo que propongan establecer quienes están hoy con la soga al cuello –como “ventajita” Massa (Macri dixit)-, suena inoportuno e inconducente, y la estrategia política de la oposición debería consistir en dejarlos consumirse en la hoguera que ellos mismos han encendido.

De otro modo, no podremos extirpar jamás un cáncer que nos ha obligado a soportar penosas quimioterapias durante más de quince años, mientras la enfermedad de origen ha seguido haciendo metástasis en nuestros órganos más vulnerables.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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