Miércoles, 27 Octubre 2021 12:53

El hambre en el Conurbano profundo - Por Jorge Ossona

Escrito por Jorge Ossona

 

En un país que nació especializándose en la producción de alimentos demandados por las potencias europeas desde fines del siglo XIX, el significante “hambre” fue durante su primera centuria un arma estratégica de lucha política y sindical. Sobre todo, en contra de los sucesivos planes de racionalización del gasto público a partir de los ‘50.

 

Porque lo cierto es que las referencias a esa situación límite, sin dejar de estar ausente en algunas provincias del Norte, eran solo metafóricas en las grandes urbes de la Pampa Húmeda que concentraban a la mayor parte de la población nacional. Las cosas empezaron a cambiar conforme se fue estructurando la novedosa pobreza endémica hacia fines de los ‘70. 

Desde entonces, el espectáculo de personas o núcleos familiares hurgando en las bolsas de basura paso a formar parte del paisaje cotidiano.

No fortuitamente uno de los atractivos del candidato radical en las elecciones inaugurales de la democracia en 1983 fue haber “tomado el toro por las astas” garantizando la soberanía nutricional de las familias carenciadas.

Fue el origen del “Programa Alimentario Nacional” y de sus emblemáticas “Cajas PAN” que le pusieron un piso sólido pero insuficiente a la penuria.

Luego, vinieron los saqueos masivos de supermercados durante la hiperinflación de 1989 y la reedición del espectáculo naturalizado en cada crisis económica, como la de 1990-91, 1995-96; y 2000-2001 cuando la economía y la política argentina saltaron por los aires. En el medio cabe recordar el Plan Vida y el nuevo protagonismo femenino de las líderes “manzaneras” de la Provincia de Buenos Aires. Sin duda, otro noble paliativo.

Reeditando aquella saga, y frente a la crisis agudizada por las devaluaciones de 2018, el recientemente electo presidente Fernández convocó en noviembre de 2019 a la denominada “Mesa del Hambre” que quedó a cargo de la Secretaría Nacional de Coordinación de Políticas Sociales.

La primera reunión brindó un testimonio significativo de la torsión cultural de una porción de nuestra dirigencia respecto de aquellas iniciativas primigenias. No se realizó en una sociedad vecinal de González Catán o Villa Fiorito si no en la sede residencial de nuestra nueva nobleza cortesana y funcionarial: Puerto Madero.

Allí acudieron raudos a expresar su aguda sensibilidad popular organizaciones sociales, empresarios, políticos, intelectuales y sindicalistas cuyo altruismo quedó bien explicitado en los lujosos automóviles de algunos, que recordaban a las antiguas carrozas de la aristocracia.

Dos años más tarde, para sobrellevar la alimentación del mes, el comedor comunitario de un jardín de infantes situado en las profundidades carenciadas del GBA recibió del gobierno de la Provincia un cajón de pollo de 20 kg., tres paquetes de fideos, cuatro bolsas de harina de 1 kg., cinco botellas de aceite, un trozo de queso de 1 kg., cinco bolsas de leche en polvo de 750 g., una bolsa de papas, y dos más de zanahorias y cebollas. Completaban la entrega 1 kg. de carne picada y veintiún potes de yogur para abastecer la merienda de…cien criaturas.

La encargada del jardín rompió en el llanto y rabia al décimo día de la entrega cuando el stock se agotó. Desde entonces, la dieta de los chicos la financian las contribuciones de los contadísimos padres que cuentan con trabajos formales o que han recuperado algunas changas.

El resto resulta de la iniciativa de la organización intermedia en la que se inscribe la institución. Toda una ingeniería del “mangueo” en panaderías, carnicerías, supermercados de la zona; además del viaje semanal en procura de ofertas o donaciones en el Mercado Central.

A ello se le suma la lucha interminable de la asociación, en contra de la indolencia estatal, por la actualización de su personería jurídica para garantizarse los miserables envíos.

A tales efectos, ha debido contratar los costosos servicios de un estudio jurídico y contable encargado de los engorrosos trámites en la jungla burocrática de la capital provincial. Un abultado monto que significaría un mana para el sostén de sus funciones alimentarias.

Luego de aquel día de furia, el almuerzo de los niños se ha reducido a torrejas de acelga amasadas con harina y huevo. La cocinera es la jefa de un hogar monoparental de tres chicos que percibe de los malabares contables de la referente comunitaria $15.000 mensuales.

Sus cuatro trabajos de limpieza domiciliaria semanal se esfumaron durante los rigores de la cuarentena, recuperando esporádicamente alguna demanda puntual.

Ni la “Tarjeta Alimentar” –la única conquista de aquella memorable reunión de fines de 2019- ni las AUH alcanzan para conjurar los estragos del impuesto inflacionario que se arroja con saña reforzada en esos barrios de la pobreza suburbana.

Su tarea, al menos, le garantiza el almuerzo diario para ella y su hijo. Las cenas familiares desde el día 10 se reducen a una rutinaria ración de arroz hervido.

No es necesario añadir ninguna observación a este abominable fresco cotidiano de millones de familias del Conurbano. Allí en donde hace rato que la mitología del hambre argentino ha dejado de ser una metáfora.

Jorge Ossona

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