Miércoles, 27 Octubre 2021 13:00

Abstracciones de un gobierno delirante - Por Carlos Berro Madero

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El solo hecho de reconocer que el “frente” que gobierna es una bolsa de gatos que hacen sus deposiciones en los lugares que les place, no significa que hayamos encontrado aún el método para enterrar definitivamente un tipo de “militantismo incivilizado”, del que habla el filósofo francés Luc Ferry, un luchador implacable por el logro de una articulación educativa que permita elevar el nivel de la cultura política.

 

De lo que se trata, es de entender que los partidarios del régimen K –en su gran mayoría “camporistas”-, solo consumen el tiempo en perorar sin descanso ni erudición alguna sobre democracia, liberalismo, nacionalismo, integrismo, tercermundismo, ecologismo, o lo que se les cuadre, proponiendo a la sociedad ciertos contenidos argumentales nefastos, aclamados por nostálgicos de regímenes fracasados, que algunos solo conocen por el relato de sus mayores. 

Una historia de escenarios muy violentos en donde “cuando se pasa de la incertidumbre paciente de la educación democrática a la inmediatez clamorosa de los toques a rebato, se sale de la institución de la libertad para entrar en cualquier variedad del despotismo”, como señala Fernando Savater.

Porque la libertad en materia política debe consistir en la lucha contra la miseria del hambre, la ignorancia y la dictadura de ciertas necesidades biológicas elementales de nuestra condición de seres humanos.

Hay un primer tipo, a la que se suele llamar “de forma”; pero hay otra, que podemos denominar “material”, que es imprescindible desarrollar lejos de cualquier abstracción deletérea, a fin de atender los problemas concretos de la gente del común.

Algo que no depende de las mayores o menores dosis de liberalismo, ni marxismo, ni social democracia, sino del abandono de los discursos retóricos; porque si alguien está a punto de ahogarse en un estanque, más vale que nos arrojemos al agua de inmediato para rescatarlo (si sabemos nadar, por supuesto), o corramos en procura de quien pueda hacerlo por nosotros, olvidando cualquier elucubración sobre las razones que llevaron al susodicho a exponerse a un riesgo que podría terminar con su vida.

Ya habrá tiempo luego, sofocada la emergencia, para analizar las circunstancias que provocaron el incidente.

Las predilecciones del kirchnerismo están basadas en su fervor por llevarnos a vivir (y eventualmente morir) en medio de un purgatorio de duración variable, acorde a sus necesidades de supervivencia política, a fin de instalarse en una eventual gloria “olímpica”, inaceptable desde el punto de vista del sentido común.

Su ficción narrativa ha resultado ser una verdadera calamidad que contó con el apoyo de votantes a quienes engañaron con postulados irreconciliables con la razón, llevándolos a creer que lo que “redistribuían” cuando había “con qué”, duraría para siempre.

Todos juntos, los K y quienes creyeron en ellos, se comprometieron así con una batalla épica, abarcando además al mundo entero. Es decir, no les bastó contribuir a la construcción de una sociedad frustrada, sino que trataron también de oponerla dialécticamente a las convicciones imperantes en países mejor desarrollados, a los que se tildó una y otra vez de explotadores e insensibles.

¿Resultado? Además de las calamidades que sufrimos hoy, “nos caímos del mundo”, con lo cual nuestros problemas internos se agravaron, por haber agredido conceptualmente a quienes durante años pusieron en la gorra que les tendimos las monedas necesarias para llegar a fin de mes.

Este peculiar narcisismo, mezclado con un deseo desmedido de inmortalidad histórica, ha emponzoñado el cerebro de quienes no quieren morir, pero sobre todo “no quieren verse obligados a querer morir”, como diría Miguel de Unamuno.

Conclusión: estamos convencidos, que la resurrección de nuestra sociedad solo será posible en la medida que todos aceptemos que hemos intentado tapar erróneamente los rumbos abiertos en la barca en la que nos transportamos con bollos de papel estrujado, apostando a que en el largo plazo lo que luce como imposible se haga realidad; olvidando una advertencia del economista John Maynard Keynes al respecto: “en el largo plazo, todos estaremos muertos”.

Más imposible aún, mientras existan quienes se afanen por vivir en medio de contradicciones y polémicas interminables, utilizando un lenguaje “exquisito” y francamente elusivo cada vez que acceden a la función pública diciendo: “hemos llegado hasta aquí para dinamizar y optimizar al máximo posible el desenvolvimiento de (tal o cual repartición)” (sic).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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