Miércoles, 17 Noviembre 2021 09:49

Genio y figura hasta la sepultura - Por Carlos Berro Madero

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Hasta ausente, Cristina Fernández mantuvo una suerte de centralidad ridícula mientras se desarrollaban las elecciones legislativas del domingo próximo pasado, mientras algunos “movileros” de la TV machacaban sobre su eventual presencia ante lo que iba apareciendo como una segura derrota del Frente de Todos.

 

Esto requiere abordar una vez más los rasgos esenciales de la personalidad de quien ha demostrado poseer un cerebro emocionalmente débil, que suele provocar reacciones de violencia mal contenida de su parte respecto de la realidad, cada vez que debe enfrentarse con sucesos que salen de su alcance, desatando casi siempre un “acaloramiento” airado. 

Sus alternadas apariciones y desapariciones del escenario público obedecen probablemente a lo que Robert Hare (Universidad de Columbia), señala para muchos afectados por la misma psicopatía de Cristina, que suelen recluirse ante la adversidad para fortalecer la carga de “artillería” que relanzan a mansalva, a continuación de acontecimientos que los perturban respecto de una realidad que pretenden ignorar olímpicamente.

Que a esta altura de los acontecimientos sigamos presos de los arrebatos de esta señora, indica nuestra pobre capacidad de reacción frente a actitudes patológicas que surgen en cuanta oportunidad aquella recibe señales de evidencias que ponen límite a sus caprichos y desvaríos. Se ha comportado tantas veces como “presente-ausente” en circunstancias de este tipo, que ya no deberíamos tomar en cuenta esta circunstancia como si fuera una novedad.

Los momentos en que se la ha visto desaparecer “físicamente” recogiéndose en una suerte de intimidad “misteriosa”, la pintan como una manifiesta incompetente social, adicta a cometer torpezas en los momentos más inoportunos para sus propósitos políticos de “vigencia eterna”, lo que ha perjudicado poco a poco su imagen de invulnerabilidad.

Cristina sufre de una característica patológica que los psicólogos clínicos llaman “disemia”. Ésta consiste en una incapacidad de aprendizaje de los mensajes no verbales de la realidad que la rodea, lo que la lleva a usar un lenguaje corporal muy primitivo, impidiendo su buena relación con los demás.

Esta incapacidad, la lleva a disminuir su “elegancia social” (Lakin Phillips), lo que termina por diluir cualquier afán posterior de recuperar el eventual terreno perdido.

Un líder natural, se caracteriza por saber relacionarse con los demás aclarando y reorganizando positivamente las disputas que puedan generarse en su entorno. Es la persona que sabe interpretar las reacciones y sentimientos tácitos de la gente, y que, para llevarse bien y gustar siempre, está dispuesto a hacer que quienes le desagradan piensen que es amistoso con ellos a todo evento, aunque esto último no sea cierto.

No es precisamente el caso de Cristina, que vive agazapada “a la caza del enemigo” (Mark Snyder), sin medir las consecuencias de una suerte de mensaje disruptivo que la vuelve sumamente inamistosa, provocando con el tiempo más rechazos que adhesiones.

El efecto de estas cuestiones dispara en ella un “asalto psicológico” cada vez más frecuente de emociones descontroladas e inconexas, y como rebote, le hacen más difícil recuperarse del daño y la furia emergentes de su frustración personal.

Dicho todo esto, vemos que en materia política se cumplieron el domingo los pronósticos previos a las elecciones, abriendo un nuevo panorama que introduce una leve esperanza de que algunas cosas –solo algunas por el momento-, comiencen a cambiar.

Algo bastante difícil mientras se mantenga la influencia negativa de un gobierno sometido a las disputas internas desatadas por su “jefa espiritual”, a quien hemos analizado someramente en estas reflexiones.

Lo que no ha sufrido alteración alguna, es la manía de la gente en general de vivir estos acontecimientos como si se tratara de un partido entre River y Boca. Y nada parece estar suficientemente claro para una sociedad muy apurada, bastante superficial y demasiado castigada por sus propios pecados.

Ninguno de los candidatos –tanto los más como los menos votados-, ha abandonado los lugares comunes al expresar sus deseos y promesas de cara al futuro, ni ha logrado disimular lo que hemos señalado en el párrafo anterior.

Esto significa que desde el 10 de diciembre próximo, afrontaremos quizá las mismas dificultades de siempre: los conciliábulos de quienes siguen hablando de “propuestas para un acuerdo básico de convivencia política”, que no se sabe bien en qué consiste, soslayando el hecho de que son los responsables fácticos de nuestra decadencia, como miembros de una “casta” que ni siquiera ha aprendido a oírse a sí misma.

Al frente, se halla una sociedad partida casi al medio, entre una porción de gente medianamente instruida y otra, compuesta por una gran mayoría de individuos que no comen, no trabajan y merced a la droga que consumen no saben cómo usar su cerebro.

El camino de una eventual reconstrucción será pues muy largo (en caso de que se intente al fin), por lo que nos preguntamos: ¿habrá quienes estén dispuestos a aceptarlo? Porque ese es, al fin y al cabo, el “quid pro quo” de la cuestión; ya que, como nos recuerda el filósofo catalán Jaime Balmes, suele verse a menudo a laboriosos razonadores que conducen sus pensamientos con cierta apariencia de rigor y exactitud, pero guiados por un hilo engañoso, van a parar finalmente a un solemne dislate.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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