Viernes, 03 Diciembre 2021 10:51

Un sistema que funciona incluso sin conducción - Por Jorge Raventos

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Mauricio Macri recibió en Chile la confirmación de su procesamiento en la causa por espionaje a familiares de tripulantes del malogrado submarino ARA San Juan, hundido cuatro años atrás. Macri viajó como funcionario de la FIFA, pero su visita tuvo siempre un perfil político. 

 

Se entrevistó con el presidente Sebastián Piñera, que viene de salvarse en el Senado de un juicio político pedido por la Cámara de diputados y que tuvo que soportar la dura derrota de su candidato presidencial, que quedó postergado al cuarto puesto. 

Mientras Macri ocupaba la Casa Rosada, Piñera era el presidente de la región con el que más simpatizaba. En Santiago intercambiaron cuitas y el argentino, puesto a dar consejos a los chilenos, les recomendó que tuvieran paciencia en su reclamo de cambios y privilegiaran el equilibrio. Juntos por el equilibrio, podía llamarse esa escena, pero lo cierto es que la elección presidencial trasandina de diez días antes había ofrecido otro programa: allí quedó desplazado el centro y triunfaron los bordes.

En primer término, el borde derecho. Esa elección chilena ha empezado a ejercer influencia en el escenario argentino. El triunfo de José Antonio Kast, jefe del partido Republicano y candidato de una coalición que algunos definen como "pinochetista" y otros como "trumpista" (por el ex presidente de Estados Unidos Donald Trump), al consagrar el éxito de una derecha "intensa", estimula en Argentina a los sectores que, dentro y fuera de la coalición Juntos por el Cambio, proponen, en el trayecto a los comicios de 2023, la afirmación de una línea política análoga, francamente enfrentada a los principales pilares del peronismo (la organización sindical y los movimientos sociales) y al peso estratégico del Estado. Para corrientes como las que encarnan Javier Milei y José Luis Espert esa es una movida casi obvia, que está en su naturaleza. El primero se apresuró a felicitar a Kast por su triunfo y el chileno le agradeció de inmediato al "querido Javier Milei".

El asunto requiere un trámite más enredado en el seno de Juntos por el Cambio. Considerando las fuerzas que integran la coalición opositora, es muy difícil que el radicalismo se sienta cómodo si se lo asocia con lo que Kast representa y algo parecido podría decirse del partido que conduce Elisa Carrió. Ni siquiera la fuerza que orienta Ricardo López Murphy, más allá de las coincidencias en materia de ideas económicas con los ganadores de la elección chilena, admitiría demasiadas coincidencias con la línea que Kast expresa.

INTENSIDAD O EQUILIBRIO

En cambio, en el seno del PRO, lo que el triunfo del chileno ha disparado es un robustecimiento de sus halcones, lo que implica una mayor tensión con la postura moderada que auspicia el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta.

Frente a la reconocida ambición de Larreta de ser candidato a presidente dentro de dos años, Mauricio Macri advirtió: "Está bueno que muchos curas quieran ser papas, pero sepan que van a tener que competir". Macri insinuaba así que él mismo podría ser uno de los competidores. En cualquier caso, lo que él quiere es imponer una línea firme: "no hay más lugar para el gradualismo".

Curiosamente, su mensaje argentino es diferente del que derramó en Chile: allá sugirió equilibrio, aquí prefiere la intensidad. Mientras Larreta trabaja para -en caso de ser candidato y ganar en 2023- contar con un apoyo amplio ("setenta por ciento") que incluye al peronismo (él no piensa en Cristina Kirchner, claro), Macri conjetura que "en 2023 vamos a llegar con la conciencia del desastre que significan las ideas populistas, anacrónicas (...) vamos a llegar con más poder (...) hay que programar reformas de fondo para ejecutar desde el primer día". Macri, como Patricia Bullrich, piensa en ampliar hacia Milei, beneficiario, según ellos, de votos que migraron de Juntos por el Cambio huyendo de la tibieza de sus "palomas".

La experiencia de la elección chilena mostró el debilitamiento de las fuerzas moderadas, el hundimiento político del centro (centroderecha y centroizquierda) y la vigorización de las opciones extremas, tanto a derecha como a izquierda. El segundo puesto (y la opción al balotaje) lo consiguió el candidato neoizquierdista Gabriel Boric, sostenido por una panoplia que incluye a comunistas, anarquistas, ambientalistas, indigenistas y distintas tribus de identidad progresista, muchas de ellas simpatizantes de la acción directa.

La moraleja que extraen los halcones del Pro es que optar por políticas moderadas y predispuestas a una negociación con sectores del sistema peronista implica un error que no solo puede equivaler a una derrota, sino a perder la confianza de su base más fuerte en la que, según ellos, descansa la vitalidad y la continuidad de su fuerza.

LEGITIMAS AMBICIONES

La divergencia no es menor: Larreta considera que la moderación y la predisposición al diálogo y a la ampliación de las alianzas no sólo es indispensable para competir con mayores posibilidades y, llegado el caso, gobernar con una sustentación más sólida, sino que esa actitud también garantiza una convivencia más apacible en el seno de la coalición. Para él, la intransigencia hacia afuera tarde o temprano se convierte en rigidez e intolerancia hacia adentro, y eso puede ser letal en un frente político tan heterogéneo en el que, además, abundan las legítimas ambiciones y no hay liderazgos consolidados.

En el capítulo "legítimas ambiciones" hay que anotar las candidaturas presidenciales en potencia (al menos cuatro de la UCR -Alfredo Cornejo, Facundo Manes, Martín Lousteau, Gerardo Morales. Y otras cuatro del PRO: Larreta, Macri, María Eugenia Vidal y Patricia Bullrich) y un numeroso lote de "aspirantes a obispos" (es decir, a gobernadores), para decirlo en términos de Macri, que en la provincia de Buenos Aires no son menos de cinco. Por el momento esa tensión está contenida por una doble circunstancia: todos los actores son conscientes de que sus chances dependen de mantener la unidad del espacio y, además, la hora de las definiciones está relativamente lejana. Empezará a aproximarse en la segunda mitad de 2022. Sin embargo, ya que toda estrategia lúcida supone adelantarse a los acontecimientos, lo que pueda ocurrir a partir de entonces forma parte ya mismo de todos los cálculos, y cada opción apunta desde ahora a llegar con el mejor posicionamiento y la mayor fuerza a los momentos decisivos. Por eso trascienden los tironeos por ocupar jefaturas de bloques, interbloques y comisiones parlamentarias: cada quien atiende su juego.

En esa dialéctica también interviene lo que ocurre en la vereda de enfrente. El Frente de Todos consiguió su triunfo de 2019 apostando a una unidad que subordinaba sus diferencias internas a la posibilidad de ganar. Logró este objetivo, pero la victoria no determinó ni el fin de las contradicciones ni una formulación superadora y eficaz. Ahora, la derrota en las PASO y el resultado de las elecciones de medio término es lo que está impulsando cambios, desplegando de otro modo las divergencias y exigiendo definiciones. Alberto Fernández se siente empoderado por el apoyo de sindicatos, movimientos sociales e intendentes del conurbano y se atreve a cierta autonomía frente a la señora de Kirchner y la Cámpora. Tanto, que hasta imagina un acto masivo y jubiloso para el viernes próximo, cuando vaya al Congreso a inaugurar su tercer año de gestión. ¿Demasiado entusiasmo? ¿Ha cesado el temor a los cañonazos epistolares de CFK? En los bloques legislativos empiezan a florecer pulsiones autonómicas. Los gobernadores observan desde sus comarcas: a la mayoría no le gusta el kirchnerismo, pero tampoco quieren ser absorbidos como peones de una disputa "amba-céntrica". Esperan cautelosamente el tiempo federal que necesariamente sobrevendrá. Puede ocurrir que las fuerzas centrífugas que trabajan en una coalición, también se hagan sentir en la otra. Una eventual quiebra en la unidad oficialista podría suscitar un movimiento en espejo del otro lado (y viceversa). La presión numérica de la unidad adversaria impulsa la unidad propia (y con ella, el enmascaramiento y la contención de las discrepancias).

Aunque no lo parezca, incluso cuando se comporta deficientemente, la política funciona como un sistema. Hoy es un sistema sin conducción.

Ese sistema se aproxima a momentos de definición impuestos por la realidad: el país atravesará diciembre con récords de pobreza, récords de emisión y un dramático déficit de reservas. El termómetro del dólar marca un estado altamente febril. Los rumores sobre retiros de depósitos, que siempre empiezan siendo exagerados, pueden convertirse en deslizamientos que anticipan avalanchas si el sistema político no pone rápidamente manos a la obra.

Jorge Raventos

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