Martes, 28 Diciembre 2021 11:40

¿Qué siga el baile al compás del tamboril? - Por Carlos Berro Madero

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Los que peinan canas y conocieron a Alberto Castillo, recordarán seguramente al médico canta-autor cuando invitaba al “baile” a sus oyentes entonando una melodía incitante. 

Hoy, “los Fernández”, manipulan el tamboril poseídos de una imaginación ardiente y no pierden ocasión para entonar un lenguaje vulgar y arrabalero con el objetivo de sacarse de encima cualquier responsabilidad respecto de la actual debacle de la sociedad, sacudiéndonos con monsergas que huelen a poca memoria y mucha mala fe. 

La pandemia ha dejado en evidencia su ignorancia supina respecto de los principios y la estrategia que deben presidir la política con mayúsculas: la que se aboca a resolver los problemas del hombre del común y no a agravarlos.

Sobre cuestiones de esta índole, Jaime Balmes solía reflexionar así: “Para dejar de prestar crédito a una relación, no basta objetar que el narrador está interesado en faltar a la verdad; es necesario considerar si las circunstancias de la mentira son tan desgraciadas, que poco después es descubierta en toda su desnudez, sin que le quede al engañador la excusa de que se había equivocado o le habían mal informado”.

Este sentimiento ha comenzado a generalizarse y deja a los Fernández en una situación comprometida, y a veces, bastante ridícula. Al punto que ni los motes ordinarios con que se refieren a sus opositores –dedicándole el 90% de los mismos al ingeniero Macri-, logran tapar el cielo con un harnero. Ni siquiera con el plan gubernamental “platita”, que merced a su propagación a todos los parásitos que viven del Estado, pronto podremos denominar como “desfalco”.

Porque cuando hay quien dice que está creando riqueza y recurre a instrumentos que no posee –en nuestro caso dinero “real”-, y se dedica a reproducirlos y distribuirlos a troche y moche para ganar adeptos, termina incurriendo en eso, sin eufemismos ni sucedáneos.

Las dudas de una sociedad que es llevada a la exageración sobre hechos que se dan por ciertos para sacar ventajas personales, aumentan los rechazos de mucha gente que comienza a sentir el “campanazo” interior del sentido común.

Como muestra, van dos motivos para la perplejidad:

a) ¿Cómo es posible que una pareja formada por una supuesta abogada casi adolescente, unida con un atropellador dirigente estudiantil –como Cristina y Néstor-, sin fortuna familiar conocida, hayan acumulado la riqueza escandalosa que se les conoce luego de 20 años de servir en funciones públicas en forma casi ininterrumpida? ¿Son esos “atributos” los que conseguirán llevarnos a buen puerto?

b) ¿Cómo puede entenderse que quien recaló en no menos de cinco agrupaciones políticas de diferente ideología - como Alberto-, que falsea ciertos datos de su curriculum personal y dedicó casi el 100% de su tiempo durante un par de años visitando canales de TV denostando a quien lo promovió luego “a dedo”, haya terminado como Presidente? ¿Forma parte del diseño de un plan maquiavélico?

La historia más reciente no tiene ni un solo capítulo que resista una investigación seria de lo sostenido por los actuales adalides de la conducción política. Esa es la verdad. Lo demás, construcción retórica y raquítica de contenido, más una facilidad asombrosa para apartarse de los principios de la moral y la ética, con el fin de sostenerse en el poder.

Detrás de ellos vienen marchando desordenadamente los que no tenían nada que perder y recibieron supuestos “beneficios” a manos llenas. Los desarrapados representantes posmodernos de la “Armada Brancaleone” inmortalizada por Vittorio Gassman, dirigidos hoy por las arengas de los “sargentos” kirchneristas: los Parrillis, los De Pedros, los Zaninis, los Ferrarotti, los Boudou, las Bonafini, los Kicillof, las Mendoza, las Cerruti y los Víctor Hugo; y no seguimos, porque no alcanzaría un block de 500 hojas para anotar a todos los abonados al delirio de prometer un futuro imposible de concretar con sus ideas atrabiliarias.

Acota Balmes al respecto: “el contacto con estas personas es peligroso; porque, sea que hablen, sea que escriban, suelen distinguirse por una facilidad encantadora; y, lo que es todavía peor, comunican todo lo que tratan con cierta apariencia de método, claridad y precisión que alucina y seduce… pero solo ocultan superficialidad y ligereza”.

Ojalá que hayan tomado nota de todo esto los diputados de Juntos por el Cambio –y por extensión sus amigos y conmilitones-, que por ir a Disney o tomar vacaciones en Alemania, impidieron darle a los Fernández el segundo regalo de Navidad: un fuerte golpe en las “sentadillas”, como hubiera dicho Azorín con elegancia.

Porque si no conseguimos torcer la dirección en la que vamos, terminaremos naufragando en las aguas procelosas en las que ya estamos sumergidos hasta el cuello, permitiendo que los versos de la canción de Alberto Castillo sigan más vigentes que nunca.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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