Martes, 04 Enero 2022 10:56

Jugar con fuego - Por Rogelio Alaniz

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La sociedad votó en contra del gobierno peronista, pero no estoy del todo seguro de que le haya otorgado un cheque en blanco a Juntos por el Cambio. Estoy convencido de que más que darle luz verde a la oposición lo que decidió es sancionar al gobierno. 

Siempre dije que la oposición es una responsabilidad, no un privilegio. Habría que agregar, además -porque en este país nada se debe dar por sobrentendido- que tampoco es una coartada para obtener beneficios. La oposición en una democracia existe para ponerle límites al gobierno. 

Y, además, o en primer lugar, para presentarse ante la sociedad como su alternativa. Una oposición que merezca ese nombre debe diferenciarse del gobierno. Esa diferencia se da en el marco de un orden democrático, en el marco de reglas de juego compartidas, pero esa diferencia existe, debe existir. ¿Qué pasa cuando la oposición empieza a parecerse al oficialismo, reproduce y consiente sus vicios? Pueden pasar muchas cosas, por lo general todas negativas, pero en principio después de las escaramuzas y los desencantos del caso, la sociedad termina por preferir al oficialismo, porque, como se dice en estos casos, más vale malo conocido que bueno por conocer o, entre el original y la copia, prefiero el original.

La otra posibilidad es que el hartazgo de la gente se manifieste en el temible "que se vayan todos". ¿Se entiende por qué importa que la oposición mantenga un perfil propio y sobre todo un ascendiente moral que satisfaga las expectativas del electorado? ¿Se entiende que para la propia salud del sistema es indispensable una oposición que merezca ese nombre? En lo personal pregunto: ¿Tanto cuesta mantener la palabra? ¿Tanto cuesta comportarse como personas decentes?

Las elecciones del 14 de noviembre dieron como resultado una sanción al gobierno. No sé si el gobierno perdió por paliza, pero lo seguro es que perdió por puntos, por muchos puntos. Una mayoría de argentinos expresó a través del voto su rechazo al Frente de Todos, y sobre ese punto no hay mucho margen para discutir, más allá de los arrebatos ridículos de un oficialismo que intentó negar lo obvio, algo así como que Napoleón se hubiera proclamado el ganador de Waterloo. Ahora bien, la sociedad votó en contra del gobierno peronista, pero no estoy del todo seguro que le haya otorgado un cheque en blanco a Juntos por el Cambio.

Es más, estoy absolutamente convencido de que no lo hizo, que más que darle luz verde a la oposición lo que decidió es sancionar al gobierno. En términos prácticos, los votos de los disconformes con el peronismo mayoritariamente fueron para Juntos por el Cambio. Pero en este caso no se trata de un electorado sometido por la pobreza, la necesidad, sino de un electorado que se resiste a seguir perdiendo posiciones sociales, a padecer los perjuicios de una movilidad social descendente.

Dicho con otras palabras, se trata de un electorado habituado a ejercer los beneficios y las exigencias de la libertad y que por definición se resiste a ser cautivo de un líder o de la dependencia de las migajas del poder. Todo esto merece matizarse, pero convengamos que los dirigentes de Juntos por el Cambio deben saber que el electorado los vota, pero los controla, y que las licencias que se permiten los dirigentes populistas con sus votos no las pueden ejercer ellos. "A los peronistas les perdonan todas y a nosotros no nos dejan pasar una", se quejaba un dirigente opositor. Y es cierto. O por lo menos es cierto a medias.

El electorado antiperonista tiene otras exigencias, y no suele estar dispuesto a admitir las ruinosas rutinas de poder que suele practicar los populistas.

Lo asombroso, y si se quiere lo inquietante, es la velocidad con que la oposición se esfuerza por dilapidar el capital de confianza que recibió. Rápidos y furtivos. Con el tema de las reelecciones decidieron todo en tres horas. Entre Navidad y Año Nuevo. Y esto en una provincia y en un país con desocupación, pobreza, indigencia. Y después se fastidian cuando les dicen que están más preocupados por cuidar sus puestos y sus bolsillos que velar por los intereses de la gente. No se trata de ser tremendista, pero tampoco se puede jugar al "no pasa nada".

Primera defección: los diputados que a la hora de votar un tema decisivo como son los impuestos se van de vacaciones. Y cuando Patricia Bullrich sugiere una sanción pierde la votación por goleada. ¿Mensaje? Podés seguir faltando tranquilo porque no pasa nada. Podés faltar porque te gusta pasear o porque te han prometido otros beneficios. ¿Mal pensado? ¿Por qué no pensar mal con los que sabiendas actúan mal?

Tras cartón, el voto por las reelecciones. Si hay algo detestable en la política argentina son los capangas del Conurbano. Corruptos, crápulas, extorsionadores, amorales. Expresan lo peor de la política nacional y esa expresión tiende a eternizarse a través de la reelección indefinida. Cualquier duda hablar con Ishii o con Insfrán. Un acuerdo entre María Eugenia Vidal y Sergio Massa permitió ponerle fin al vicio de eternizarse en el poder con sus secuelas de autoritarismo y, sobre todo, de pobreza e indigencia.

La ley era clara, pero el espíritu de la ley era más claro. Un error, deliberado o no, en un detalle permitió la maniobra de las licencias. La maniobra era evidente, como también lo eran las intenciones. Nada nuevo bajo el sol, salvo el detalle de que esta vez se sumaron a la trapisonda intendentes y legisladores de Juntos por el Cambo. No fueron todos, pero fueron la mayoría. A la hora de repartirse el botín parece que no hay grieta.

Para Juntos por el Cambio no debería haber habido dudas respecto de lo que correspondía hacer. Dos mandatos y a su casa. O a trabajar. El principio de retroactividad, dicen los entendidos, vale para los delitos penales, no para aferrarse maniáticamente al poder. En homenaje a la memoria, algo parecido hizo Eduardo Angeloz en Córdoba, es decir, considerar que el período electoral en el que se sancionó la ley de límites a la reelección no corre. Se salió con la suya y así le fue.

Conclusión: una oposición decidida a representar a sus votantes no debería haber dudado un instante en derrotar esa maniobra tramposa. No lo hicieron. Por lo menos las dos terceras parte de los legisladores opositores no lo hicieron.

Como le gusta decir a mi tía Cata: "De los peronistas espero cualquier cosa, pero se supone que de sus opositores debo creer que son diferentes". Conozco las coartadas de los más culposos: se trataría de una exquisita maniobra florentina, una sutil e inteligente movida de piezas para asegurar el triunfo de 2023. O sea que, estos caballeros además de traicionar el contrato electoral se toman la licencia de suponer que sus votantes son tontos. Después está la solución cínica. Orondos, opulentos y altaneros dicen, imaginemos con un vaso de whisky en la mano: "Nuestros votantes se enojan, pero después se les pasa; además no tienen a otro a quien votar". Algo parecido decían los políticos alemanes antes de que llegara el cabo prusiano.

Rogelio Alaniz

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