Viernes, 14 Enero 2022 14:56

Un gobierno que sea y parezca (un gobierno) - Por Luis Tonelli

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Los presidentes en la Argentina tienen el poder de signar, para bien o para mal, una época. De generar eso que en preciso lenguaje filosófico alemán se denomina el zeitgeist. En un presidencialismo tan marcado como el nuestro, la misma debilidad presidencial pasa a ser, paradójicamente, un dato fuerte.

Y la presencia presidencial tampoco tiene que ver si le ha tocado al mandamás de turno vientos de cola o vientos de proa. Es el estilo presidencial lo que se transmite a toda la sociedad. En la época de Alfonsín, todos estábamos persuadidos, en la época de Menem, éramos todos langas, en la época de De la Rúa estábamos todos un tanto confundidos, en la de Kirchner, primero pegábamos y después preguntábamos, en la de Cristina como Presidenta, no dejábamos hablar a nadie, en la de Macri, le poníamos like al Perrito Balcarce sentado en el Sillón de Rivadavia. 

¿Y en la era de Alberto? Bueno, en la era de Alberto… procrastinamos. Palabra que se conocía poco y que ahora cada vez más se utiliza. Qué, para dejar claro su significado en breve, diríamos que invierte un conocido refrán para que termine diciendo “no hagas hoy lo que puedes dejar para mañana”. Eso que más prosaicamente se conoce en política como “cronoterapia” que es la esperanza que el tiempo lo cure todo, haciendo que los problemas viejos sean reemplazados por los nuevos.

Es cierto que, en término de los dolores del alma, esa capacidad que Nietzche alababa y que se llama “olvido” puede funcionar. Pero cuando se trata del devenir social, hay problemas que al postergarlos se convierten en una bola de nieve rondando ladera abajo: se hacen cada vez más grandes, y llega un momento que nadie las puede parar.

Por el otro lado, están las coyunturas críticas, que son momentos especiales, bisagras, que se convierten en oportunidades perdidas si no se las aprovecha. Por eso, los griegos distinguían el cronos, la marcha uniforme del tiempo, con el kairos que hace al sentido de la oportunidad política (vaya esta nota en donde vengo citando conceptos clásicos en homenaje a Mariano Grondona, que contribuyó a colocar la discusión política en un nivel que hoy ya no tiene).

Frente al kairos, (que es la política mirándola desde el punto de vista de la oportunidad, lo del Presidente aparece como una suerte de anti política: la de neutralizar cualquier oportunidad para todos y todas. Como una suerte de era del vacío, ya que el no tomar alguna decisión importante, en una no-decisión que es también una decisión. Lo alarmante es que Alberto no toma ninguna “decisión decisiva” y todo, entonces, se descompone en un calidoscopio continuamente girando, compuesto de dimes y diretes, de amagues para un lado y para el otro, de supuestas negociaciones que nunca existieron, de avances y retrocesos, de ilusiones mínimas y desencantos mayores.

A la incertidumbre parecería combatírsela con más incertidumbre, pero en política menos por menos no, es más. En todo caso, es la incertidumbre al cuadrado. Y la Nave del gobierno sin capacidad de flotar aparece solo sostenida por esa capa de hielo que ha impedido una crisis financiera (llámese la estrategia de Miguel Pesce en el Banco Central). Pero ese hielo, o sea, las reservas, son cada vez más delgadas, y como muchas veces sucedió, la incapacidad o la no voluntad de tomar medidas, habilita a que en algún momento se quiebre esa capa por el peso de las expectativas negativas coordinadas por alguna razón o sin razón. Aquí las decisiones críticas las ha tomado, y de la peor manera, nuestra Fuenteovejuna: o sea las crisis agudas que siempre han generado por lo menos 10 por ciento más de pobreza, y que permiten que la economía vuelva a crecer, pero desde un pozo profundo respecto a donde se estaba.

EL gobierno no cierra un acuerdo con el FMI afirmando que no va a realizar un ajuste que ahogue el crecimiento. Ahora todos sabemos, incluido el gobierno, que entrar en default con el Fondo, va a tener consecuencias (y especialmente para los que menos tienen) peores que si se firma un acuerdo a esta altura del partido -que no es obviamente cualquier acuerdo-.

La otra cuestión es la negociación, pero hay un momento que su extensión en el tiempo deja de ser un elemento de fortaleza, y trae además consecuencias negativas que neutralizan las positivas, y que pone al Gobierno de rehén de sus propias debilidades. El Presidente y los suyos se ufanan por la negociación de la deuda privada, pero se tardó tanto tiempo en llegar a su resolución, que generó una incertidumbre que afectó al tipo de cambio, generó más inflación, y detuvo proyectos de inversión imprescindibles.

Obviamente la Argentina tiene problemas estructurales, además de los coyunturales, pero falta algo anterior para poder resolverlos.  Falta ni más ni menos la herramienta política, o sea, un Gobierno que Gobierne, y para eso debe tiene que “ser” (o sea tener el poder real de tomar decisiones, sin recibir una contra fulminante interna, más que externa) y también “parecer”: o sea, ser un gobierno que lidere la opinión pública, antes de estar haciendo trampitas enervantes: tales como “el acuerdo con el FMI está casi cerrado”. De nuevo, esa forma de procrastinar que lleva a una impotencia generalizada.

Si la política no señala un horizonte de futuro, después no nos sorprendamos que nuestros hijos y nietos se quieran ir del país. Ellos como dueños del futuro pasan a no existir en el presente simplemente por poseer acciones de nada.

Luis Tonelli

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