Lunes, 17 Enero 2022 16:28

El hechizo de un gobierno mentiroso - Por Carlos Berro Madero

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“En los sistemas autoritarios, la mentira no es solamente una de las armas del poder político o de los intereses corporativos, sino que TAPIZA Y ACOLCHA LA VIDA PÚBLICA EN SU TOTALIDAD”
- Jean Revel

Porque para sostener una ideología irracional, hace falta siempre el auxilio de una suerte de altavoz, similar al que utiliza hoy el gobierno kirchnerista para imponernos una supuesta “identidad cultural”, mediante la cual deberíamos abrazarnos fraternalmente a Venezuela, Nicaragua, Cuba, Irán, Bolivia, Rusia, China y otros regímenes francamente antidemocráticos. 

Si nos atenemos a los resultados prácticos de esta táctica, vemos que solo ha logrado mantener a nuestra sociedad en el mismo lugar donde iniciaron su mandato los K, sin haber avanzado ni un ápice en la solución de los graves problemas que asfixian a la sociedad.

Esto demuestra que la comunicación intencional tiene siempre poquísima influencia sobre la realidad cuando se intenta adulterarla en provecho propio, porque es imposible escabullirse del “contragolpe” que ésta promueve en el acto y sin aviso previo.

En ese sentido, se ha puesto en evidencia una vez más que la ideología y la mala fe desembocan fatalmente en soluciones complejas, muy costosas en esfuerzo y energía. Y el tiempo invertido para tratar de imponerlas se pierde, porque hay problemas que no reconocen las supuestas “sutilezas” de algunos mistificadores, permaneciendo incólumes a la espera de ser solucionados como corresponde alguna vez.

Algo de esto le está ocurriendo hoy a “los Fernández” y su tropa variopinta y adocenada. La que solo exhibe algún mea culpa aislado como el de Ginés G. García al decirnos que quizá cometió alguna estupidez como ministro, o el desenfado de Luana Volnovich, “mandamás” del PAMI, “comiéndose” a besos a un subordinado en una playa del Caribe -lugar prohibido para “descansar” por parte de sus superiores-, dejando a la deriva la administración a su cargo.

Son las hendijas éticas que exhiben la psicopatología de subordinados que intuyen que sus falsedades terminarán “aireadas” en breve plazo, y al encontrarse frente a una puerta que no logran franquear, saben que se encontrarán muy pronto con las inevitables consecuencias de una inmoralidad que practican con alegre desenfado.

Hace pocos días, han conseguido sumar a Joseph Stieglitz – mentor del ministro Guzmán-, quien aludió al “milagro” del gobierno de “Alverso” por haber conseguido un “maravilloso crecimiento de la economía” (sic) que, bien mirado, ES SOLO UN REBOTE INFERIOR A LA CAÍDA PRECEDENTE. Una falsificación dialéctica y efectista que intenta que nos acostumbremos a triviales comprobaciones que solo afirman una plaga que se extiende: inundar a la opinión pública con informaciones “relativamente” exactas para deformar un hecho natural totalmente contrario a sus especulaciones políticas descaradas.

Resulta claro que el ex integrante del FMI intenta sostener a su “pupilo” hasta el fin, refugiándose en supuestos antecedentes académicos de instituciones donde conviven científicos con algunos charlatanes, que harían estremecer a genios de la talla de Adam Smith, John Stuart Mill y Ludwig von Mises; todo lo cual nos recuerda a Nietzsche cuando aludía a individuos “nefastos”, que “en vez de ayudar a resolver un problema, lo oscurecen a todos los que se ocupan de él, haciéndolo más difícil de resolver”.

Es el escenario forzado por chapuceros que niegan las fatales averías de su estrategia económica, para disimular, como pueden, que la misma es pésima y sería preciso reemplazarla por otra completamente diferente.

Pero la demagogia no puede vivir sin la mentira, por lo que trabaja sin descanso sobre falsedades que permitan disimular la ineficacia de sus postulados conceptuales.

En nuestro caso, de eso se trata la cuestión: intentar una censura de la verdad para someter a la sociedad al discurso único de “los Fernández”, mientras seguimos a la espera que la difusión de sus “creaciones” dogmáticas terminen en el mismo ostracismo al que arriban, tarde o temprano, los “hechiceros” de poca monta.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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