Viernes, 04 Marzo 2022 11:03

Acuerdo con el FMI, Ucrania: la elocuencia de los hechos - Por Jorge Raventos

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El Congreso se dispone, finalmente, a debatir el acuerdo que el Gobierno argentino alcanzó hasta aquí con el staff técnico del Fondo Monetario Internacional. Este jueves, la Casa Rosada hizo llegar al Palacio Legislativo la Carta de Intención y documentos anexos, de modo de posibilitar que su tratamiento comience el próximo lunes.

El presidente de la Cámara Baja, Sergio Massa, ya convocó para ese día a la Comisión de Presupuesto iniciar así el debate en Diputados. Para muchos observadores este acuerdo era inalcanzable. Ahora, cuando esa hipótesis se probó errónea, la crítica apunta a otro blanco: "El acuerdo es incumplible", sostienen. 

El acuerdo de los halcones

Es interesante reparar en la coincidencia que exhiben sobre ese punto halcones de campos opuestos. Tanto los grupos más inflexibles del cristino-camporismo como el sector más intransigente de la oposición cambiemita -básicamente, el PRO, donde está prevaleciendo su ala dura-, consideran que lo que se ha acordado está llamado a fracasar. Unos piensan que ese resultado decepcionante provocará la derrota electoral oficialista el año próximo; los otros se quejan de que el fracaso monta "una bomba de tiempo" destinada a estallarle al próximo gobierno (que, suponen, tendrá su color político).

Más allá de las opiniones y las censuras, conviene destacar un hecho: pese a la evidente renuencia -que a veces toma la forma de oposición explícita- de la señora de Kirchner y sus seguidores, el acuerdo con el Fondo está a unos pasos de ser aprobado y esa decisión implica una opción estratégica destinada a modificar el paisaje político interno.

Las divergencias se manifiestan

El oficialismo, guiado por la meta de disimular las divergencias internas para llegar unido a las urnas de 2023, empieza a descubrir que esa confrontación es inevitable, tanto porque se va encarnando en diferencias políticas como porque en esa coalición se ha ido erosionando crecientemente la affectio societatis. Este desgaste empezó a observarse después de la derrota en la elección de mediotiempo y se manifestó en las renuncias (en definitiva, declinables) de funcionarios camporistas y en las ácidas definiciones que filtró a la prensa la economista Fernanda Vallejos, en las que consideraba a Alberto Fernández "un okupa".

El martes 1º de marzo, La Cámpora no acompañó al Presidente en su presentación ante la Asamblea Legislativa. Fernández fue respaldado por los movimientos sociales más numerosos, por la CGT y por un número significativo de intendentes del conurbano. En el recinto no estuvo el diputado Máximo Kirchner y tampoco el ministro del Interior, Wado de Pedro ("Wadito"), uno de los que en noviembre había dimitido (pero consiguió que no le aceptaran la retirada). Está claro que se va ahondando el foso entre dos grandes corrientes y que, entre ellas, una tiene una jefatura clara y voluntad de diferenciarse, mientras la otra, todavía desarticulada y sin pleno diseño identitario, encuentra un punto de convergencia en sostener, tras la figura de la autoridad presidencial, una línea de sensatez diferenciada de las anacrónicas quimeras ideológicas del cristino-camporismo.

Para estos sectores, el acuerdo con el FMI es una manera de evitar el default y una oportunidad -quizás la única- de volver a tener chances en las urnas del año próximo.

La lógica de este proceso no lleva necesariamente a una ruptura (aunque tampoco la excluye), pero sí a subrayar las diferencias, en lugar de maquillarlas, y a dirimir el conflicto en las PASO. Por ahora, las diferencias se muestran en la acción: mientras el sector de Máximo Kirchner pone palos en la rueda del acuerdo, tanto en el ámbito parlamentario como en campos específicos (como la instrumentación de las políticas tarifarias), el otro sector milita por la aprobación. Al parecer ya prevalece el frente de rechazo dentro del Frente de Todos y su sistema de aliados en la Cámara de Diputados. Espera también ser mayoritario en el bloque de senadores: el jefe de gabinete, Juan Manzur, teje con paciencia el respaldo de los gobernadores, que a su vez influyen sobre los representantes provinciales en la Cámara Alta.

Los duros de Mauricio

En la coalición opositora tampoco se visualiza unidad de criterio. El sector duro del PRO está trabajando para que Juntos por el Cambio, en conjunto, no acompañe la aprobación del acuerdo con el Fondo si el oficialismo no lo vota unánimemente.

En la Unión Cívica Radical, la Coalición Cívica y en fuerzas provinciales como la que conduce en Córdoba Luis Juez la severa rigidez de los halcones macristas no convence. Ninguno de ellos quiere contribuir, ni directa ni indirectamente, a frustrar el acuerdo que permite a la Argentina evitar el default con el Fondo, que equivaldría a recaer en situación de paria internacional.

Que esas diferencias de criterio se manifiesten no es en sí mismo algo alarmante. Lo que puede serlo es que las distintas corrientes no encuentren una vía para saldarlas sin quebrar la unidad. En rigor, por el momento no se descarta que terminen votando separados.

Putin lo hizo

El eje estratégico del acuerdo con el Fondo sin duda ayudó a anclar la posición argentina sobre la invasión del Kremlin a Ucrania a un punto de vista más realista que el insinuado por la primera reacción de la Cancillería.

Tenemos aquí otro hecho: nadie ignora la propensión rusófila del sector que sigue a Cristina Kirchner. Más allá de esa simpatía, la Argentina condenó explícitamente la invasión de la Federación Rusa a Ucrania y participó en el grupo de 141 estados que hicieron lo propio en la Asamblea General de la ONU.

Tanto a las potencias occidentales como, más modestamente, a Alberto Fernández fue el agresivo impulso imperial de Moscú lo que convirtió en insostenibles actitudes anteriores: sea la cooperación energética de Alemania con Rusia, sea la tolerancia de los grandes bancos occidentales con las operaciones financieras non sanctas de las elites rusas, sea la primera intención del gobierno de Alberto Fernández de mantener un calculado equilibrio sin herir la susceptibilidad de Putin. La violencia desatada por el Kremlin obligó al Gobierno a tomar decisiones que tensan la cuerda con el sector ideológicamente prorruso de su coalición.

El oficialismo tiene sin duda un grave problema intestino que le impide reaccionar rápido frente a situaciones muy demandantes. Tendrá que hacerse cargo de eso. Pero, por cierto, no se trata de reclamarle reacciones pavlovianas como lo ha venido haciendo un sector de la oposición y sus expresiones mediáticas, empeñadas en dibujar un escenario de culpables e inocentes absolutos.

La palinodia sobre que "se debió haber repudiado desde el primer momento" o "el repudio es insuficiente", oculta lo central: el país está reorientando su postura ante el mundo. Y que lo haga con cierto gradualismo no parece demasiado imprudente. Como lo muestran los hechos, también han sido gradualistas las grandes potencias occidentales al aplicar las sanciones que fueron poniendo paulatinamente en práctica, evaluando responsabilidades y consecuencias sobre sus intereses nacionales.

Jorge Raventos

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