Viernes, 11 Marzo 2022 11:25

Un acuerdo indispensable frente a la irresponsabilidad - Por Jorge Raventos

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A última hora del jueves 10 o, más bien, en la madrugada del viernes 11, la Cámara de Diputados consumaba, sobre la base de un trabajoso, pero ampliamente mayoritario acuerdo entre sus fuerzas políticas principales, su aprobación del convenio con el FMI para refinanciar la deuda contraída por el país en el año 2018.

La Cámpora y el oficio mudo 

Una semana atrás señalábamos aquí: “Que el acuerdo supere la prueba del Congreso a través de una convergencia práctica entre sectores moderados del oficialismo y la oposición representaría un éxito para el país y también un revés para los intransigentes de ambas coaliciones”.

Es lo que ha sucedido. En las filas oficialistas, como se podía prever, los sectores de la galaxia K tomaron distancia del proyecto impulsado desde el gobierno y el máximo guía de La Cámpora (y ex jefe del bloque del Frente de Todos) dio el ejemplo ausentándose a la hora de dar quórum para tratarlo en el recinto. No todos los miembros de su organización compartieron su reticencia o su oposición oblicua. Wado de Pedro, el ministro de Interior tomó distancia de su jefe y desde España, después de visitar al cineasta Pedro Almodóvar, proclamó que “el acuerdo con el Fondo evita la catástrofe y es el comienzo de la solución”. Si, ya de regreso, tuvo oportunidad de conversar sobre el tema con el joven Kirchner, parece que no lo convenció.

En el campo opositor, entretanto, la furia intransigente que Mauricio Macri consiguió imprimirle al Pro  apuntando a que  Juntos por el Cambio no prestase ayuda para la aprobación del convenio con el Fondo (“que el gobierno junte sus propios votos”) fue neutralizada por los sectores moderados de la coalición -principalmente el radicalismo que preside Gerardo Morales,  la Coalición Cívica conducida por Elisa Carrió, astuta estratega, la corriente republicana que encarna Ricardo López Murphy y el bloque Evolución que orienta Martín Lousteau-, convencidos de que  esa fuerza plural y con capacidad competitiva no podía suicidarse convirtiéndose en cómplice de un default con el FMI.

Paso al frente de los moderados

“La deuda la tomamos nosotros y me hago cargo-, planteó con franqueza Morales ante el plenario de la Comisión de Finanzas de Diputados-. A veces veo algunos compañeros de mi coalición que no sé en qué están pensando, si nos toca la posibilidad de gobernar en 2023. Necesitamos tener diálogo, hablar desde la política y desde las fuerzas más importantes. ¿Cómo no inventaron una vacuna para los intolerantes?”

El diálogo requiere oídos receptivos, capacidad para comprender las necesidades de cada uno de los actores para poder blindar puntos de acuerdo sin obstruir el proceso con cuestiones no prioritarias.

El presidente de los Diputados, Sergio Massa, lo resumió acertadamente: “Cuando uno busca trabajar en un acuerdo, todos ceden algo (...) Tenemos que aprender que hay temas que hacen a la identidad de cada espacio y hay que respetarlos, pero tenemos que tener la capacidad de estar cohesionados y de trabajar juntos”.

Massa forma parte, dentro del oficialismo, de una corriente francamente favorable al acuerdo, en la que también pueden incluirse el jefe de gabinete, Juan Manzur, el secretario de asuntos estratégicos, Gustavo Béliz, el ministro de Agricultura, Julián Domínguez, el embajador en Estados Unidos, Jorge Argüello.

Con ese background, Massa tomó con mucha fuerza la misión de conseguir una aprobación con una mayoría significativa en la Cámara que preside. Consciente de que uno de los obstáculos se encontraba dentro del propio bloque oficialista y de que los votos propios no alcanzaban para lograr el objetivo, se dedicó a sumar el apoyo de la oposición.

Se apoyó, naturalmente, en el sector moderado de Juntos por el Cambio, en primer lugar -aunque no sea miembro de la Cámara- en la influencia de su buen amigo político Gerardo Morales. Pero no sólo en él: Massa instó a los actores económicos (grandes empresarios, cámaras, banqueros) a que se hicieran oír por líderes opositores que de a ratos caían bajo el influjo de los halcones del Pro.

Que una voz sumamente discreta y enormemente respetada en la UCR como la del legendario Enrique Nosiglia haya roto esta semana décadas de silencio de radio para recordar en el programa de Carlos Pagni que la responsabilidad política convertía en una obligación votar por el acuerdo y evitar el default no es un detalle irrelevante: denota la urgencia del momento y la magnitud de las fuerzas interesadas en atravesar rápidamente esta emergencia.

Hablando la gente se entiende

Massa y el nuevo jefe del bloque oficialista, Germán Martínez, conversaron y negociaron agotadoramente con los presidentes de los diferentes bloques no oficialistas (no solo los que se articulan en Cambiemos, sino también los que responden a Florencio Randazzo y Graciela Camaño, los federales donde convergen legisladores de varias provincias, etc.).

De esa retahila de negociaciones, en las que se recogían propuestas de nueva redacción de párrafos y discusiones conceptuales más intensas, había que anoticiar a partes interesadas que no estaban sentadas en esas tenidas, desde los técnicos del Fondo hasta el Presidente Alberto Fernández.

En definitiva, el eje del consenso se centró en un proyecto unificado que divorcia los puntos 1 y 2 de la propuesta oficial elaborada por Martín Guzmán: borra el artículo 2, que alojaba los memorando económico y técnico para su aprobación tal como el ministro acordara  en Washington, y en el artículo 1 fruto del consenso habilita el acuerdo de facilidades extendidas y autoriza al poder ejecutivo a suscribir "los instrumentos necesarios para dar cumplimiento".

De ese modo el oficialismo garantiza un amplio apoyo al proyecto (que es lo que desea el Fondo) y la oposición deja sobre las espaldas del gobierno la responsabilidad exclusiva en la selección y eficacia de los instrumentos.

Con ese contrapaso, el gobierno consiguió un éxito, aunque refutó en los hechos la insistencia de Guzmán en evitar el divorcio de los dos puntos, porque esa redacción “era indispensable” para que el acuerdo saliera. Como dijo Massa: “Todos tenemos que ceder algo”.

Los moderados quieren pelear

Un mes atrás, anticipábamos en esta columna: “El acuerdo con el Fondo -llave para evitar un default que empujaría al país a la condición de paria- ha empezado a establecer un nuevo eje de reagrupamiento del oficialismo y del sistema político, que está en pleno desarrollo y que tendrá consecuencias en la configuración de opciones para 2023.”

En esa nueva configuración empiezan a distinguirse comportamientos diferenciados. Por ejemplo, un sector del peronismo no kirchnerista (el círculo que rodea al Presidente e insiste en impulsar el “albertismo”) empieza a modificar su actitud ante el sector camporista. Si hasta hace unos días se esforzaba por maquillar las divergencias, ahora -según indica el bien informado sitio web La Política on Line- “le sugieren al presidente que, si La Cámpora vota en contra del acuerdo con el FMI, rompa con el kirchnerismo y cambie el gabinete.

Si la Cámpora vota en contra ya le pidieron al presidente que aproveche la insubordinación y rompa con la organización del hijo de la vicepresidenta (...) apuntan también a las cajas manejadas por La Cámpora, en especial el PAMI y la ANSeS”.  Según aquel medio, los albertistas insisten en que “Alberto tiene que mostrar autonomía porque de lo contrario se le hará cuesta abajo el resto del mandato”.

Otros sectores del peronismo van tomando distancia de la galaxia K. Incluso la base social sobre la que el cristinismo se apoya (los sectores más vulnerables del Gran Buenos Aires, especialmente en el segundo y tercer cordón del conurbano) el respaldo de la vicepresidenta decae. Sigue en algunos municipios superando el 50 por ciento de opiniones favorables, según encuestas, pero esas cifras son menores de las que mostraba en el pasado más lejano y también en el más reciente.

La oposición también busca un camino de moderación, aunque debe lidiar con el hecho de que su figura hasta ahora dominante, Mauricio Macri, cuenta con mucho respaldo de corte electoral más intenso de Juntos por el Cambio pero recauda mucha resistencia en el resto de la sociedad. “No sería un candidato competitivo fuera del electorado cambiemita - resume un analista próximo a la coalición-; y le resultaría muy difícil aceptar que para gobernar se necesita una base amplia y propensión a negociar acuerdos de gobernabilidad. El parece convencido de que falló por culpa de los que le aconsejaban gradualismo y acercamiento con el peronismo”.

Una vez superada la amenaza del default, queda aún casi todo por resolver: inflación, crecimiento, superación de la pobreza, fortaleza y eficiencia del Estado, seguridad.  La gobernabilidad requiere una base amplia de representatividad, acuerdos, capacidad de diálogo y una autoridad fuerte y legitimada para tomar decisiones en momentos cruciales. Los intolerantes se autoexcluyen de ese perfil. Los moderados, que empiezan a transitar el camino del acuerdo, deben probarse aún en varias materias.

Jorge Raventos

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