Miércoles, 27 Abril 2022 12:16

¿Preludio de un final indeseado? - Por Carlos Berro Madero

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“La mancha que cae sobre algunos embaucadores que pretenden sostener falsas ilusiones es tan ignominiosa que no consiente disfraz alguno”
-
Jaime Balmes

Cristina está dominada por el temor a ser condenada en la justicia por corrupción, que sería una mancha irreversible en detrimento de la inmortalidad “augusta” de su persona, por la que trabaja sin descanso. Quizá desde que dejó de trasegar las humildes calles de Tolosa luego de ser reconocida por su padre adoptivo. 

Alberto lucha por su lado para que no se confirme que es un perfecto inútil gobernando, prometiendo soluciones “guerreras” (¿) para que la inflación y la inseguridad no lo terminen eyectando del sillón presidencial antes de tiempo.

Ese es el panorama que domina la política en estos días. Una tragedia que transcurre aguardando el siguiente paso en falso de sus protagonistas, quienes lanzan anuncios públicos que lucen, a toda vista, como parches provenientes de su desesperación.

Casi todos los que les rodean, los Parrilli, Cerruti, Manzur, Kicillof, De Pedro y compañía, son solo “teloneros”, como suelen decir los amantes del rock-and-roll. Altavoces camuflados que intentan diluir un descalabro que afecta todas las decisiones del gobierno –hasta las de menor importancia-, haciéndonos vivir en vilo merced a las extravagancias de su rústica revolución de escritorio.

Resulta claro que “los Fernández” no deben andar bien de la cabeza cuando se ve su insistencia casi enfermiza para lograr

objetivos personales que a nadie interesan, y en medio de sus crecientes desvaríos “navega azarosa la nave del Estado, que se ha convertido en una metáfora”, como diría Ortega.

Sin comunicación entre ellos, van construyendo de tal modo dos mundos independientes de la realidad, que están afectando la convivencia colectiva sin aportar absolutamente nada que pueda encaminar algún proyecto nacional coherente.

De los dos, quien se lleva las palmas es Cristina, mujer de una malignidad y torpeza que provocan asombro y repulsión simultáneamente.

Olvida con seguridad lo que señalaba el mismo Ortega, cuando indicaba que una sociedad dividida entre discrepantes, queda recíprocamente anulada porque no da lugar a que se constituya un mando homogéneo. “Y como a la naturaleza le horripila el vacío”, añadía, “ese hueco ausente de opinión pública se llena con la fuerza bruta”.

Eso es, ni más ni menos (ya lo hemos dicho antes de ahora), lo que ocurre con las turbamultas que invaden las calles “in crescendo” y proclaman eventuales derechos por la fuerza, como vacas que pujan por desbordar las contenciones de una manga de campo, cuando son arreadas para “marcarlas”.

Frente a este escenario, oímos a los gobernadores, intendentes y dirigentes sociales perorando sobre la realidad en orden a sus propios intereses, y nos preguntamos: ¿cómo hacen para sostener con tanta impavidez su “ejemplar” puerilidad parlante?

¿A quién le hablan? ¿A sus fantasmas interiores?

Ninguno de ellos parece tener en cuenta que el rumbo de la sociedad depende en gran medida de la fractura habida hoy entre dos personas que solo piensan en su autorrealización y apelan a una retórica épica para sostenerla (“carajos” mediante), ignorando lo poco que podrán hacer a la postre con el zafarrancho en el que todos quedaremos sumidos, sin recordar el inexorable dicho francés: “tout lasse, tout casse, tout passe et tout s´éfface” (todo cansa, todo se rompe, todo pasa y todo se borra).

Lo único que sostiene el actual estado de cosas es una característica tradicional de nuestra sociedad que permanece casi inalterable: el miedo al cambio (aunque todos lo pregonen).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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