Sábado, 30 Abril 2022 15:07

Las duras incertidumbres del presente y las débiles esperanzas del futuro - Por Rogelio Alaniz

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Dos o tres motivos explican esta suerte de ansiedad por las candidaturas presidenciales. En política, se sabe, se disputa el poder y la elección del presidente de la nación es un momento importante, muy importante, por esa disputa. En la Argentina, además, hay un gobierno débil. 

Fue derrotado en las elecciones legislativas del año pasado, es saboteado internamente por sus aliados de coalición y a ello se suma una oposición que alienta la certeza de que a partir de 2023 será gobierno. En ese contexto no es difícil explicar por qué tanta ansiedad. Es verdad que atendiendo la complejidad de nuestra realidad económica y social el tiempo político real hasta agosto de 2023 se presenta como muy lejano. 

Para bien o para mal, en esta Argentina que nos tocó en suerte vivir, las novedades pueden llegar a ser súbitas y no sería del todo descabellado suponer que algunos de los candidatos que hoy se proclaman como tales, en 2023 pasen a la condición de anónimos o a jugar en segundas líneas, mientras que nadie descarta que a último momento aparezca un candidato desconocido con altas chances de ser votado por una mayoría. Todo puede ser posible, incluso que el presidente no concluya su mandato, como paradójicamente parecieran propiciar algunos sectores del oficialismo.

O lo previsible en tiempos de crisis y desconcierto: la emergencia del outsiders, del líder hábil para percibir las angustias colectivas, simplificar groseramente sus causas, en nombre de una suerte de proclama antisistema, aunque al momento de tomar el poder, como la experiencia histórica lo enseña, concluye reforzando los costados más sombríos y detestables de ese sistema.

El actual gobierno nacional brinda informes optimistas, pero la realidad pareciera empecinarse en contradecirlo. Los más convencidos de que efectivamente se marcha al precipicio, o hacia una derrota política, parecieran ser los kirchneristas, empezando por la jefa de esta facción. Según ha trascendido, Cristina está persuadida que en 2023 el peronismo pierde las elecciones y por lo tanto hay que organizar el repliegue para no perder todo, incluido en el caso de la jefa, su libertad y la de sus hijos. Alberto Fernández, por el contrario, supone que las condiciones políticas son tan óptimas que hasta puede permitirse proclamar su reelección.

¿Lo cree, o es el ardid de quien, sabiendo que la derrota es el horizonte más posible, se esfuerza en postergar esa mala noticia alardeando de un poder que en su fuero íntimo sabe que no posee?

No tengo respuestas para este interrogante. Sí me atrevería a decir que las dos facciones que dividen a este gobierno poseen su cuota de razón. No están del todo equivocados los kirchneristas cuando pronostican un futuro con color de derrota. Los datos que justifican el mal humor social están a la vista. El Covid y la guerra con Ucrania han hecho su tarea, pero ellos se han preocupado con esmero en hacer el resto.

Decía entonces que Alberto Fernández cree que es posible conducir la nave a buen puerto. Al respecto, y más allá de las simpatías o antipatías que nos despierte el actual mandatario, convengamos que el sabotaje iniciado por sus "compañeros" tiene mucho de irresponsable y un tufillo difuso pero inequívoco a traición.

Atacar al ministro de Economía en los términos que lo atacan, es un torpedo en la línea de flotación del gobierno al cual ellos forjaron y del que, a pesar de todo, se siguen beneficiando a través de cargos, prebendas y canonjías. Ninguna de las responsabilidades del poder y todos los beneficios que él nos dispensa, parece ser la consigna preferida de los kirchneristas.

Se ha dicho que el peronismo en tiempos de crisis suele practicar el hábito de ser oficialismo y oposición al mismo tiempo. Es un acto de astucia, un reflejo de añejas tradiciones totalitarias, pero en términos prácticos es un soberano acto de oportunismo e irresponsabilidad. Por lo menos, hoy así lo es. El kirchnerismo ataca al ministro de Economía, Martín Guzmán, sabiendo que no dispone de ninguna salida alternativa.

Si en términos imaginarios el presidente renunciara y le entregara el poder a Cristina, ella no sabría qué hacer con el gobierno porque carece de propuestas; o las que tiene, carecen de viabilidad. Y ellos lo saben. La consigna entonces es "el sálvese quien pueda". Toda la estrategia del kirchnerismo en la actualidad se reduce a salvar la ropa, lavándose las manos acerca de las inevitables contaminaciones de la gobernabilidad.

Alberto Fernández no está haciendo nada diferente a lo que el peronismo es capaz de hacer en el actual contexto. Sus límites son, en todo caso, los límites del populismo en estos tiempos de crisis. Límites que parecen incluir las zancadillas, las deserciones y las "agachadas" del caso.

Dos insumos políticos decisivos le faltan al actual populismo para desempeñarse en su arcadia clásica: plata y votos. El kirchnerismo en particular se resiste a asumir algo que suele ser inevitable para cualquier gobierno: dar malas noticias y convocar a la sociedad al esfuerzo.

El mito del balcón, el líder de sonrisa ancha o la líder de lenguaje desenfadado ensayando pases de baile, se desvanece en el aire. A la fiesta populista con sus inevitables secuelas de endeudamiento, emisión y demagogia social, le sucede el momento de pagar la cuenta. Fernández se esfuerza y, a juzgar por los resultados, se esfuerza mal, por hallar un equilibrio entre lo que se gastó y lo que se debe pagar.

De esos menesteres el kirchnerismo no quiere saber absolutamente nada. Ellos no están para faenas desagradables. En todo esto, además, hay un componente de cinismo tan previsible como odioso. Los jefes kirchneristas atacan al presidente de manera cada vez más ofensiva, pero como no tienen la menor idea de lo que habría que hacer en su lugar, admiten en su fuero íntimo que lo más conveniente para ellos es que todo siga como está. Que del gobierno se haga cargo Alberto Fernández y, en su defecto, la oposición de Juntos por el Cambio en nombre de la responsabilidad institucional. Ellos están para otra cosa. ¿Qué cosa? Solo Cristina lo sabe.

La oposición por su parte no las tiene todas consigo. Es verdad que dispone de muchas probabilidades de ser gobierno en 2023, pero el trayecto que queda por recorrer se presenta muy áspero. En términos prácticos se sabe que para los políticos opositores la tarea más importante es llegar al gobierno. ¿Y después? Acá empiezan los problemas. En temas como estos no se puede decir "Dios proveerá", o "la providencia".

Como ciudadano le haría la siguiente pregunta a los dirigentes opositores: ¿Cómo garantizan una vez que asuman el gobierno que no van a repetir lo sucedido entre 2015 y 2019? ¿Cómo aseguran que el peronismo en la oposición renunciaría a la dulce tarea de boicotear con toneladas de piedras cada iniciativa de gobierno? Derrotar al peronismo en las urnas no es fácil, pero es posible.

Más complicado, mucho más complicado, es gobernar con el peronismo en la oposición. Sobre todo, cuando gobernar implica proponer a la población un ciclo de ajuste, tan necesario como desagradable. ¿Cómo gobernar proponiendo lo que se considera "malas noticias”?

He aquí una pregunta difícil de responder en la Argentina populista. Teóricamente las respuestas más o menos se conocen. Como se ha hecho en otros países, importa que la elite dirigente explique con sinceridad las dificultades que se presentan, acuerden un modelo que incluya esfuerzos equitativos con algunos objetivos centrales que todos deben cumplir.

Este acuerdo podría admitir diversas modalidades, pero en sus líneas centrales su objetivo es hacer funcionar el capitalismo en un estado de derecho y una sociedad de masas. Reconstruir el estado, reconstruir la economía y reconstruir la credibilidad pública es difícil pero no imposible, por más que en el tiempo presente todo parece conjugarse para alentar el pesimismo y un destino teñido con desoladores colores.

Rogelio Alaniz

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