Miércoles, 18 Mayo 2022 11:13

La filosofía “casera” de Máximo Kirchner y sus prosélitos - Por Carlos Berro Madero

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No hay duda alguna que aumenta día a día la cantidad de aspirantes a la carrera política que sorprenden a sus auditorios con sentencias ramplonas, extraídas vaya a saber de qué manual sociológico de “muchedumbre”.

Es decir, de una cultura de masas que no se exigen mucho a sí mismas, concentrándose simplemente en vivir lo que son: boyas que van a la deriva, tratando de adelantarse a un primer plano al que no deberían acceder jamás, por la escasa dimensión de sus ideas petulantes, lanzadas al aire sin ton ni son. 

A esa “muchedumbre” pertenece sin duda alguna Máximo Kirchner, quien se muestra en público tratando de desparramar su vulgaridad cada vez que habla.

A través de sus arengas, esboza unos supuestos aportes a la filosofía política con pretensiones “intelectuales”, aconsejando muy suelto de cuerpo a Alberto Fernández (sin nombrarlo), que “cuando uno quiere conducir, debe saber también obedecer” (¿).

Totalmente opuesto a lo que sostenía Sir Anthony Blair, prestigioso ex Primer Ministro de Gran Bretaña, cuando señalaba que el arte de mandar en una función de gobierno consiste en adoptar las mejores decisiones, teniendo en cuenta qué es lo mejor para aquellos sobre quienes se ejerce el mando, sin acatar sumisamente todas las exigencias de masas que claman por soluciones que suelen provenir de apetitos que crecen indefinidamente.

Es sabido también, que desde una tribuna “fuera” del poder hay quienes creen siempre en su derecho a imponer y dar vigor de ley “a sus tópicos de café” (sic), como dice Ortega y Gasset. Y a esa masa pertenece el joven párvulo Kirchner, quien acaba de aparecer recientemente en público con unas gafas de montura espesa “ad hoc”, para fortalecer quizá su imagen de pensador ilustre (a imagen y semejanza de su madre).

Eso es el kirchnerismo: una turbamulta que anda picoteando por aquí y por allá lecturas variopintas que, dada la escasa preparación personal de sus prosélitos, los lleva a utilizar un lenguaje insoportable, sobre asuntos que no dominan o intentan tergiversar. Con ellos, pretenden “adoctrinar” a una multitud que los oye devotamente, porque al igual que sus líderes se destaca por tener una primitiva preparación cultural, que los lleva a enfervorizarse por un discurso basado en promesas incumplibles, sostenidas por sentencias “caseras” infectadas por una ideología atrabiliaria que las contamina.

Ninguno de ellos se detiene a pensar de qué modo podrían lograr que lo inverosímil devenga en alguna probabilidad de resultar eficaz para resolver los problemas que sus líderes - ¡oh ironía!-, contribuyeron a agravar por veinte años, durante los gobiernos de dos grandes simuladores como Néstor y Cristina, quienes fueron construyendo con sus desaciertos un escenario social en el que hoy sobran pobres y mendicantes, sin haber conseguido sacar a nuestro país de la postración.

¿Más argumentos a favor de la confusión y ramplonería del kirchnerismo? Pues algunas declaraciones recientes de un economista del “riñón” de la vicepresidente y su párvulo Máximo, el joven Hernán Lechter, quien afirmó al analizar la inflación que “los precios son una entelequia (¿), que contiene dentro la puja distributiva. Cuando te niegan el componente oligopólico de la inflación es porque no quieren discutir márgenes de rentabilidad” (sic).

Todo un mamarracho conceptual de aquellos a quienes habría que enviar a que repasen algunas obras clásicas sobre la economía, como “La Teoría del Dinero y el Crédito” de Ludwig von Mises o “Principios de Economía Política” de Carl Menger, miembros ambos de la celebrada Escuela Económica de Viena, que explicó con claridad y simpleza muchas de las oscuridades que siguen inflamando, aún hoy, el discurso de ciertos “innovadores” que suelen desconocer el valor de las “preferencias temporales” de los individuos del común, que desean expresarlas libremente en la sociedad al tomar decisiones personales respecto del mercado.

Así de sencillo.

Pero ya dijimos hace unos días: “trabajar políticamente” para Máximo (según sus propios dichos), consiste en ocupar tiempo elucubrando ideas “renovadoras y revolucionarias” (¿) dentro de las unidades básicas kirchneristas, donde se forman jóvenes “one truck mind” que se caracterizan “por la libre expansión de sus deseos vitales, y por tanto de su persona, y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho la facilidad de su existencia. Uno y otro rasgo componen la conocida psicología del niño mimado” (siempre Ortega).

Frente a este escenario, solo se nos ocurre canturrear como en las tribunas futboleras ante los embates de un rival complicado: “se va a acabar, se va a acabar…”

A buen entendedor pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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