Domingo, 22 Mayo 2022 08:05

Tiempos difíciles - Por Rogelio Alaniz

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El país no anda bien y no necesito adjetivar más acerca de este gobierno y lo sucedido en los últimos veinticinco años para justificar lo que digo. El país no anda bien y el mundo parece que tampoco anda bien. Pandemia y guerra. Y los dos flagelos con finales abiertos.

La experiencia histórica, el conocimiento de la Argentina, los años que cargo en mis espaldas, son los que de todos modos me permiten decir que a pesar de todo hay una Argentina que funciona y hay un futuro posible. No quiero pecar de optimista a la violeta, pero tampoco quiero jugar a niño terrible con pinceladas más sombrías que las que ya hemos trazado. Desde que tengo uso de razón, y la mía es la memoria de un viejo, siempre nos hemos quejado del tiempo presente y hemos mirado con nostalgia el pasado. Nada nuevo bajo el sol. "Como a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor", escribió Jorge Manrique hace más de quinientos años. Y las tablillas de los sumerios y los juncos de los egipcios testimonian que nuestros lejanos antepasados se quejaban de la vida que les había tocado en suerte y añoraban felicidades antiguas, verdaderas o reales. 

Hay acuerdo entre politólogos, sociólogos y cientistas sociales que uno de los rasgos distintivos de la modernidad es que quienes vivimos el tiempo presente estamos absolutamente convencidos de que nos tocó vivir el peor de los tiempos posibles. Algunos tal vez crean en las promesas del futuro, otros tal vez desesperen; algunos añoran las supuestas glorias del pasado, pero en lo que parece haber unanimidad es la certeza, convicción o presunción que el presente es la peor desgracia que nos ha tocado.

Es una sensación, es un estado de ánimo, reforzado muchas veces por datos consistentes e impiadosos de lo real, datos que justifican los diagnósticos más tenebrosos pero que en la mayoría de los casos o son demasiado parciales o se resisten a ampliar la perspectiva. No se trata de negar o desconocer las desgracias que nos agobian diariamente, sino de ubicarlas en contextos más amplios y evaluar con más equilibrio. Nadie más manipulable políticamente que un ciudadano dominado por la ira, la furia o el rencor.

No estoy hablando de cuestiones psicológicas, ni pretendo iniciar algo parecido a un libro de autoayuda. Me esfuerzo por otorgarle a mis palabras cierta dimensión política y en el caso que nos ocupa destacar los riesgos que corre una sociedad cuando sus ciudadanos desesperan o se entregan a las conclusiones más catastróficas. Insisto una vez más, mejor dicho, les recuerdo a los lectores una vez más que nunca he ocultado mis posiciones políticas, mis preferencias y, sobre todo, nunca he sido avaro en críticas a gobiernos y gobernantes. Pero me preocupa cierto nihilismo que flota en el aire.

Alguna vez, Raymond Aron escribió que la civilización, los logros de la civilización, son bienes demasiado valiosos y a su vez demasiado frágiles como para arriesgarlos diariamente en aventuras sin destino. En la Argentina tienen que cambiar muchas cosas. El país necesita, debe cambiar. Pero no se puede confundir cambio con estallido. Se trata de cambiar el mundo, no de reventarlo. Porque los momentos son difíciles debemos ser cuidadosos. Es la experiencia histórica la que nos enseña que los momentos de crisis suelen ser los elegidos por aventureros, charlatanes o desequilibrados de todo pelaje para lograr sus objetivos.

La república alemana del Weimar sigue siendo un paradigma. Todavía hoy los estudiosos se siguen preguntando cómo pudo ser posible que el pueblo más culto de Europa haya elegido voluntariamente a un monstruo como Hitler. Lo haya elegido y lo haya vitoreado. Los alemanes mismos se lo preguntan. "Los austríacos tienen la culpa", me decía una amiga un poco en broma un poco en serio, "nos hicieron creer que Mozart era austríaco y Hitler, alemán". Los alemanes, una mayoría significativa de alemanes, ruidosa y silenciosa, votaron a Hitler sabiendo a quién votaban o sin importarles demasiado las consecuencias de su voto. Hitler decía lo que ellos querían escuchar y eso, a su resentimiento, a su dolor, a sus humillaciones, les alcanzaba y les sobraba.

¿Pero no es que votamos a los políticos que nos dicen lo que queremos escuchar? Más o menos. Se supone que cuando votamos lo hacemos en nuestra condición de ciudadanos. Esto quiere decir, evaluando, razonando, ejerciendo una responsabilidad. Aprender a distinguir la condición de ciudadano del de barra brava. Se vota ejerciendo la inteligencia, la lucidez, no liberando las pasiones instintivas más primarias. Según uno de los biógrafos de Hitler, unos días antes de su rendición, cuando Berlín prácticamente estaba en ruinas y los alemanes morían como moscas, mientras sus mujeres eran violadas por las tropas rusas, un asesor del Führer le sugirió -con los escrúpulos del caso (no era fácil hablar con Hitler)- que si no sería más oportuno rendirse para evitarle más sufrimientos al pueblo alemán. Y la respuesta de Hitler fue aleccionadora, terrible, brutal, inhumana, pero aleccionadora: "Cuando los alemanes me votaron, sabían muy bien que éste podía ser uno de los destinos posibles. Ahora que se hagan cargo".

No nos vayamos tan lejos. Tengamos presente, nada más, que, así como es peligroso desconocer los rigores de la realidad, también es peligroso exagerar sus tonos y sumergirse en la desesperación o en la irresponsabilidad. Los problemas políticos de la Argentina se resuelven con política, no con pases mágicos o con promesas mesiánicas. El que prometa soluciones rápidas está mintiendo o algo peor.

La Argentina podrá salir de la crisis si hay una clase dirigente seria y una sociedad decidida a acompañarla. Las dos cosas hacen falta. Y desde ya aviso que las salidas serán lentas, graduales y no todos las reconocerán como favorables o advertirán que efectivamente hay cambios, porque, bueno es saberlo, los cambios en las sociedades modernas son progresivos, graduales, a veces invisibles y a veces solo se los reconoce a la distancia, mirando hacia el pasado y apreciando el camino recorrido, la sinuosidad del camino recorrido.

Me parece innecesario aclarar que soy partidario de las soluciones centristas y rechazo toda variable extremista, entre otras cosas porque los extremismos no presagian soluciones sino más desgracias. Ahora bien, el "centro", no es un lugar físico, una estación, un apeadero, el "centro" es un espacio político a construir, a construirlo en el marco del estado de derecho y a través del ejercicio sabio y mesurado de la política. ¿Hay otras soluciones? Siempre las hay: la dictadura y la guerra civil. En Cuba, a la dictadura hace más de sesenta años que la vienen practicando; en España, la guerra civil estabilizó el poder durante casi cuarenta años alrededor de Franco, y sobre una montaña de cadáveres y una multitud de exiliados. Ninguna de esas soluciones quisiera para mi Argentina.

Algunos tal vez crean en las promesas del futuro, otros tal vez desesperen; algunos añoran las supuestas glorias del pasado, pero en lo que parece haber unanimidad es la certeza, convicción, o presunción, que el presente es la peor desgracia que nos ha tocado. Es una sensación, es un estado de ánimo, reforzado muchas veces por datos consistentes e impiadosos de lo real, datos que justifican los diagnósticos más tenebrosos pero que en la mayoría de los casos o son demasiado parciales o se resisten a ampliar la perspectiva. No se trata de negar o desconocer las desgracias que nos agobian diariamente, sino de ubicarlas en contextos más amplios y evaluar con más equilibrio.

Nadie más manipulable políticamente que un ciudadano dominado por la ira, la furia o el rencor.

Rogelio Alaniz

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