Viernes, 27 Mayo 2022 12:34

La calma chicha de la Semana de Mayo - Por Jorge Raventos

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Antes y durante el 25 de mayo, Alberto Fernández recibió buenas noticias. Algunas de ellas cargadas de exigencias. El viernes 20 fue agasajado por el gremio de la construcción, en un acto que reunió unas 20.000 personas.

La mayoría de los asistentes fueron  trabajadores de la construcción, a los que se sumó una nutrida representación de la mesa cegetista (Héctor Daer, Pablo Moyano, Carlos Acuña, entre otros); también dirigentes de movimientos sociales (Emilio Pérsico, Fernando Navarro) pero  solo una porción del gabinete nacional (pese a una exhortación pública del jefe de los ministros, Juan Manzur, los funcionarios que militan en el kirchnerismo se abstuvieron y dos ministras faltaron por exigencias de la función). 

Apenas un gobernador -el sanjuanino Sergio Uñac- se dejó ver por el camping de la UOCRA, pese a que hasta ahora se contabilizaba a los gobernadores como columnas de sostén del andamiaje presidencial.

Tampoco hubo intendentes del conurbano. El de Esteban Echeverría, Fernando Grey, jefe político del territorio donde ocurrió el acto y adversario declarado del kirchnerismo no estaba en Argentina ese día, sino en el Vaticano donde se vio con el Papa Francisco. El que sí concurrió, aunque sólo se esperaba su presencia virtual, fue Sergio Massa, jefe del Frente Renovador y presidente de la Cámara de Diputados.

¿Será suficiente ese respaldo para “empoderar” a la presidencia y cubrir el principal vacío que sufre la situación argentina?

Gerardo Martínez, dirigiéndose casi íntimamente a Fernández, mirándolo a los ojos a él, no al público asistente, recordó el compromiso del movimiento obrero y del conjunto de la sociedad con la Constitución y remarcó que la ley fundamental diseñó un sistema de poder presidencialista, en el que el jefe del Ejecutivo es el centro del dispositivo y el que toma las decisiones, el responsable de que el país funcione. “El sistema argentino es presidencialista; acá están los trabajadores en respaldo de su gestión (...) los problemas estructurales de la Argentina se resuelven con gestión y no con debate ideológico”.  Se trataba de un señalamiento claro, un apoyo y también un reclamo.

A la hora de hablar, Fernández reincidió en sus diagonales contemporizadoras, omitió la mención de los conflictos internos, ignoró las alusiones a su capitis diminutio y culpó a otros de las peleas intestinas: "Nos hacen discutir entre nosotros. Están todos pendientes de lo que decimos unos de otros. Pero lo que estamos discutiendo es que queremos preservar los derechos que desde 1945 ganaron los que trabajan. Hay algunos que quieren quitar esos derechos; ésa es la verdadera discusión; que nadie nos confunda”.

La lapicera y el micrófono

La lapicera que el jefe sindical le regaló al Presidente en ese acto fue toda una señal: si Fernández se envanecía meses atrás de que era él quien tomaba las decisiones y “manejaba la lapicera, el obsequio de Martínez fue una invitación transparente a que la use.

Pero los arrestos peronistas de “empoderar” a Alberto Fernández tropiezan con los pasos en falso del propio Presidente. La semana última hizo confusas declaraciones que parecían auspiciar un incremento de las retenciones al campo justo en el momento en que disponía que el entonces secretario de Comercio, Roberto Feletti, notorio partidario de esa medida pasara a depender de Martín Guzmán, con quien tuvo varios cortocircuitos. Fernández diluyó así el efecto positivo que insinuaba ese cambio avalando (o algo así) una medida que el campo está dispuesto a resistir en las rutas y en las calles.  Para enmendarlo y mitigar los daños, tuvieron que salir a desmentir al “empoderado” mandatario varios miembros de su gabinete: el ministro de Economía, el Jefe de Gabinete y, principalmente, el ministro de Agricultura, Julián Domínguez. “No habrá ningún aumento de esa naturaleza -explicaron-No estamos en condiciones de abrir un frente de conflicto con un sector de la importancia del campo”.

 Alberto Fernández debería probar con la lapicera que le regaló Gerardo Martínez. Quizás le vaya mejor que con los micrófonos.

Por fortuna, Feletti (de motu propio o impulsado por el cristinismo) decidió renunciar; ahora Guzmán se ha hecho de un secretario de Comercio no hostil y los elogios presidenciales a las retenciones quedan como inocuos disparos de cebita o inspiración de memes, aunque sus marchas y contramarchas suscitan desconcierto y decepción.

El Tedeum aliviador

Fernández atravesó también el tradicional Tedeum del 25 de mayo (el primero al que asiste) con un suspiro de alivio: la homilía del arzobispo porteño Mario Poli no contuvo asperezas, pese a que la Iglesia no olvida que el Presidente impulsó la normative que legalizó el aborto. Poli hizo un llamado a la solidaridad frente a la falta de pan, de techo y de trabajo de grandes sectores y se refirió cautelosamente a la grieta y a los riesgos institucionales: “La democracia, que nos sostiene como cuerpo social organizado en instituciones, da lugar a la fraternidad, pero además requiere de la ética, la bondad y la solidaridad, la honestidad, el diálogo siempre beneficioso para el acuerdo y el compromiso por el bien común de todos. Sin estos valores que dan fundamento a la vida social, surge el enfrentamiento de unos con otros para preservar sus propios intereses”, El Presidente le confesó al arzobispo que compartía plenamente su mensaje. “Lo suscribo totalmente”, le dijo.

La calma chicha de la Semana de Mayo no deja, con todo, de ser un espejismo.

El tironeo interno del Frente de Todos está lejos de haberse superado. Los mediadores que intentan una aproximación entre Fernández y su vicepresidenta encuentran frío y subterfugios en las dos puntas. La señora insiste en que antes de dialogar, el Presidente debe producir actos de aproximación (cambios en el gabinete, alejamiento de Martín Guzmán). Más que gestos de acercamiento, ella parece exigir ceremonias de obediencia.

La mayoría de los gobernadores opina que ese divorcio es un boleto seguro a una derrota electoral el año próximo y debaten cómo operar para evitarla y, en cualquier caso, cómo preservar sus territorios de la ostensible erosión del gobierno.

La vereda de enfrente

Los conflictos, si bien se mira, no se producen solo en el oficialismo, sino también en la fuerza que se presenta como alternativa. La tensión interna del Pro (entre la moderación y búsqueda de acuerdos que quiere encarnar Horacio Rodríguez Larreta y el principismo neoliberal que enarbolan Mauricio Macri y Patricia Bullrich, que coquetean y compiten simultáneamente con el libertario Javier Milei), constituyen un capítulo de esos cruces; otro, no menos importante, es la discusión con el radicalismo, que hoy comienza su convención partidaria y que espera adquirir en la próxima etapa una personalidad mucho más autónoma que la que mantuvo  en una coalición en la que prevaleció el Pro, particularmente durante la etapa de gobierno.

La figura de Macri y la capacidad del sistema político de evitar una grave crisis de gobernabilidad antes de los comicios son dos dos factores que determinarán en los próximos meses la continuidad del radicalismo en Juntos por el Cambio. Si Macri llegara a ser el precandidato Pro en una primaria, es muy improbable que el radicalismo quiera seguir en esa coalición.  

Un destacado intelectual opositor -Vicente Palermo, del Club Político Argentino- exponía su preocupación la última semana en Clarín: “Lo de Macri parece sencillo: promesa retórica, de un segundo tiempo implacable, en el que el PRO gobernaría otra vez en solitario. Para esto, quiere cerrar filas y luego aplastar a sus adversarios internos en las PASO. Macri parece querer la cuadratura del círculo: someter al radicalismo, haciendo que contribuya con sus votos, y después gobernar solo con un programa inasimilable por el radicalismo. Debería hacerse cargo de que ya no es el líder conspicuo de su primer tiempo, que no tiene activos políticos para eso y que no puede gobernar la coalición a su arbitrio”.

Dos semanas atràs, era un editorial de La Nación -que acentúa francamente su posicionamiento opositor- el que  expresaba la intranquilidad de sectores que temen que las riñas internas y las indefiniciones de la coalición opositora malogren una oportunidad de derrotar al oficialismo y generen así “las posibilidades, de otra forma inverosímiles, de que el Frente de Todos vuelva a triunfar a pesar de tantos estrepitosos fracasos, y peor aún, de los mayores daños que todavía podría provocar de seguir en el poder”.

Cada coalición, cada grupo, cada partido parece definir el futuro y convocar apoyos exclusivamente en función de cancelar a aquellos que ubica como adversaries (internos y externos). 

Como dijo el arzobispo Poli: sin “la ética, la bondad y la solidaridad, la honestidad, el diálogo siempre beneficioso para el acuerdo y el compromiso por el bien común de todos, valores que dan fundamento a la vida social, surge el enfrentamiento de unos con otros para preservar sus propios intereses”. La “casta política”, diría Milei (tocando el timbre para ingresar).

Jorge Raventos

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