Miércoles, 22 Junio 2022 12:40

La gran enemiga de los siglos XX y XXI - Por Carlos Berro Madero

Escrito por

“La gente solo llega a ser feliz, cuando comprende que la felicidad NO es el único objetivo de la vida”
- George Orwell

Al comenzar las siguientes reflexiones, queremos resaltar que el género “femenino” del título no tiene nada que ver con algo “inclusivo” y solo es consecuencia de la gramática del lenguaje. 

Quizás desilusione un poco a los desaforados que nos rompen los tímpanos diariamente con cuestiones de “género”, a quienes les asestamos -sin malicia alguna-, un golpe adicional: no pondremos “e” ó “x” en lugares que no les corresponde. Será nuestra modesta contribución a la lucha contra algunos ideólogos trasnochados, que lanzan volutas de humo con el fin de someter a la sociedad a sus arbitrios.

En ese aspecto, queremos señalar que la ideología, gran enemiga en los siglos XX y XXI respecto del pensamiento crítico equilibrado, es un componente capital con el que se intenta “operar” sobre la realidad, actuando sobre grandes masas de supuestos desfavorecidos, a fin de convertirlos en seres activos a favor de intereses políticos determinados.

En efecto, el arma de combate más eficaz para establecer un escenario de lucha de clases e imponer una revolución consiste en adoctrinar a multitudes a las que se alienta con pretensiones moralistas, para arrasar, a como dé lugar, a todos aquellos que se oponen a los postulados que reivindican una lucha permanente entre clases sociales.

La ideología ha terminado por constituirse así en un manual de intolerancia -y también de contradicciones cuando se la analiza desde el punto de vista del sentido común-, radicalizando su aplicación a fin de reunir la mayor cantidad de adeptos rápidamente, sin exigirles cualidad alguna para su “pertenencia”.

Toda persona que tenga dos buenas piernas y cierta destreza para arrojar piedras o palos para intimidar al “enemigo”, o sea capaz de difundir con voz sonora cualquier falsedad, se convierte en la tropa preferida para formar cuadros políticos revolucionarios, como parte del programa de construcción de un nuevo mundo que se vende como un paradigma de la felicidad y la igualdad social.

Con astucia y malas artes, se “impermeabiliza” a dichas masas respecto de la verdad “verdadera”, como manera de proteger un sistema interpretativo que de ser analizado minuciosamente no resistiría prueba ácida alguna. Los ideólogos no dudan además en tergiversar cualquier acontecimiento histórico, refiriendo pormenores de hechos jamás ocurridos.

Apuntan también a ciertos aspectos psicológicos inherentes a la raza humana: la vanidad y la rivalidad, destruyendo la educación y el desarrollo de toda cultura crítica conceptual, al abortar cualquier debate al respecto por parte de los eventuales adoctrinados, a quienes se reúne en cenáculos “exclusivos” donde oradores circunspectos derraman el contenido de la nueva doctrina, consistente en un conjunto de paparruchas que pretenden inflamar el espíritu de sus oyentes.

El marxismo comunista ha sido en ese aspecto un sistema que se prestó a las mil maravillas para el desarrollo de estas estrategias políticas, provocando el agotamiento de sus contradictores al protagonizar discusiones interminables sobre la lógica de sus postulados con sistemática mala fe, abundando en frases crípticas sobre la felicidad del individuo y el favorecimiento irrestricto de unos derechos humanos “sui generis”, en un escenario donde los “militantes” deben aceptar su subordinación absoluta a los intereses del Estado, dirigido por un partido único que promete -¡maravilloso contrasentido!-, la plena y libre expresión de la personalidad.

Un escenario de supuesta bienaventuranza, que se da de puños contra una realidad que indica desde que el mundo es tal, que el mérito, el esfuerzo y la aplicación, son ingredientes fundamentales para el progreso y el bienestar social.

Queremos recordar en esta instancia, algunos apuntes de Jean Revel, sobre la influencia nefasta de la obra escrita por el Padre Teilhard de Chardin entre 1955 y 1965, quien aportó la idea de conciliar al marxismo con el cristianismo como un medio eficaz para lograr una suerte de espiritualismo “cósmico” (sic).

El éxito obtenido por el teilhardismo consistió en tratar de mezclar confusamente a la Iglesia Católica con la modernidad, utilizando un complicado lenguaje sobre la evolución de las especies y la paleontología humana, totalmente tirado de los pelos. Algo semejante a lo que intenta hoy el Papa Francisco.

Muchos fingieron haberlo leído, dice Revel, horrorizándose frente a las críticas habidas respecto de la seriedad científica malversada por Chardin, confundiendo las diferencias existentes entre dos cuestiones: el pensamiento eventualmente demostrable (Teilhard no aportó nada al respecto) y una suerte de homilía basada en poner “en cuarentena” los valores que hasta ese momento habían regido al mundo desde la antigüedad.

Este credo, recibió el aporte de las mezclas ideológicas motorizadas por Louis Althusser algunos años más tarde, quien pregonó por el establecimiento de una lucha entre clases capitalistas y proletarias como algo políticamente superador.

Teilhard había sido olvidado por entonces, pero Althusser prolongó en el tiempo algunas de las cuestiones ideológicas “implantadas” por aquél, que terminaron por imponerse en muchos países latinoamericanos (Cuba entre ellos), porque, claro está, tenían –y tienen aún hoy-, un “sex appeal” imbatible: obtener lo necesario para vivir mejor en un mundo feliz, sin hacer mayores esfuerzos para que ello ocurra.

El kirchnerismo es una copia burda y muy rudimentaria de estas ideas, sin que en ningún momento haya conseguido construir un lenguaje crítico de valor, sumergiéndonos en un verdadero barro conceptual.

Solo queda esperar que quienes abrazan desvaríos que nos han llevado a un estremecedor escenario de “nada para repartir”, sufran el derrumbe que provocará en algún momento la reacción de la gente del común frente al fracaso de estas patrañas, castigando a quienes procuran sostener un sistema que los perpetúe en el poder “sine die”, impulsados por sus “hormonas arrebatadas a las disciplinas más atrevidas: estructuralismo, psicoanálisis lacaniano, lingüística y filosofía del discurso” (Revel).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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