Viernes, 01 Julio 2022 10:28

El cambio, como producto de una crisis que eclosiona - Por Jorge Raventos

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La penuria de gasoil que enerva a los camioneros en todo el territorio del país y complica el abastecimiento, el intercambio y la producción opera estos días como un indicador privilegiado de la crisis que avanza en la Argentina. Invocando esa carencia de combustible, la Mesa de Enlace agropecuaria convoca a un paro del sector para mediados de julio y trata así de recuperar el terreno que perdió ante los productores autoconvocados por su pasividad en la Marcha del Campo de fines de abril.

Camioneros y ruralistas no son, ciertamente, los únicos dispuestos a exhibir su hastío frente a una sensación generalizada de estancamiento y desesperanza que el gobierno intenta modificar remitiéndose a algunas cifras económicas positivas que, incluso siendo una realidad, no alcanzan a compensar los datos centrales del desorden: una inflación que no decae, una significativa anemia de reservas en el Banco Central y, sobre todo, un deterioro del sistema de poder y del sistema político cuya expresión más patética es la disipación de la autoridad presidencial. 

El agotamiento de la fase moderada

Sin duda las tensiones internas del oficialismo han contribuido significativamente a este crepúsculo. El Frente de Todos es una casa dividida que sólo mantiene su apariencia de unidad merced al quimérico incentivo de una victoria electoral en octubre de 2023. Pero ya hasta ese estímulo va perdiendo su magnetismo ante la constatación de que la imagen del Presidente ha evolucionado vertiginosamente hacia los números negativos por lo que la hipótesis de una elección organizada tras su figura y con la actual gestión como modelo sólo puede prometer una derrota.

Los cronistas acreditados transmiten una atmósfera de depresión en la Casa Rosada: funcionarios del riñón presidencial que dan por cerrada la ilusión reeleccionista de Alberto Fernández y confiesan que lo máximo a lo que éste puede aspirar es a llegar sin graves inconvenientes a la fecha de transmisión del mando y el propio Presidente que deja filtrar la información de que está trabajando en un futuro libro de memorias. Muchos de los aliados con los que Fernández contaba para edificar un poder propio toman distancia y se preparan para otras combinaciones, más prometedoras. Los gobernadores que, según Fernández, serían socios principales de su gobierno, no dan la impresión de haber recibido ese trato y ya se conjuran en una liga para hacer sentir su influencia en una reestructuración de gobierno que reclaman y dan por descontada. Hasta la CGT y los movimientos sociales amigos de Fernández se muestran desilusionados. Ellos no son, ciertamente, cristinistas pero admiten que la vicepresidenta ejerce efectivamente el mando en un sector del oficialismo y lamentan que el Presidente haya dilapidado las posibilidades de hacer lo propio con la ventaja que su posición institucional le otorga.

El camporismo -ala jacobina de la corriente que lidera la señora de Kirchner- trabaja sobre los decepcionados. Andrés El Cuervo Larroque, miembro del estado mayor camporista y ministro de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, lo planteó así esta misma semana: "Yo creo que la fase moderada está agotada. Tenemos que recalibrar, no podemos seguir atrapados en ese laberinto (...) Creo que tenemos que salir de la autoflagelación, de martillarnos los dedos todos los días. Hay que ofrecerle a la militancia y a la sociedad una esperanza y la única dirigente que genera eso es Cristina".

Antes y después de un estallido

Pero, aunque la vice efectivamente manda en su sector, ya en 2019 comprendió que no podía aspirar a la Casa Rosada (por eso optó por Fernández). Si el desgaste obligara al Presidente a dedicarse exclusivamente a sus memorias, no parece demasiado viable (políticamente hablando) que la vice se haga cargo de la administración.

El colapso del sistema de gobierno empezó a manifestarse en las primarias del año último, cuando el oficialismo salió segundo, perdió 4 millones de votos en relación al comicio de 2019 y sólo obtuvo la victoria en 6 de los 24 distritos. Ya entonces (septiembre de 2021) registró esta columna que "se empezó a fantasear la eventualidad de una crisis terminal que empuje fuera del escenario a Alberto Fernández". Y se señalaba que "la sospecha viene acompañada de comparaciones con situaciones políticas complicadas atravesadas en las cuatro décadas de la actual etapa democrática: así surge la analogía con la crisis del año 2001. Es cierto que nuevamente la gobernabilidad está comprometida: la figura presidencial ya venía perdiendo autoridad antes de las PASO y esa elección operó como un plebiscito que lo golpeó ferozmente (no solo a él, sino a todo el sistema de poder que lo llevó a la Casa Rosada)".

Como se ha reiterado en este espacio "de lo que se trata es de reformular un sistema de poder que ha llegado a un límite peligroso y que ha dejado de garantizar la gobernabilidad del país. Un sistema de poder en el que el propio cristinismo ha dejado de creer. Hacerlo requiere un contenido, un rumbo y una base ampliada de poder. La Argentina está hundiéndose paulatinamente, esclava de sucesivas miradas de corto plazo."

En cambio, de una "base ampliado", lo que se dio fue un estrechamiento paulatino; aquel golpe feroz de las PASO se extendió y en estos meses se incrementó con "fuego amigo", mientras los problemas se acumulaban.

Más allá de la brecha cambiaria

Esta semana volvió a crecer la brecha cambiaria. Economía y el Banco Central establecieron normas para restringir el acceso al dólar (con el objetivo de reservarlo prioritariamente para destinos productivos, energéticos y de salud). "Siempre que se toma una medida de este tipo hay una reacción de mercado -diagnosticó el ministro Martín Guzmán-. Esa reacción fue esperada. En tres días se acumularon más de 900 millones de dólares en reservas".

En los meses venideros crecerán seguramente los problemas: el segundo semestre es un período de baja del ingreso de dólares por exportaciones y hacia fines del semestre hay un encadenamiento billonario de vencimientos de deuda en pesos. Los mercados dudan de la capacidad del Estado para cumplir con esa deuda. Esas dudas ponen en marcha procesos, como se observó en diciembre del año pasado. En ese momento señalábamos aquí algo que vuelve a ser pertinente: "Los registros y rumores sobre retiros de depósitos, que siempre empiezan siendo exagerados, pueden convertirse en deslizamientos que anticipan avalanchas si el sistema político y los grandes jugadores no construyen rápidamente una plataforma común de gobernabilidad".

Detrás de los diferentes aspectos de la crisis argentina (inflación, inseguridad, indefensión, problemas de crecimiento, decaimiento educativo) hay una cuestión política básica: la ausencia de consensos de Estado que le ofrezcan a las autoridades electas los acuerdos y las bases de sustentación necesarias para las grandes reformas que la Argentina requiere para impulsar su formidable potencial y dar continuidad a las líneas fundamentales más allá de los cambios de gobierno.

Es probable que, como en otras oportunidades, la reorganización del sistema político y esos acuerdos básicos no se produzcan para anticiparse y evitar el estallido de la crisis, sino como consecuencia de este. El gobierno de Alberto Fernández es un damnificado por esa lógica.

Jorge Raventos

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