Viernes, 08 Julio 2022 11:01

Truco de gallo sobre la cubierta del Titanic - Por Jorge Raventos

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La renuncia de Martín Guzmán al Ministerio de Economía, disparada el sábado 2 de julio por la tarde a la hora exacta en que Cristina Kirchner desgranaba en Ensenada un nuevo discurso destinado a perfeccionar la corrosión del gobierno de Alberto Fernández, fue una nueva señal apremiante del colapso que sobrelleva no solo la gestión del Presidente, sino el conjunto del sistema de poder que rige desde 2019. El título de esta columna una semana atrás fue: "El cambio como producto de una crisis que eclosiona".

Guzmán fue vapuleado por discursos y cartas de la vicepresidenta así como por la ofensiva contra su continuidad en la que ella embarcó a sus seguidores, pero el alejamiento del ministro no fue producto de la oratoria de ella (cuya repercusión se frustró ese sábado precisamente por la difusión de renuncia), sino más bien el resultado de las asignaturas pendientes del gobierno y de la endeblez del respaldo presidencial al cumplimiento efectivo de lo que se acordó con el FMI, algo en lo que Guzmán apostaba su prestigio y su autoridad. 

La dimisión de su ministro desnudó, en primer lugar, el desamparo y la impotencia del Presidente. Fernández sostenía a Guzmán y se negaba a sacarlo del puesto como se le reclamaba desde la tribu K, pero paralelamente no se animaba a reforzarlo despejándole el terreno de obstáculos (por caso, despidiendo a los funcionarios K que resistieron permanentemente la aplicación de reformas tarifarias encadenadas con los acuerdos con el Fondo). Guzmán vivió en carne propia la astenia de Fernández y se fue, obligando al Presidente a actuar y tomar decisiones. Ya no alcanzaría con mantener a un ministro: había que -como mínimo- elegir uno nuevo y, quizás, reformular su gabinete y su gobierno. Había que actuar.

Pero Fernández, un peronista tardío ("Soy más hijo de la cultura hippie que de las veinte verdades peronistas", confesó dos años atrás), probablemente no llegó aún a aquella frase del General que establecía: "Mejor que decir es hacer". En rigor, la materia "Hacer" del gobierno no cosecha las mejores calificaciones. La crisis del combustible, por caso, lo tomó desprevenido. Lo mismo ocurrió con la dimisión del ministro de Economía, algo que la mayoría de los analistas (y una legión de funcionarios de Fernández) juzgaban inevitable, aunque no imaginaran su irrupción sorpresiva. Fernández no tenía in pectore una designación alternativa.

La mesa de tres patas

Guzmán se despidió antes de que se conozcan las cifras de la inflación de junio (lo que ocurrirá la semana próxima). Él había asegurado en mayo que las de abril serían las más altas del año. La inflación de mayo fue, en efecto, menor que la de abril, pero la disminución fue ínfima y la de junio, según varios analistas, no estará debajo del 5 por ciento y la de julio, influida por los hechos en curso, podría llegar a 7 u 8.

La batalla contra la inflación lucía perdida; al iniciarse el segundo semestre las previsiones de Guzmán para 2022 parecían inviables, mientras se ensanchaba la brecha cambiaria, el Banco Central se veía forzado a levantar las tasas y crecían las dudas sobre la capacidad del Estado para cumplir sin apelar a la maquinita con la monumental obligación en pesos que vence a fines de este mes.

Guzmán tenía razones particulares para dejar el cargo y al hacerlo iluminó más descarnadamente la debilidad de Alberto Fernández, que no mostró reacción vital alguna por casi 48 horas ni pudo, en una atmósfera cargada de expectativas lúgubres, articular un mensaje tranquilizador.

Pero, si se quiere, la anemia de la autoridad presidencial seguramente se daba ya por descontada. Lo que revelaron las largas horas del sábado y el domingo hasta que se conoció el nombre de la sucesora de Guzmán -Silvina Batakis- fue la enorme dificultad del triple vértice del oficialismo (la señora de Kirchner, el Presidente que ella nominó y el jefe del Frente Renovador, Sergio Massa) para tomar decisiones viables y sostenibles.

Fernández no encontró eco positivo en los economistas a los que intentó convocar por las suyas -Emmanuel Álvarez Agis, ex viceministro de Axel Kicillof, Marco Lavagna, Martín Redrado- y tardó en comunicarse con Sergio Massa, que había coincidido con el kirchnerismo en criticar a Guzmán (aunque no en el contenido central de las críticas, ya que Massa, a diferencia de los K, respaldó el acuerdo con el FMI) y venía trabajando desde hace meses en la idea de un "replanteo del gobierno" (una reestructuración general, que incluyera un equipo económico profesional y coordinado) aparecía, en primera instancia como una figura con perfil para intentar remontar la crisis producida por la dimisión de Guzmán.

Las conversaciones entre Fernández y Massa se extendieron y hacían pensar en una negociación ardua. A esa altura el Presidente solo controlaba el suelo que pisaba, estaba apenas rodeado por media docena de fieles miembros albertistas de su gobierno, y se negaba a hablar con Cristina Kirchner (golpeado por los ataques explícitos y los sarcasmos tácitos que ella le dedica en sus discursos, especialmente en el del sábado 2). Massa parecía mejor conectado con la tercera pata del Frente de Todos por su buen diálogo con el sector K y en especial con Máximo, por lo que se suponía que podía acordar una reestructuración que la señora no vetara y en la que incluso convergiera con algunos nombres. El sueño era reconstruir el gabinete y soldar la unidad.

El tercero excluido

Pero lo que Massa requería para tomar "la papa caliente" que Guzmán había soltado y Fernández no conseguía entregar a nadie resultaba abrumador para el Presidente. Massa, encarnando una voluntad de poder a la que ha sido fiel a trancas y barrancas, se perfilaba como un jefe de gobierno que, en los hechos, convertiría la figura presidencial en una mera decoración (aunque seguramente tratada con la máxima cortesía). Probablemente para evitar la perspectiva de esa supeditación a su socio, Fernández aceptó finalmente dialogar con Cristina Kirchner. La ambición del jefe del Frente Renovador lo intimidó y seguramente inquietaba también a la señora. Martín Redrado, uno de los alfiles con que Massa contaba, había reclamado "un acuerdo político con la oposición" para sancionar varias leyes fundamentales que dieran confianza a los mercados por su apoyo en todo el sistema político. En rigor, dada la crisis que afecta al país y la impotencia que exhibe el sistema de poder que triunfó en 2019, la salida sólo podía venir trascendiendo los límites del actual oficialismo. La señora de Kirchner puede conversar con Melconian y quizás podría también negociar con dirigentes opositores, pero no permitirá que ese trapicheo lo hagan otros: quiere ser abogada de sus propios intereses si eso ocurre.

Detrás de los diferentes aspectos de la crisis argentina (inflación, inseguridad, indefensión, problemas de crecimiento, decaimiento educativo) hay una cuestión política básica: la ausencia de consensos de Estado que le ofrezcan a las autoridades electas los acuerdos y las bases de sustentación necesarias para las grandes reformas que la Argentina requiere si busca impulsar su formidable potencial, acuerdos capaces de dar continuidad a las líneas fundamentales más allá de los cambios de gobierno.

La crisis abierta con la renuncia de Guzmán abría la oportunidad de esa búsqueda. Es probable que la señora de Kirchner haya atisbado ese riesgo, que (desde la perspectiva de Juntos por el Cambio) describió el lunes Carlos Pagni en su programa de TV: "La oposición zafó. Porque si hubiera sido Sergio Massa, hubiera buscado un acuerdo con Gerardo Morales y Horacio Rodríguez Larreta. Y ese pacto hubiese hecho crujir de nuevo la relación de Macri con el resto de Juntos por el Cambio, de la misma manera que le habría pasado a Patricia Bullrich".

Así, como un truco de gallo, Fernández y CFK acordaron congelar la idea de una reconstrucción del gabinete, y abocarse por ahora a llenar la vacante de Economía. El nombre sería el de Silvina Batakis, una economista de la escuela bonaerense, que ocupó la cartera económica con Daniel Scioli en reemplazo de su buen amigo Alejandro Arlía. No la eligió la señora de Kirchner, pero la bendijo al no objetarla. Batakis gestionó las cuentas bonaerenses en condiciones de gran escasez: eran tiempos en que CFK castigaba al gobierno de Scioli.

Batakis no tiene la culpa

Parece evidente que el nombramiento no clausura la crisis, sólo abre un nuevo capítulo de la ingobernabilidad. La flamante ministra procuró calmar a los mercados con declaraciones ligeramente ortodoxas ("Creo en el equilibrio fiscal", "Cumpliremos y analizaremos el acuerdo con el FMI" ), una reacción obvia para evitar males mayores. Pero lo que los mercados y la sociedad juzgarán es qué acciones se toman en asuntos centrales como la inflación, las tarifas de los servicios públicos, las vías para achicar la brecha cambiaria y el déficit fiscal y para incrementar la actividad económica y el empleo.

La nueva ministra inicia su sacrificada tarea en una atmósfera generalizada de estancamiento y desesperanza. El nombramiento de Batakis no es obviamente un conjuro mágico: por más simpatía, frescura y sensatez que ella exhiba, por más declaraciones constructivas que elabore, será juzgada por sus resultados y entra al juego con el handicap en contra de un gobierno fracturado y un Presidente fatalmente devaluado.

Sin duda las tensiones internas del oficialismo han contribuido significativamente a este crepúsculo. El Frente de Todos es una casa dividida que sólo mantiene su apariencia de unidad merced al utópico incentivo de una victoria electoral en octubre de 2023. Pero ya hasta ese estímulo va perdiendo su magnetismo. En otros tiempos, Perón bromeaba sobre las disputas internas de su movimiento: "Los peronistas somos como los gatos. Cuando nos oyen gritar creen que nos estamos peleando, pero en realidad nos estamos reproduciendo". Hoy sólo se oyen los maullidos airados o quejumbrosos, pero la población gatuna está disminuyendo o hibernando.

Los últimos acontecimientos han transparentado con elocuencia el colapso del sistema de gobierno. De sus tres vértices, el más sólido -comandado por la señora de Kirchner- puede vetar las iniciativas de los otros dos (los que responden al Presidente y a Sergio Massa) y, cuando consigue imponerles su propia impronta, lleva al conjunto a incesantes choques con la realidad y lo encamina a un encogimiento constante que no solo convierte en quimérico el objetivo de un triunfo electoral, sino que agrava sin cesar la crisis de gobernabilidad.

Hay sectores del oficialismo que comprenden el error estratégico de privilegiar la unidad de la coalición. "Alberto siempre priorizó la unidad de la coalición por encima de su propia posición, lo que es un tema absolutamente discutible -opinó ayer Fernando Chino Navarro, uno de los líderes del Movimiento Evita y secretario de Políticas Parlamentarias del gobierno-, porque priorizar la unidad de la coalición a rajatabla, incluso postergando tus propias convicciones, hace que tu lugar de presidente pueda ser visto como más frágil". Navarro fue más allá: "No alcanza con la coalición, hay que buscar la forma de ordenarnos hacia adentro mirando el afuera y buscando otros actores. Esta crisis es muy grave para que la resuelva solamente una coalición. La oposición tiene que entender que si quiere que haya 2023 (no en términos electorales en términos de Argentina más o menos parecida a lo que queremos que sea), tenemos que trabajar juntos. No queda otra''.

Jorge Raventos

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