Viernes, 22 Julio 2022 10:26

O cambian o se van – Por Vicente Massot

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Algunos opinan que las comparaciones son odiosas, y es posible que, en ciertos casos, ello sea verdad. Pero no siempre es así, sobre todo si el ejercicio no abriga el propósito de fulminar condenas y levantar patíbulos. Cualquier interesado en saber si existe un común denominador en las crisis dramáticas que hemos sufrido -desde el Rodrigazo a la fecha- no debería esforzarse demasiado.

No es necesario revisitar nuestro pasado con una lupa de alta definición ni ser un gran historiador para darse cuenta de que en efecto sí hay un dato que, por igual, asomó su cabeza en el gobierno de Isabel de Martínez de Perón; en el último año de la administración alfonsinista -previo a la hiperinflación que azotó al país en 1989-; en 2001, cuando se gestaba el mayor default de la historia; y también lo hace ahora, mientras nos encaminamos al precipicio sin prisa y sin pausa. 

Lo que permite trazar la comparación es la ausencia de un diagnóstico preciso por parte de los oficialismos de turno en todos esos y estos momentos, y la incapacidad de anticiparse a la catástrofe que se avecinaba. Si nuestro país hubiera sido vencido en una guerra y sometido al dictado del Estado ganador, o le hubiese sido arrojada una bomba atómica, o perdido de un día para otro sus recursos naturales, habría razón para pensar que -por mucha que fuese la voluntad y la inteligencia de las clases dirigentes- los flagelos mencionados no habrían podido evitarse. Pero no debimos soportar ninguna de esas calamidades. Ocurrió, en cambio, que problemas que se veían venir de lejos y se recortaban con claridad en el horizonte, resultaron desestimados y nadie se ocupó de salirles al paso con una estrategia razonable. Cuando finalmente hubo reacciones, llegaron tarde.

Mas allá de si la situación actual tiene este parecido con el Rodrigazo, y ese otro con lo sucedido a comienzos de siglo, lo cierto es que -una vez más- la impotencia del gobierno es el aspecto determinante de porque hemos llegado hasta aquí y por qué -de no producirse un volantazo salvador, se abrirá un futuro acaso tan negro como el de 1975, el de 1989 y el de 2001. Véase que la pelea -hoy algo atemperada- de Alberto Fernández y la viuda de Kirchner sería menos preocupante -aunque grave de todas maneras- si uno de los contendientes tuviese una receta para poner en marcha. Al menos, en tal caso se podría especular con la posibilidad de que terminara saliendo airoso de la pulseada aquel que acreditase las ideas más claras. Sin embargo, ninguno de los dos tiene siquiera una noción remota de qué hacer ni de cómo hacerlo.

El presidente contó con una buena oportunidad -ante la inesperada renuncia de Martín Guzmán- de oxigenar el gabinete, empoderar a la nueva titular del Palacio de Hacienda y de relanzar su mandato con arreglo a unas pautas distintas de la que había enarbolado desde su asunción, que de nada han servido. Pero dando una muestra cabal de que no sabe dónde se halla parado y de desconocer la real dimensión de la crisis, apenas optó por cambiar una figurita por otra. Con la particularidad de que Silvina Batakis puso de manifiesto, en su primera y única conferencia de prensa, una orfandad de soluciones tan notoria como la de su valedor.

Por su parte, la vicepresidente en forma explícita o implícita, de frente o tras bambalinas, a grito pelado o de manera epistolar, lanza a correr una serie de iniciativas generales que atrasan medio siglo y ni ella ni nadie medianamente responsable sabrían cómo trasladarlas del campo de la retórica al de las políticas públicas. Aumentar las retenciones al sector agrícola, re- negociar o romper con el Fondo Monetario Internacional y votar el salario básico universal -para mencionar los tres caballitos de batalla del camporismo- generarían un verdadero descalabro en las ya deshechas finanzas públicas.

El error en el diagnóstico de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner es tan grosero como el del justicialismo en el año 1973, el del alfonsinismo durante su mandato, y los de Fernando De la Rúa y de Adolfo Rodríguez Saá entre 1999 y el 2001. En todos esos casos, las fallas de implementación que se hicieron notar fueron menos significativas que la pifia en punto a cuáles eran los problemas estructurales del país. Equivocados en el diagnóstico les resultó imposible corregir la dirección de las velas. Por esa razón, terminaron estrellándose. Al matrimonio santacruceño, entre los años 2003 y 2015, los salvó la diosa Soja cuyos beneficios terminaron siendo despilfarrados por una política energética, previsional y distribucionista imposible de sostener en el tiempo.

La administración nacida en diciembre del año 2019 tiene los días contados si no percibe que es necesario obrar un cambio de rumbo drástico. De lo contrario, le será imposible llegar en forma a noviembre del año por venir. Lo que doce meses atrás -poco o más o menos- hubiese sido ridículo o provocativo anunciar -la renuncia anticipada del presidente- ahora se ha transformado en una probabilidad. Que todavía sea remota no le quita nada al hecho de que resulte probable.

Salvo que alguien crea seriamente que el dólar puede seguir ininterrumpidamente su tendencia alcista durante los próximos quince meses, y que resulte factible gobernar durante ese lapso sin reservas de libre disponibilidad, con una brecha que podría llegar a 200 % y con una inflación anualizada de tres dígitos, o el gobierno implementa otras medidas que sean efectivas o sufre un cortocircuito antes del comienzo del verano.

La impresión que ofrece el oficialismo es el de un boxeador a punto de caer noqueado a la lona para ya no levantarse. Deambula como un borracho por el ring, sin ton ni son. Imaginar que en medio de una crisis aguda alcanza con extender la moratoria previsional, rizar el rizo del cepo, retar a los turistas por comprar dólares, cargar contra los medios acusándolos de desestabilizadores y estrechar filas con los movimientos sociales, sólo puede caber en la cabeza de Alberto Fernández. Cuando, en una circunstancia así, a la irresponsabilidad se le suma la improvisación, el final de ciclo suele llegar antes de lo pensado.

Vicente Massot

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