Miércoles, 24 Agosto 2022 08:56

Un país sumergido en emociones viscerales - Por Carlos Berro Madero

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El psicólogo clínico estadounidense Daniel Goleman, señala que la capacidad de escuchar, pensar y hablar con claridad suele disolverse frente a la aparición de ciertos picos emocionales, que nos despojan de la serenidad necesaria para dar un paso en pos de la solución de los innumerables problemas que debemos afrontar en la vida cotidiana.

En ese sentido, vemos en el escenario actual de nuestro país a una gran mayoría de personas que se hallan empantanadas en dichas emociones y no logran librarse de ellas, volviéndose muy volubles en sus convicciones individuales. 

Inmersas en esta tragedia, no consiguen librarse, al mismo tiempo, del mal humor que les causa no encontrar soluciones para el descontrol en el que queda sumergida su vida cotidiana, acompañado por un “laissez faire” que las inmoviliza para cambiar concepciones superficiales sobre la realidad que las conducen finalmente a la depresión.

La Argentina entró colectivamente en ese cono de sombra hace muchos años. Y la política “de los políticos”, terminó encerrándonos a todos en un corral sin puerta de salida, como consecuencia de haber elegido pésimamente a quienes debían representarnos para cumplir funciones de las que nos sentíamos ajenos.

Si hubiésemos mirado al mundo bien desarrollado sin prevenciones ni ideologismos antediluvianos, habríamos comprendido que los países que lo componen supieron ver a tiempo que cuando algunas disociaciones se vuelven reiterativas, solo consiguen reforzar supersticiones estúpidas, como, en nuestro caso, considerarse “condenado al éxito” (Duhalde dixit); o dueño de habilidades especiales para gambetear la ley e infringirla impunemente; o creadores de actividades productivas atadas con alambre; o campeones “morales” de un ranking inexistente en cualquier justa deportiva, etc.

Los cambios, si llegan, deben salir de adentro nuestro, dejando de aullarle a la luna como perros callejeros abandonados por sus dueños.

Mientras esto se demora, una reciente foto “de familia” de los saltimbanquis gobernadores peronistas –por dar un solo ejemplo al azar de la tragedia que aquí exponemos-, se asemeja bastante a una escena de los protagonistas mafiosos de la película “El Padrino” de Francis Ford Coppola.

Son los miembros conspicuos de una cofradía que contribuyó a pulverizar cualquier proyecto de futuro que no pasase por la vigencia “sine die” de su ineficiencia, en detrimento de una igualdad de oportunidades por la que “cacarearon” desde hace años, sin hacer absolutamente nada decisivo ni fundamental para consumarla.

Cofradía que también integra Cristina Fernández, a la que los fiscales de la causa Vialidad acaban de arrojarle por la cabeza una tonelada de pruebas incriminatorias lapidarias, solicitando para ella una pena severísima por la corrupción sistémica montada por ella y su difunto marido (sin antecedentes similares en nuestro país), quien acorralada por dichas pruebas intenta salpicar a todos con excrementos revoleados por el aire dentro de una media de mujer.

Por eso, cuando oímos que algunos mediocres protagonistas de la vida púbica hablan con gesto compungido de “grietas”,

“consensos”, “acordar sobre cinco o seis cuestiones básicas” y otras lindezas por el estilo, tenemos la sensación de que apelan, como siempre, a meros eufemismos en nombre de un detestable “gattopardismo”: que todo cambie para que nada cambie.

Estamos convencidos que solo apelando a las “minorías selectas” invocadas por Ortega y Gasset, que no son las del “petulante que se cree superior a los demás (¡hola, Cristina!), sino el que se exige más que los demás”, lograremos encarrilar a la Argentina para siempre.

Porque “quien quiera tener ideas, necesita antes disponerse a querer la verdad y aceptar las reglas de juego que ella imponga. No vale hablar de ideas u opiniones donde no se admite una instancia que las regula, una serie de normas a que en la discusión cabe apelar… recordando que civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia y no una lucha entre facciones” (siempre Ortega).

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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