Viernes, 26 Agosto 2022 11:42

No descarten el indulto – Por Vicente Massot

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Conviene no perder tiempo en cuestiones menores o en tonterías, aun cuando indignen o parezcan asuntos de alguna importancia. Dos hechos recientes, de los muchos que podrían traerse a comento, sirven de ejemplo.

Uno protagonizado por el kirchnerismo a nivel nacional y, el, otro por el flamante viceministro de Economía. Los funcionarios de distinta jerarquía que responden a Cristina Fernández, unidos a la mayoría de los diputados y senadores que le obedecen ciegamente, han salido a la palestra y repetido el slogan que hace años, en una situación similar, vocearon los sindicatos ortodoxos en defensa de su jefe histórico: “Con Perón no se jode”. Ellos dicen lo mismo, sólo que referido a la jefa del Frente de Todos. Si los supuestos émulos de aquella “juventud maravillosa” de la década del setenta del pasado siglo tuvieran la misma voluntad revolucionaria y la misma predisposición para matar y morir de aquéllos, habría razones de sobra para preocuparse. Pero estos jóvenes, y no tan jóvenes, son patéticos. De vanguardia armada no tienen nada, y si escuchasen el tableteo de una ametralladora de juguete correrían a esconderse debajo de la cama. Su proclama no asusta ni a un jardín de infantes. 

Cuanto debería ponerlos en guardia a los kirchneristas no es tanto el pedido de condena de los fiscales enderezado contra Cristina Fernández -doce años de prisión e inhabilitación perpetua para ocupar cargos públicos- como un dato que registró la última encuesta efectuada por la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. El relevamiento fue hecho en los cuatro distritos de mayor población y económicamente más relevantes del país: la capital federal, Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. Más allá del pesimismo y desconfianza de la ciudadanía que se transparenta en la muestra, lo más llamativo fue la respuesta de 26 % de los votantes del frente oficialista que consideran culpable de corrupción a su líder. En una palabra, piensan como el fiscal Luciani.

Los políticos K que salieron al ruedo el lunes son un colectivo insignificante en términos electorales. En cambio, que casi un tercio de los que votaron a Cristina Fernández la crean corrupta, plantea un panorama negro para el gobierno de cara a los comicios del año entrante. Que la Señora no marchará presa, salvo que acontezca un milagro, es cosa sabida. Primero debe ser condenada y su caso habrá de pasar por la Cámara de Casación y luego por la Corte Suprema de la Nación. Después de analizar en detalle la acusación llevada en su contra por la fiscalía, la carga probatoria es apabullante. Pero la asociación ilícita no es tan fácil de demostrar.

La viuda de Kirchner no tiene más remedio que plantear una estrategia defensiva y dilatar cuanto pueda el tema. En este orden, no es de descartar una posibilidad que no ha sido tratada en los medios pero que no sería de extrañar que resultase la carta secreta -por llamarla de alguna manera- de la vicepresidente: un indulto de Alberto Fernández antes de abandonar la Casa Rosada.

Respecto de Gabriel Rubinstein, cuyo pedido de perdón a través de las redes debería llenarlo de vergüenza, habrá que juzgarlo por lo que hace de ahora en más en calidad de experto en el área económica y no por la forma penosa con la cual quiso obtener el perdón de sus mandantes. Demostró que es un pusilánime, no un inútil en términos financieros. En realidad, tanto los responsables de la declaración en apoyo a la Señora como el segundo de Sergio Massa han puesto al descubierto la índole del oficialismo. Nada, en realidad, que no se supiera.

Hay otras cuestiones de mucho mayor envergadura y gravedad. Si por un momento intentamos colocarnos en la cabeza de un posible inversor, o de un operador de bolsa de Wall Street o de un CFO de una compañía internacional dispuestos a poner su dinero o el de sus clientes en algún mercado emergente, ¿por qué habría de suscitar interés la Argentina? Con sólo considerar sin prejuicios los hechos que se sucedieron en las últimas setenta y dos horas en nuestro país, lo tacharían de su lista reputándolo como poco confiable.

Acostumbrados a lo que en el universo anglosajón se denomina rule of law, que un pedido de condena de la fiscalía correspondiente haya sido criticado por el Presidente de la Nación y el ministro de Justicia, es algo que no terminarían de entender. Menos aún que el episodio disparase enfrentamientos de alto voltaje dialéctico entre oficialistas y opositores, cual si fueran enemigos irreconciliables.

¿Por qué, pues, alguien que fuese medianamente cuerdo desearía poner sus dólares en estas playas? Imposible. En su afán de cerrar filas detrás de Cristina Fernández -y en el cumplimiento estricto de ese propósito no se diferencian demasiado Alberto Fernández y Sergio Massa- los principales referentes del gobierno privilegian a la vicepresidente y se olvidan de los mercados. Es cierto que, dada la relación de fuerzas existente, no podrían hacer otra cosa. El que no condenase a la Justicia y se solidarizase con la jefa pasaría a ser un réprobo en las filas del peronismo K.

Por ahora, de puertas para afuera, el plan de Sergio Massa no arranca demasiadas esperanzas, más allá de la vista gorda que seguirá haciendo el FMI. De puertas para adentro, por lo visto, el gobierno apuesta al tiempo -o, si se prefiere, a la temperatura- más que a su capacidad, para hacerle frente a la crisis. En efecto, los responsables de la hacienda pública parecen creer que, con la llegada de la primavera, cederá el frío y por lógica consecuencia las necesidades de la gente de calefaccionarse también decrecerán.

Esta deducción, digna de Perogrullo, es a la vez indigna de un gabinete serio. Es probable que las reservas que se esfuman por las importaciones de gas que resulta menester pagar todos los meses -y, de manera especial, durante el invierno- luzcan mejor a partir de octubre. Si tan sólo tuviésemos en cuenta lo que el país de- be abonar por la catastrófica política energética del kirchnerismo, es cierto que los números del Banco Central algo mejorarían. Pero el gas es una parte del problema.

La desconfianza que genera la administración que preside Alberto Fernández, la escalada inflacionaria, la monumental deuda cuasifiscal y los tiras y aflojes que salieron a la superficie ni bien Massa anunció determinados cortes presupuestarios, en consonancia con su intención de reducir el gasto público, son problemas que no dependen del termómetro. Era de esperar que, a poco de conocerse en los ministerios, provincias y municipios las podas que dispusiera realizar el ministro de Economía, se generase una reacción de carácter corporativo. No es la primera vez que esto sucede y no será la última.

Todos los estamentos públicos actúan de forma similar a la hora de defender sus intereses. Para no desentonar con Massa, los gobernadores, ministros e intendentes simulan hallarse de acuerdo en la reducción del gasto, a condición de que el sacrificio lo hagan otros.

Esto ha quedado en evidencia sobre todo a nivel provincial. Sería exagerado sostener que los mandatarios del interior del país se han empetatado en contra del recién llegado al palacio de Hacienda y amenazan hacerle una revolución. Pero si bien no han llegado a tanto -lo que, además, les sería imposible vertebrar- sí han puesto el grito en el Cielo porque saben que, por muchas vueltas que se le dé al tema del gasto público, hay tres ítems que cualquier gobierno, no importa cuál sea su coloratura ideológica, corta de entrada en una situación de emergencia: la obra pública y el pago a los proveedores, los adelantos del Tesoro a las provincias y determinadas partidas presupuestarias de distintas reparticiones del organigrama gubernamental. Los ministerios de Educación, de Salud y el programa Procrear ya sufrieron un achique fiscal. Mera cosmética, porque las reservas de libre disponibilidad siguen en rojo y los meteorólogos -ya que el gobierno le prende velas a la Virgen para que llegue de una vez el clima cálido- anuncian una sequía de magnitud para 2023. Conclusión, habrá menos ingresos de dólares del sector primario, menos recaudación por vía de retenciones y más cuellos de botella difíciles de remontar.

Vicente Massot

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