Viernes, 02 Septiembre 2022 10:40

CFK y sus victorias pírricas - Por Jorge Raventos

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Con la ayuda inestimable de algunos de sus enemigos, la señora de Kirchner ha conseguido en los últimos días lo que muchos coinciden en llamar una victoria. Ha revalidado su centralidad en el Frente de Todos y ha logrado que buena parte del peronismo -con más resignación que entusiasmo- firmara al pie de sus cuestionamientos a la Justicia en general y a los fiscales que pidieron para ella 12 años de prisión, en particular.

El activismo mediático que expusieron los fiscales espoleó el entusiasmo de los sectores más fervientemente anti-K pero también azuzó la reacción de los fieles de la vicepresidente y la pulsión por la réplica que suele invadirla a ella misma. Conviene no olvidar la ley física de acción y reacción. 

Tras los alegatos acusadores, la señora de Kirchner decidió tener la última palabra, para lo cual ofreció una extensa y vehemente respuesta off tribunales a través de sus propias redes electrónicas (sin cortes publicitarios). El aparato residual de La Cámpora y sus satélites promovió una demostración frente al Senado, que la vice acompañó saludando ritualmente desde los balcones en un movimiento más de mimetización con el peronismo, cuya sombra, que más de una vez desdeñó, busca ahora para guarecerse de la tormenta. No se trata de entrismo, sino más bien de precipitada irrupción.

Tanto la vice como sus pelotones confunden la acusación de los fiscales con una sentencia (ella sostiene que "la sentencia ya está escrita''). Curiosamente, en eso coinciden con la gama más furibunda de la oposición, que se muestra persuadida de que los jueces no pueden sino dar la derecha al reclamo de la fiscalía.

Esa certeza en modo alguno abarca a todos los opositores. Miguel Ángel Pichetto, por caso, apuntó que "va a ser muy complejo y difícil cerrar el esquema probatorio en orden de la asociación ilícita, una figura muy compleja y difícil de acreditar''. Ahora bien, esa es la figura con la cual los fiscales procuran sostener jurídicamente la otra acusación contra la señora de Kirchner -administración fraudulenta-, ya que, en ese punto, más allá de la verosimilitud de las imputaciones y de las apelaciones al sentido común de los acusadores y sus voceros, el plexo probatorio flaquea.

En cualquier caso, la vice parece convencida de que no debe aguardar mansa y paciente que los jueces eventualmente descubran esas fisuras de las acusaciones, sino que le conviene una espera activa, movilizando sus escuadras, reconstruyendo su liderazgo, desafiando simultáneamente a la Justicia y a la oposición así como condicionando a sus socios y aliados.

Los agitados episodios ocurridos en los alrededores del domicilio de la vice forman parte de esa lógica.

LARRETA Y EL EQUILIBRIO

El gobierno de la ciudad se encontró acorralado: la batucada kirchnerista, que amenazaba eternizarse acompañada por pirotecnia, venta ambulante y humeantes parrillas de cancha, constituía una anomalía en una zona habitada en abrumadora proporción por votantes de Juntos por el Cambio, exigía una reacción; los sectores más duros de su coalición, con el influyente eco de los comunicadores adictos, le reclamaban que ejerciera la autoridad con firmeza. Pero Horacio Rodríguez Larreta, a quien no le falta ánimo para actuar con energía, se resistía a que las fuerzas policiales porteñas quedaran involucradas en una escalada de violencia. Buscó combinar firmeza y equilibrio. Por un momento las cosas parecieron salir de cauce, las vallas dispuestas por la policía de la ciudad fueron volteadas, hubo choques, pero finalmente prevaleció la sensatez.

Entretanto, Patricia Bullrich había vuelto a estremecer la paz interna. Atacó con dureza a Rodríguez Larreta, imputándole "debilidad y miedo''.

Bullrich no es una política ingenua. Sus ataques suponen, en primer lugar, competir con el jefe porteño -aspirante a la candidatura presidencial, como ella- por la simpatía del núcleo duro electoral de JxC en la ciudad de Buenos Aires.

Pero, además, ella aspira a cerrarle a Rodríguez Larreta el camino a cualquier búsqueda de acuerdos con el peronismo (Bullrich teme que, en alguna coyuntura inesperada, Larreta y Sergio Massa puedan urdir alguna coincidencia trascendente). En fin, está atenta a lo que ocurre con el electorado. Según una encuesta reciente hay una gran porción de futuros votantes (38 %) que dice preferir que el próximo gobierno sea de un partido nuevo. Ante la eventualidad de una diáspora de las actuales coaliciones (muchos radicales negocian con Juan Schiaretti, por caso) ella se prepara para negociar con Javier Milei la construcción de un frente de centroderecha "sin pelos en la lengua''.

PIRRONISMO

Convendría, a esta altura, analizar en qué consistiría la victoria que se adjudica últimamente a la señora de Kirchner y que perspectiva abre. Indudablemente, ella ha ganado por ahora en el universo peronista en el que el kirchnerismo se ha sumergido. Sucede, sin embargo, que ese predominio interno va acompañado de un debilitamiento general del oficialismo. El Presidente elegido por la señora de Kirchner navega con la brújula averiada, ella está concentrada en su agenda judicial y conduce desde ese mirador. La figura más activa es Sergio Massa, que, aunque no ha marcado ningún gran gol desde que asumió, es responsable de un cambio de clima económico y de una mejora de las expectativas. La próxima semana viaja a Estados Unidos.

El rumbo en el que navega Massa no necesariamente coincide con el que la señora de Kirchner preferiría. Esta semana, un calificado operador cercano a ella -Horacio Verbitsky- apuntó los cañones contra el ministro de Economía y, posteriormente, disparó contra la estabilidad de su equipo y sus planes difundiendo que se avecinaba una devaluación.

En fin, en ese paisaje no es probable que el alineamiento forzado que hoy aún persiste sobreviva: el peronismo sabe que la línea que la señora impulsa (sumada a una situación económica que es complicada para la mayoría, pero especialmente para los sectores que habitualmente votan al peronismo) lleva no solo a una derrota electoral, sino a un posicionamiento muy marginal. Los gobernadores por ahora piensan en preservar su territorio de esa catástrofe. Los sindicalistas tienen menos capacidad de refugio.

Lo que está en crisis es el sistema político. La solución implica reconstruirlo.

¿Y EL INDULTO?

Entretanto, la situación judicial de la señora de Kirchner (y en pocos meses, tal vez también la de Mauricio Macri, otro expresidente) es una piedra en el zapato que agrava la crisis del sistema.

La chance de que un indulto decidido por Alberto Fernández pueda blanquear la situación judicial de Cristina en la causa donde la fiscalía pide para ella una condena de prisión es una quimera. No es decisivo, en ese sentido, que ella declare resistirse a esa medida (la vigencia del indulto no depende de la aceptación del beneficiario); tampoco es importante que el propio Presidente confiese antipatía por la medida. La carrera de Fernández, para bien o para mal, exhibe la marcada plasticidad de sus opiniones.

Pero el centro del asunto no es ese: sólo una autoridad vigorosa, sostenida por una amplia base, que fuera expresión de equilibrio, de balance de fuerzas y de ponderación podría decretar un indulto (eventualmente, dos) sin el riesgo de una gran contestación social. Eso implica superar el espíritu de la grieta.

La opinión del Presidente sobre el indulto, objetándolo como "rémora de la monarquía'', se basa en una preferencia ideológica (Fernández se enrola aquí, en ese sentido, en el bando republicano), y relega la función de esa medida como herramienta de apaciguamiento tras etapas de hostilidad y enfrentamiento que una sociedad necesita superar.

El presidente Nicolás Avellaneda indultó a un expresidente. Pero no se trataba de alguien de su partido sino precisamente de un rival que había confrontado con él en las elecciones de 1874 y había sido derrotado. En esos comicios Bartolomé Mitre, después de perder en las urnas, aplicó una tecnología por la que en nuestros días se cuestiona a Donald Trump. Mitre alegó que lo habían vencido fraudulentamente y se dedicó a preparar un levantamiento para impedir la asunción del presidente electo. Las fuerzas legalistas derrotaron a los insurrectos en distintos escenarios (Mitre fue vencido en la batalla de la estancia La Verde, donde perdió mil hombres ante fuerzas numéricamente menores). Apresado, Mitre fue condenado a prisión militar que cumplía en Luján, pero Avellaneda, consciente de la necesidad de cerrar enfrentamientos, lo indultó y, además, convocó a miembros de su partido a incorporarse a su gabinete.

Avellaneda contaba con legitimidad política, había demostrado su poder venciendo a sus rivales también en el campo de batalla y usaba la rémora monárquica para cerrar las luchas perdonando al más notorio de sus adversarios. ¿Quién puede negar la trascendencia (y la utilidad) de un indulto de esa naturaleza?

La batalla de la Justicia es una manifestación dramática de una pugna amplificada por la disgregación del sistema político preexistente, que se sobrevive merced a la colonización de las grandes coaliciones por los sectores más extremos e intolerantes de cada una de ellas.

Enfrentados en todo, esos grupos intransigentes coinciden sin embargo en un punto: la única paz posible reside en la eliminación, la erradicación del otro sector: el neoliberalismo para unos, el kirchnerismo (eufemismo que remite, en rigor, a la herencia cultural que dejó el movimiento creado por Juan Perón). En última instancia, la lógica que los mueve es una lógica de guerra civil, aunque ellos mismos no se atrevan a mencionarla.

Jorge Raventos

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