Viernes, 02 Septiembre 2022 12:11

Las comparsas callejeras tapan los problemas de fondo - Por Vicente Massot

Escrito por

La batucada que protagonizaron los jóvenes de La Cámpora en la intersección de Juncal y Uruguay, en pleno corazón del barrio de La Recoleta, fue una manifestación de carácter político-folklórico, nada más. Unos mil o dos mil manifestantes-descontando la pasividad del gobierno de la capital federal- se cansaron de hacerle el aguante a Cristina Fernández y de repetir, hasta el hartazgo, que se armaría un quilombo si acaso alguien se animaba a tocarla. Conviene distinguir la revolución discursiva de la fáctica.

El kirchnerismo no es similar al guevarismo. Entre Lenin y Larroque, Kicillof y Grabois no media un abismo. Hay una galaxia de diferencia. Quienes se congregaron en Barrio Norte para quebrar una lanza en favor de su jefa se parecen poco a los castristas y mucho a los integrantes de una de las tantas barras bravas que, a lo largo y ancho del país, pueblan los estadios de fútbol durante los fines de semana. En patota, aturden con su griterío y amenazan conquistar el mundo. Más allá de algunos desmanes que puedan ocasionar, no están en condiciones de modificar la relación de fuerzas que existe en las canchas ni -mucho menos- en la política. 

Se hacen los malos y sólo la van de guapos cuando son mayoría y saben que no corren demasiados riesgos. Delante de una policía brava que -en lugar de resistir sus embates en forma pasiva, enarbolando escudos protectores, con base en una táctica defensiva- pasase a la ofensiva y no fuese obligada por el poder político a comportarse como San Francisco de Asís, pensarían dos veces antes de desafiarla.

Pero llevan las de ganar porque saben que la represión es una mala palabra en cualquier espacio gubernamental, y que las fuerzas de seguridad tienen la orden de no desplegar todo su potencial para el mantenimiento del orden. En este aspecto, Patricia Bullrich lleva razón frente a Horacio Rodríguez Larreta. Aquélla -es verdad- corre con ventaja en la medida que, a diferencia del lord mayor de la ciudad capital, no tiene la responsabilidad de administrar la cosa pública. Pero al mismo tiempo es cierto que Rodríguez Larreta -siempre tolerante y timorato cuando se trata de hacer valer el monopolio de la violencia por parte del Estado- carece del temple necesario para actuar a despecho del qué dirán y de lo políticamente correcto. A la hora de reaccionar, el jefe de gobierno porteño lo hace sin convicción.

La acampada abajo del coqueto departamento de la Señora ocultó, en realidad, las profundas limitaciones de la estrategia vertebrada por la vicepresidente y sus acólitos. Por de pronto, juntar a un par de miles de manifestantes, con colectivos que pagan los contribuyentes y choripanes gratis, no revela un gran poder de convocatoria.

Basta comparar el episodio con la multitud congregada en torno de la quinta de Gaspar Campos cuando Juan Domingo Perón regresó al país, en 1972, para darse cuenta de la colosal diferencia de una y otra movilización. Aun si el gentío camporista se contase por decenas de miles, el panorama no se modificaría a favor de la Señora. Tomar las calles y no avanzar más allá, representa un acto inocuo. Es lo que le pasa al camporismo. Se reduce a una movilización exigua, sin otro contenido que no sea testimonial.

Con todo, hay otro dato que trasparenta hasta qué punto la viuda de Kirchner no detenta ni por asomo el poder de antaño. En su huida hacia adelante la jefa del frente oficialista se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en peronista. Durante años se negó en redondo a cantar la marcha, a alabar al general y a tender puentes con la ortodoxia justicialista, más allá de las necesidades circunstanciales que la obligaban a hacerlo.

Ahora, exaltada, eufórica, se parece más a Norma Kennedy que a Norma Arrostito. Ha deseado meter y meterse en una misma bolsa con la totalidad de las huestes peronistas a los efectos de forjar una unidad que, en la práctica, cada día se halla más lejos.

Es claro que, por una elemental razón de conveniencia ocasional, gobernadores e intendentes, embajadores y sindicalistas, han cerrado filas de palabra con la vicepresidente. En ese malón variopinto, en donde los peronistas de las más distintas observancias se amontonan, los únicos que importan son los mandatarios provinciales y ciertos jefes comunales con poder territorial. Los demás -Rafael Bielsa, Daniel Scioli, Pablo Moyano, Jorge Taiana, Estela Carlotto, Hebe de Bonafini y el Cuervo Larroque, para citar a algunos de los más conspicuos del colectivo K- aportan sólo sus nombres. Electoralmente cuentan poco y nada.

Aquellos, en cambio, tienen un peso distinto. Sólo que no están dispuestos a hacerlo valer en favor del candidato presidencial que elija Cristina o que salga de las PASO. La demostración más cabal de que los caciques provinciales dan por perdida la elección de octubre y no piensan secundar a la Señora, es su decisión de desdoblar los comicios en cada uno de sus respectivos distritos. Firmar una solicitada lo hace cualquiera. Total, no cuesta nada.

En cambio, jugarse el futuro político para quedar bien con la vicepresidente es algo que, salvo Axel Kicillof y Alicia Kirchner, no está hoy en los planes de ningún otro. Como saben que deberán lidiar con un poder ejecutivo ajeno a su bandería a partir de diciembre del año próximo, han decidido curarse en salud y adelantarse a la derrota en la puja presidencial. En 1973 a nadie se le hubiese cruzado por la cabeza desengancharse de la fórmula Perón-Perón. En 1989 todos unidos formaron detrás de Carlos Menem. En 2007, obedecieron sin excepciones el mandato de Néstor Kirchner y ninguno sacó los pies del plato. Unánimemente respaldaron a Cristina. Hoy la aplauden en los actos. En los hechos, toman buena distancia de ella. Los gobernadores cuidan sus provincias. Lo demás es pura declamación.

El tercer dato que pone al descubierto la debilidad del oficialismo es la falta de un candidato con carisma, autoridad e intención de voto suficientes como para resultar competitivo. Nunca antes en la historia del peronismo sucedió cosa semejante. En las oportunidades en las cuales perdió -frente a Raúl Alfonsín en 1983, a Fernando de la Rúa en 1989 y a Mauricio Macri en 2015- nunca careció de una figura capaz de dar batalla y de pelear la elección. Si se analizan las encuestas que circulan a diario -y las hay de todo tipo, tamaño y color- en ninguna toma la delantera el Frente de Todos.

Y en cuanto a sus posibles candidatos, su imagen negativa llega a topes inconcebibles y su intención de voto orilla como máximo el 30 %. Esto en el supuesto de que, de resultas de la calamitosa situación por la que atraviesa el país, no se quiebre el peronismo y presente dos fórmulas distintas. A doce meses de las internas abiertas el panorama luce desolador, no sólo en virtud de su pobreza dirigencial sino por efecto de la crisis económica y social que no puede sino escalar.

Habrá que repetir hasta el hartazgo que el desafío que asumió Sergio Massa no es el de llevar a la victoria al oficialismo. Antes bien, el de zafar del descenso. Claro que -por un elemental motivo de concesión política- esto no puede decirse en público. Resultaría suicida. No obstante, basta tomar en consideración la deriva del índice inflacionario en el curso del presente año -que alcanzará 100 %- y proyectar la probable alza del costo de vida durante 2023 -que no sería menor que el actual- para darse cuenta de que no hay gobierno en el mundo en condiciones de ganar una pulseada presidencial en tamañas condicione.

Una balanza de dólares negativa, un altísimo endeudamiento en pesos, reservas por el piso, un alto déficit fiscal y un ajuste -doloroso para el común de la gente, pero insignificante en términos del gasto público- no se recomponen de un día para otro. Aun si el ministro de Economía tuviese éxito en su periplo por los Estados Unidos y trajese en las alforjas los U$ 5000 MM de los cuales habló al principio de su gestión, ello no cambiaría demasiado la envergadura de nuestros males. Le alcanzaría para evitar una devaluación.

Bien está que Massa viaje a Houston y a Washington con la intención de buscar inversiones para el yacimiento de Vaca Muerta y financiamiento externo. Lanzar un programa junto a Matías Lammens de promoción del turismo receptivo, que apunta a generar divisas, es apenas un divertimento.

La reunión con Kristalina Giorgieva, que tendrá lugar el 12 de septiembre, corre por cuenta separada. El país no está en condiciones de cumplir en tiempo y forma con el compromiso que contrajo Martín Guzmán con el FMI. Eso lo sabe -a esta altura- cualquiera que tenga dos dedos de frente. Incluidos, por supuesto, las autoridades de ese organismo de crédito internacional y el elenco que se hizo cargo del ministerio de Hacienda tras la salida precipitada de Silvina Batakis.

Por lo tanto, más allá de la importancia formal del encuentro, nada va a mutar en la relación de la Argentina y el Fondo. Habrá trascendidos, negociaciones y cierta tensión, al cabo de los cuales el FMI hará la vista gorda y todo seguirá igual. Si nuestro problema fuera el Fondo Monetario Internacional, no habría demasiado de qué preocuparse. Pero la cuestión pasa por otro lado. Al margen de la merma de reservas hay que poner la atención en la sequía que amenaza traer la Niña, mirar con cuidado la situación límite de los importadores que no pueden acceder al mercado cambiario y ven así dispararse el volumen de su deuda comercial, y -por supuesto- no perder de vista la bola de nieve de la deuda cuasifiscal. Massa hace malabarismos.

¿Le alcanzarán para no irse a la B?

Vicente Massot

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…