Miércoles, 21 Septiembre 2022 08:33

¿Asistimos al final de la extravagancia cristinista? - Por Carlos Berro Madero

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La historia de la humanidad permite comprobar que hay entendimientos de la realidad que tienen la desgracia de inducir a algunas personas a ver todo desde un punto de vista falso y extravagante.

Algo de esto parecería haber ocurrido con Cristina Fernández durante años, hasta que sufrió el reciente atentado que la puso al borde de la muerte y “la dio vuelta”, como dice el vulgo. Sobre todo, por una certeza que la ha devastado a ella y sus prosélitos más cercanos: el agresor era un lumpen de la vida marginal, sin más influencia política que sus propias reacciones psicóticas. 

El kirchnerismo siempre se jactó de tener el “control de la calle”, una frase muy abarcadora que significó mantener un poder de movilización, dirigida desde los distintos niveles de conducción del movimiento respecto de masas que aceptaron la verosimilitud de cualquier “relato” oficial, así este careciera de sustento racional alguno.

Los K heredaron del peronismo tradicional el modo de sostener entre sus simpatizantes un nivel de emotividad épica fenomenal, administrando un sentimiento de “pertenencia” entre sus militantes, como premio final que permitía acceder a innumerables privilegios.

De tal modo, construyeron un edificio conceptual de contenidos dudosos, inciertos o directamente falsos, esparciendo por el aire argumentos que respondían a torcidas razones de supuesta supremacía sin límite, logrando encumbrar en la cúspide de la pirámide a un líder supremo todopoderoso y omnisciente.

Tras la desaparición de Perón, Menem, y Néstor Kirchner, esa fuerza mística se concentró en Cristina Fernández, quien recreó este sentimiento utilizando un alto grado de histrionismo.

De ambos lados del mostrador se reprodujo nuevamente la épica de la invencibilidad y la sabiduría infinita que ambas caras de la moneda, hoy kirchnerista, se adjudicaron a sí mismos: el líder mediante promesas arrolladoras e inconsistentes y la masa por su confianza irrestricta respecto de las virtudes que adornaron siempre a quien representaba objetivos satisfactorios “para todos”.

Esto constituyó una suerte de himno sagrado durante años; hasta que dichos líderes comenzaron a mostrar fragilidad, por ocuparse en tomar disposiciones bastante desconectadas de la realidad, como producto de un estrabismo político que terminó contaminando sus gobiernos.

El reciente atentado ha tenido un doble efecto: poner en evidencia un sentimiento de fragilidad que se ha apoderado de Cristina –quien recibió un cachetazo de una realidad imprevista por ella-, y el nacimiento simultáneo de un hartazgo que comienza a ganar el espíritu de sus incondicionales ante una nueva crisis de sus ineficientes “patrocinadores” políticos, que provocó finalmente la reacción inesperada de un pequeño grupo de psicópatas inorgánicos y muy primitivos.

Ha sido algo inédito para un “movimiento” que avanzaba a paso redoblado, intentando reconstruir –luego del interregno del gobierno de Macri-, su épica de invencibilidad, para llevarnos finalmente a un terreno donde las incógnitas superan hoy ampliamente a las certezas.

Las tácticas que intentan frente a lo ocurrido son dos: a) dividir a como dé lugar a Juntos por el Cambio; 2) instaurar una suerte de refrito sobre un supuesto “diálogo”, sin temario ni objetivo concreto alguno.

Para el primer objetivo, comienzan a hablar de la suspensión de las primarias PASO. Para el segundo, tantean aquí y allá para ver si encuentran aspirantes a un liderazgo hegemónico dentro de la oposición, que vieran en dicha medida un modo de “hacer la suya”, sembrando confusión entre sus “asociados”.

Para esa tarea, dispone –como ha ocurrido siempre en el peronismo-, con distintos “bastoneros”, dispuestos a embarrar la cancha a la espera de que alguna fisura de dicha oposición se haga más evidente y le permita filtrarse entre los eventuales discordantes.

Es un escenario que nos introduce en un cono de sombra negra y espesa, donde se perciben manotazos de ahogados respecto de una realidad implacable que está castigando a políticos que atrasan cien años en sus ideas.

Como consecuencia de lo expuesto, parecería que los síntomas del shock del futuro vaticinado por Alvin Toffler, se están manifestando con enorme crudeza entre los protagonistas y pueden llevarnos a experimentar una colisión irreparable, sin que nadie obtenga beneficio alguno, frente a opciones que deberán enfrentar, tarde o temprano, la transitoriedad de un mundo imprevisible.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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