Miércoles, 28 Septiembre 2022 10:59

Centralidad e histrionismo desafiante - Por Carlos Berro Madero

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Parada en la cumbre de su pequeñez conceptual, hemos asistido a una nueva función teatral de Cristina Fernández, al momento de alegar (¿) su inocencia en el juicio en el que se la acusa de liderar una banda corrupta para defraudar al Estado.

Se vislumbró en ella, el mismo narcisismo de siempre -al parecer incurable-, que denota sus ansias de inmortalidad y una propensión a generar polémicas permanentes. 

Es la búsqueda reiterada y absurda de una suerte de gloria de género “por ser mujer” (sic), que la mueve a cuestionar dicho enjuiciamiento con un énfasis cuasi religioso, atacando con saña a quienes no aceptan su soberbia al declararlo como “una acumulación de pruebas falsas”, sin responder ninguna de ellas puntualmente.

Como diría Unamuno poniendo voz al sentimiento que la embarga: “no quiero morirme, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, y vivir lo que siento ser, ahora y aquí, porque me tortura el problema de la duración de mi alma”.

Cristina elige mantenerse así en una suerte de desolada “pureza perentoria” frente a quienes se resisten a aceptar sus apotegmas olímpicos, con los que predica “urbi et orbe” una moral agresiva y descalificadora.

Olvida en su ensimismamiento psicopático que “también el yo, como cualquier otra noción fundamental, tiene sus alzas y sus bajas en la cotización de la bolsa filosófica”, como señala

Fernando Savater con agudeza; y en el caso de ella contribuye a que la abogada exitosa registre hoy sus índices de aprobación popular por el piso. Porque apelar una y otra vez a tragedias que provendrían de la ceguera ajena, no parecen aportar nada sustancial a su cruzada épica.

Porque muchos “dioses paganos” como ella, que reciben el culto abominable de quienes representan fuerzas que nada tienen que ver con una dudosa pretensión de estar más allá del bien y del mal, no resultan ser divinidades en el sentido moral del término.

La actual Vicepresidente vive seguramente un infierno que se adivina a través de gesticulaciones ampulosas, mohines y constantes imputaciones a quienes no quieren reconocerla como un ser casi de otro mundo, mientras no puede apartar, muy a su pesar, la mirada de un pasado que la condena de manera implacable.

En efecto, ninguna de las parrafadas emitidas en forma turbulenta como “lecciones de vida”, contuvo alusiones directas acerca de por qué las imputaciones de los fiscales Luciani y Mola no eran ciertas, citando al menos razones puntuales y explícitas sobre los innumerables ítems pormenorizados, que permitieron a dichos funcionarios judiciales considerarla culpable por corrupción.

A nuestro modo de ver, solo consiguió con su “alegato” (que debiera ser bien visto en realidad como un ucase), exasperar un poco más a una gran mayoría de la sociedad que la rechaza por su altanería, lo cual termina de confirmar nuestra sensación: hasta que no desaparezca su influencia determinante en el escenario político de nuestro país, no tendremos paz.

Algo así deben haber sentido Sabag Montiel, Brenda Uliarte y sus ignotos compañeros de ruta cuando decidieron darle un “corchazo” (sic) a Cristina Fernández, considerándola “una vieja

p… culpable de todo lo que nos pasa”. Algo repudiable, sin duda alguna, pero que se inscribe en la mente de personas que poseen una cultura muy elemental, y como consecuencia, pocos escrúpulos.

Esto suele ocurrir cuando un gobierno, liderado por una melómana, pierde la brújula y el control de los acontecimientos sociales, preparando el terreno para escenarios cada vez más imprevisibles e inesperados, que, no son “detectables” por funcionarios que creen estar cobijados bajo una protección cuasi divina.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

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