Viernes, 18 Noviembre 2022 08:20

Una persona mala - Por Carlos Mira

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La palabra “mala” cuando se refiere a una persona parece estar reservada para la terminología de los chicos.

En efecto, salvo que como adjetivo se use delante del sustantivo (“mala persona”) el formato inverso (“persona mala”) no es frecuente entre los adultos. 

“Persona mala” parece ser una fórmula extraída de las películas de brujas de Disney o de las fábulas donde siempre hay un personaje que juega el papel de ruin.

Pero en la realidad del vocabulario habitual de la gente grande el giro “persona mala” suele ser invertido por el de “mala persona” que, cuando lo analizamos bien, no quiere decir exactamente lo mismo.

Efectivamente, cuando los chicos dicen que alguien es “malo” saben muy bien lo que quieren decir.

Quieren decir que alguien hace el mal disfrutándolo, que lo hace sin necesidad, que hay un goce por el ejercicio del mal.

Una “mala persona” en cambio tiene otras acepciones. Alguien poco fiable, bicho, incluso algún pícaro o “rápido” puede ganarse ese mote si es persistente en su conducta.

Pero una “persona mala” es más que eso. Su relación con el mal es más profunda y más ontológica. Es como si el mal se hubiera personificado en alguien.

Lo que ocurrió ayer en el Senado nos puede dar un ejemplo de lo que decimos.

Por orden de Cristina Fernández de Kirchner -que consiguió el quórum gracias a la genuflexión de tres senadores que no forman parte de sus bloques (nunca mejor utilizado el plural)- el Senado insistió en la designación de Claudio Martin Doñate como representante de la segunda minoría de la cámara ante en Consejo de la Magistratura.

Como sabemos, ese hecho configura un alzamiento contra la Constitución toda vez que la Corte Suprema de Justicia (que por algo es Suprema) ordenó designar allí a Luis Juez, senador por el PRO.

Ese fallo se basó en la idea original de la reforma del ‘94 de que la integración del Consejo fuera “equilibrada” y representara de modo ecuánime a todas las expresiones políticas del Congreso, tanto de diputados como de senadores.

Ya sabemos que el kirchnerismo tenía un representante (Mariano Recalde) en el Consejo por ser la fuerza mayoritaria del Senado y que el radicalismo también lo tenía por ser la segunda fuerza mayoritaria o primera minoría.

Cuando la Corte declara inconstitucional la ley que reformó la composición original del Consejo (que databa de 1997) revive la vigencia de la ley original que integraba el Consejo con 20 miembros.

A raíz de ello todos los estamentos que componen el Consejo debieron elegir representantes adicionales (de acuerdo a lo dispuesto por la ley original) para completar la nueva composición que llevaba el número de consejeros de 13 a 20.

Para cumplir con el principio constitucional de pluralidad equilibrada, el nuevo representante del Senado le correspondía a la segunda minoría.

Al momento que la Corte notifica el fallo el Senado se integraba con un bloque mayoritario del FDT, un bloque de primera minoría de la UCR y un bloque de segunda minoría del PRO.

El PRO nominó entonces para ese lugar en el Consejo a Luis Juez.

Pero Cristina Fernández de Kirchner procedió a dividir el bloque del FDT en un bloque “Nacional y Popular” y un bloque “Unidad Ciudadana” con lo que adujo que el representante por la segunda minoría le correspondía a este último bloque, procediendo entonces a elegir a Claudio Martin Doñate. Todo, obviamente, con posterioridad a que la Corte notificara su fallo.

En el apuro cometió incluso el grotesco de colocar a Mariano Recalde cómo integrante de “Unidad Ciudadana”, olvidando que Recalde ya era consejero por lo que, en ese caso, “Unidad Ciudadana” habría pasado a tener (ilegalmente) 2 representantes. Cómo si fuera un mueble, Recalde fue cambiado entonces y pasó al bloque “Nacional y Popular”. Más ilegalmente grosero no se consigue.

Todo esto llevaría (por el ejercicio de su picardía ilegítima, por ser bicha, por forzar las interpretaciones legales más allá del límite de lo permitido) al clásico mote adulto de “mala persona”.

Pero no se conformó con eso. Ayer, en la sesión que con toda urgencia había mandado reunir la noche del día anterior, hizo que el usurpador Claudio Martin Doñate, izara la bandera en la ceremonia de apertura de la sesión de la cual se ausentó en su totalidad la oposición.

Ese detalle macabro, ese sarcasmo inútil pero hecho con toda intención, es lo que nos transporta a las películas de brujas y a la terminología de los chicos para asegurar que Cristina Fernández de Kirchner es una persona mala. Ya sabíamos de sobra que era mala persona. Pero ahora no tenemos ninguna duda que, además, es una persona mala.

Cuando asistimos a ese regodeo impúdico, mostrado enfrente de todos y saboreado delante de aquellos que aspiran a vivir en el bien y bajo el imperio de la bondad de las leyes y del Estado de Derecho, no nos queda otra salida más que la figura de la persona mala, de alguien dispuesto a hacer el mal y disfrutarlo. Una sádica. Solo faltó una carcajada temblorosa al estilo de Vincent Price.

¿Qué puede esperar la Argentina de esto? ¿Adónde cree que la llevará alguien de esta calaña?

Para los que creen que, porque tienen poco o la están pasando mal, la señora representa un ariete de su venganza contra los que están mejor o tienen más que ellos, no saben cómo la maldad los está usando, cómo se está aprovechando de ellos para solo perseguir sus objetivos personales de riqueza e impunidad.

Allí la tienen ganado más de 6 millones de pesos por mes solo en concepto de jubilaciones mal habidas, más allá de todo lo que robó y defraudó al Tesoro Público de todos los argentinos.

Ni siquiera una mueca de vergüenza o de disculpas frente a jubilados que ganan 40000 pesos.

Una persona mala. Eso es Cristina Fernández de Kirchner. Volvamos a la virginidad del lenguaje de los chicos y llamemos a las cosas por su nombre.

Carlos Mira
https://thepostarg.com/editoriales/una-persona-mala/#.Y3eRBHbMI2w

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