Cuando decimos “todos” nos referimos a todos. Valga la redundancia. Porque así ha demostrado ser la sociedad argentina ante la presencia de una crisis: el deseo de salvación inmediata de cada quien antes que nada.
El nuevo Presidente va dando señales de un interesante pragmatismo, pese a que antes del ballotage divulgara ciertas consignas impactantes para atraer, muy probablemente, el favor popular de muchos indecisos.
Nada de lo que sigue diciendo después de ser preferido por el 55% de los votantes difiere en esencia de los enunciados previos, confirmando que tiene la intención de hacer la tarea “en su medida y armoniosamente”, como sugería Plutarco en la antigua Grecia, aplicando las recetas más adecuadas a la realidad y tratando de contener la impaciencia de quienes siguen creyendo que gobernar es entrar a la Rosada desparramando rayos y centellas.
Algunos asuntos podrán ser resueltos de inmediato. Otros no. Y los argentinos deberemos esperar un buen rato para evaluar su tarea, dejando de hablar de cien días, o un año, o el tiempo en el que se nos ocurra –a veces sin mucho fundamento-, que podremos salir del barro maloliente del kirchnerismo.
Mientras tanto, vemos con agrado que Milei busca integrar su gabinete de colaboradores con precaución, sufriendo las vacilaciones propias de quien llega al poder haciéndose cargo de un verdadero incendio: la larga “fiesta” kirchnerista.
¿Tendrá éxito? No lo sabemos. Pero hay un derecho que le corresponde por ley: ser Presidente en plenitud por los próximos cuatro años.
Presidente de una Argentina convulsionada, prepotente, sabihonda y bastante perezosa para realizar los sacrificios que demanda el construir una nación equilibrada y razonable, donde la actividad privada recobre el brillo de antaño y los “pollerudos” de Cristina y sus secuaces deban “ponerse en la cola del kerosén” o desaparecer del escenario, por decirlo de algún modo coloquial.
Como siempre ocurrió antes de ahora, vemos reaparecer el discurso de agoreros que se destacan por su visión apresurada de un futuro que deberá ser vivido cuando llegue y se convierta, recién entonces, en un nuevo presente.
Hasta ese momento convendría que tascaran el freno y detuvieran sus largas parrafadas sobre las supuestas razones que les asisten para “iluminarnos” con pensamientos totalmente descartables, que han demostrado ser manifiestamente ineficientes.
Todos sabemos que hay gente que no come más que una vez al día; también, que el transporte público no podrá adecuar sus tarifas “pisadas” de un día para el otro; que los salarios son insuficientes; que los subsidios indiscriminados son una invitación a la vagancia; que sobran “ñoquis” por todos lados; que la calle se llena casi todos los días de gente que duerme y defeca en las veredas; etc.
Javier Milei también lo sabe.
Así es que sería prudente que “desensillemos hasta que aclare”, como ocurre en cualquier matrimonio celebrado entre dos contrayentes supuestamente enamorados: hace falta tiempo para asentar la convivencia. Y de eso se trata el vínculo: cultivar la paciencia, el respeto, la consideración y el estímulo, para que “el otro” se acomode a las nuevas circunstancias.
A buen entendedor, pocas palabras.
Carlos Berro Madero


“Hay ciertos entendimientos que suelen distinguirse por una insufrible locuacidad, efecto de la rapidez de percepción y apenas juzgan nada con acierto; y si alguna vez entran en el buen camino, bien pronto se apartan de él arrastrados por sus propios discursos”
