La cumbre de sus pantomimas –editadas en tik-tok por algún pretendido émulo de Fellini-, ha consistido esta vez en un video que la muestra en los pasillos del Senado de la Nación, envuelta en un ondulante vestido tipo “palazzo” de tafetas como si fuese un personaje melodramático de los 50, seguida por las senadoras Moreau y Abdala (a quienes no les dirige la mirada al avanzar farfullando), que “absorben” sus reflexiones sobre la estanflación y sus malos augurios para el próximo gobierno.
Un gobierno que antes de asumir ha tenido la valentía de decir que el futuro próximo será durísimo para todos merced a la herencia dejada por el kirchnerismo. Una auténtica mafia política que nos sumió en una larga decadencia moral, utilizando una parafernalia de argumentos que solo sirvieron para dejarnos finalmente “en pampa y la vía”.
¿No tiene vergüenza o alguna pizca de arrepentimiento? Parece que no. ¿Algún asomo de dignidad y buen gusto? Tampoco.
Quizá porque manejó su carrera política ignorando un sabio consejo del premio Pulitzer 1979 de periodismo Russell Baker, que le cabe a la perfección: “La solución de un problema suele
acarrear generalmente otros; por lo cual es mejor tratar de no resolver más cuestiones que las que puedas abarcar acorde con tu capacidad personal”.
En efecto, de tanto “ir por todo” como si nada, no supo ni pudo esquivar jamás los baches que iba encontrando en su camino, culpando a los demás como si fuesen responsables de sus tropiezos y arremetiendo su marcha con más ínfulas cada vez hacia una meta que parecía hallarse siempre en el Olimpo de los dioses.
Dioses imaginarios, por supuesto; porque desde Napoleón hasta los faraones egipcios fueron pasando como apelaciones a diversos protagonistas de sus alegorías fantasmales, mientras trepaba con paso rápido y arrogante una montaña que supuestamente la conduciría a la inmortalidad.
En la vida, dice Ortega y Gasset, existe el chantaje de la violencia y el chantaje del humorismo. Con uno u otro, muchos individuos vulgares se sienten eximidos de supeditarse a nada en materia política porque carecen de ética y moral, atributos que son, en esencia, sentimientos de sumisión a algo fundamental: tener conciencia de servicio y obligaciones para con los demás.
De todo esto, la Fernández, ni pío. Y aquellos a los que arrastró tras de sí, menos.
Todavía duele todo el cuerpo al recordar la historia de una persona que pretendió embalarnos en pos de un discurso supuestamente “imperial”, torturándonos casi diariamente con sus filípicas (¿made in Tolosa?).
Con su marido, construyeron así una democracia fraudulenta a costillas nuestras; y ahora, en el final, cuando el pus de las infecciones que propagaron se ha apoderado de la sociedad, la “abogada exitosa” ha decidido regalarnos su actuación final: el simulacro de una diva de Hollywood estafada que murmura sus rencores.
Tener que oírla ocasionalmente de ahora en más, será sin duda alguna un alivio para una sociedad que, algo tarde quizás, parece haber comprendido la magnitud de sus falacias e impostaciones, muy semejantes a los sones de una chilindrina al agitarla.
A buen entendedor, pocas palabras.
Carlos Berro Madero


Los últimos días de la vicepresidente derrotada en la justicia y en las urnas, exhiben a una Cristina Fernández que pone de manifiesto su falta de tino para distinguir la diferencia que existe entre una actriz de telenovelas cursi y alguien que pretende erigirse en la “magister dixit” del movimiento que encabezó con su marido por más de dos décadas.
