El acto del Luna Park es un ejemplo superlativo del fenómeno. Lo que a no pocos les pareció una mamarrachada, a la casi totalidad de sus admiradores -que son legión en el país- les pareció un espectáculo digno de verse. Por eso las gradas del que fuera llamado, en épocas ya idas, el Palacio de los Deportes estaban colmadas tanto como las calles aledañas en donde miles de personas se quedaron sin poder entrar. La puesta en escena y la actuación en clave de rock star del primer magistrado no registran antecedentes en nuestra historia. A cualquier otro que hubiese siquiera imaginado algo semejante lo hubiera lapidado la opinión pública. A Milei lo sigue acompañando aun cuando se parezca más a un actor que a un funcionario público.
Es posible que resulte curioso o incomprensible para quienes insisten en tratar de entenderlo con arreglo a categorías de análisis pasadas de moda. Milei obliga a pensar de nuevo y quizás ése sea el motivo por el cual los pronósticos agoreros ensayados respecto de su gestión no le han hecho mella. No es un loco o un desequilibrado emocional. Si lo fuese, no habría llegado a la Casa Rosada y no habría logrado, en escasos cinco meses, tamaños logros. El que presentó su libro y al mismo tiempo -no sin desenfado- entonó canciones de La Renga en el Luna, sabe bien lo que quiere. No improvisa ni tampoco peca de irresponsable. Monta un espectáculo para delirio de sus fans, pero no se olvida de gobernar.
Hace treinta días -poco más o menos- las distribuidoras de electricidad y de gas se enteraron de que los aumentos que tenían en carpeta para el próximo trimestre deberían esperara hasta septiembre. Por su parte, tras ciertos corcovos y amenazas de recurrir a la Justicia, las generadoras eléctricas aceptaron el bono que les ofreció Luis Caputo. Ello puso de manifiesto que, cuando es necesario aplicar medidas de corte pragmático, al gobierno no le tiembla el pulso, aun a riesgo de incumplir las promesas hechas antes de su arribo a Balcarce 50. El índice del costo de vida debe continuar su marcha descendente y, si para conseguirlo resulta menester congelar las tarifas por dos o tres meses, no será Milei el que privilegie los anuncios doctrinarios de la campaña electoral a expensas de la inflación de mayo, junio y julio.
El mensaje en tono conciliador que pronuncio en Córdoba el pasado sábado transparentó también que es consciente de sus límites. En medio de una negociación de la importancia de la que se lleva a cabo en la cámara alta del Congreso de la Nación, Milei no iba a cargar lanza en ristre contra la Casta, ni cosa parecida. Su debilidad legislativa lo obliga a medir las palabras que entona cuando está cerca la hora de la definición. Semanas atrás pudo proclamar aquello de que le daba lo mismo si la ley salía o no. Una bravuconada que resultaba insensato repetir ahora. La razón no es difícil de entender: el equilibrio fiscal que ha conseguido devendría insustentable si no resultase acompañado por las reformas estructurales en materia fiscal, laboral, impositiva y estatal, que sea hacen esperar. Y la llave que le permitirá abrir la puerta para encarar aquellas son los proyectos que se discuten en el Senado.
En punto a las decisiones que se han tomado en el área económica y a las negociaciones con los gobernadores y senadores en el Congreso, junto al presidente sobresalieron el titular de la cartera de Hacienda y el de la cartera de Interior, Luis Caputo y Guillermo Francos respectivamente. Contrastó el desempeño de éstos, en calidad de actores estelares, con la pobre gestión del hoy ex–jefe de gabinete, Nicolas Posse, que en los últimos días fue relegado y desairado por el propio presidente. Después de lo que escribieron y dijeron los medios durante el fin de semana, y en atención a su silencio frente a los destratos que sufrió en lugares públicos, su permanencia en el cargo que ocupó desde diciembre del año pasado era imposible. El desenlace estaba cantado, aunque los motivos que quebraron una amistad que venía de lejos entre él y Javier Milei todavía no son claros. Era un secreto a voces que la relación había sufrido un marcado deterioro y no daba para más. Como quiera que haya sido, forma parte de la historia.
Pero cuanto desnuda el caso de Posse -más allá de cuáles hayan sido sus errores en su fugaz paso por la función pública- es un problema de fondo de la administración libertaria: la existencia de una suerte de diarquía -de suyo imperfecta- que a veces mediatiza la libertad de acción de los ministros. El control del Poder Ejecutivo de los Milei arrastra un vicio de origen. Karina no es el Jefe -estrictamente hablando- pero, prescindiendo de considerar el lugar que ocupa en el organigrama, es todopoderosa por lo que significa para el presidente desde mucho tiempo antes de ingresar a las procelosas aguas de la política. Y también porque tiene el control absoluto del pasillo de acceso que termina en el despacho de su hermano, tanto en la Casa Rosada como en la Quinta de Olivos. En realidad, cumple funciones de los más diversas clases, al igual que Sebastián Caputo que- de ordinario- se superponen con las del ministro coordinador.
Guillermo Francos -que, de todos los nombres que saltaron a la palestra como posibles sucesores de Posse, era el más indicado para tomar la posta que dejaba éste- tiene por delante un desafío enorme: por de pronto, convertir en leyes los proyectos que están en manos de los senadores; por el otro, obrar como un primer ministro de hecho. Lo que no puede perder de vista en ningún momento -so pena de quedar pedaleando en el aire- son los parámetros de conducta de la diarquía antes mencionada. Su conocimiento de la Casta, tanto política como empresaria, le permite tener una visión de la cual su antecesor carecía. Posse estaba al tanto de los códigos de la patria contratista y no de los de la clase política; Francos, en cambio, acredita una vasta experiencia de uno y otro lado del mostrador. Se mueve como pez en el agua tanto entre diputados, senadores y gobernadores como entre empresarios y sindicalistas. El cambio de figuritas -que no generó ningún cimbronazo en términos institucionales ni en los mercados- y el nombramiento en el gabinete de Federico Sturzenegger suponen, pues, no tanto un relanzamiento de la gestión gubernamental como el comienzo de una segunda etapa.
Vicente Massot


Si alguien definió alguna vez a Donald Trump, Jair Bolsonaro y Alberto Fujimori como outsiders, es porque aún no conocían a Javier Milei. Si hay un político al cual le cabe como anillo al dedo la anterior definición, ese es el jefe de los libertarios argentinos. Y no solo en razón de que hizo su irrupción desde fuera de las murallas de la política, sino también por su estilo, sus modales, su lenguaje y su desparpajo a la hora de comunicarse tanto con sus seguidores como con los poderosos de esta Tierra. El presidente está encantado con el personaje que se ha inventado, y se siente en el mejor de los planetas. Por eso, con base en la decisión de la revista Time de elegirlo para su portada, dijo ser el jefe de estado “más popular del mundo”. Puede que sea una exageración -a las que es adicto- pero razones no le faltan.
