Cosas así sólo pasan en la Argentina. En vano se hallará un sainete semejante en alguno de los estados —incluyendo las repúblicas bananeras— que pueblan el planeta Tierra.
Llegados a esta instancia, ninguno de los principales actores estelares de la saga sabe bien a qué atenerse. En rigor, todo es posible porque las potestades del Ejecutivo, de la cámara alta y de la Corte chocan entre sí y cada uno se aferra a sus derechos —supuestos o reales— y actúa en consecuencia. Los pliegos de ambos candidatos del gobierno pueden ser rechazados por el Senado, lo cual no asegura que Ariel Lijo y —sobre todo— Manuel García Mansilla se vayan silbando bajito, con la cola entre las piernas, uno a su juzgado y el otro a su cátedra en la Universidad Austral. Si ello sucediese, seguramente desde la Casa Rosada enarbolarían el juramento que le tomo la Corte al segundo de los mencionados, para dar por válida su asunción.
Este es sólo uno de los tantos escenarios probables. Enumerarlos a todos, uno por uno, y entrar en detalles respecto de los mismos, resultaría imposible.
Es difícil imaginar a un Javier Milei dispuesto a retroceder atemorizado, que acatase el veredicto del Senado —supuesto que su decisión le fuese desfavorable— y se quedase sin el pan y sin la torta. Lo más seguro es que reaccione airado, cargue contra la casta senatorial y no dé un paso atrás.
El problema reside en que en el Congreso tampoco se aceptará mansamente que el Poder Ejecutivo lo pase por encima. Y, en definitiva, sobre la Corte recaerá la responsabilidad de precisar qué es y qué no es constitucional. Decir, pues, que un singular conflicto de poderes se recorta cada vez con mayor nitidez en el horizonte, no es pecar de tremendistas.
Como en el Antón Pirulero —ese viejo juego de nuestra niñez— cada cual atiende su juego. Los libertarios negocian con los legisladores radicales afines para evitar que el pliego de García Mansilla pueda ser considerado en el plenario del cuerpo.
El kirchnerismo no termina de ponerse de acuerdo —pese a las instrucciones dadas por Cristina Fernández a la bancada de Unión por la Patria— de si cerrar filas y fulminar a los dos nominados o , en su defecto, permitir que Lijo pase el examen mientras aplaza a García Mansilla. En el Pro —o lo que queda a flote del partido macrista— las aguas también vienen divididas y no hay motivos para suponer que sus integrantes vayan a ponerse de acuerdo. Por otra parte también entran en juego los gobernadores, siempre interesados en mantener buenas relaciones con el jefe del unitarismo fiscal.
Si en las tiendas mileístas el así llamado Triángulo de Hierro está o no arrepentido de haberse metido sin necesidad en tamaño berenjenal, es cuestión abierta a debate. Pero que el plan ideado por Ricardo Lorenzetti y vendido a los hermanos Milei como una obra maestra de la estrategia jurídico-política terminó siendo un fiasco, no hay duda. Sólo si Lijo contase con los votos que hacen falta y García Mansilla quedase fuera de la Corte, Lorenzetti se habrá salido con la suya de pura casualidad.
De lo contrario, sus aspiraciones de presidir ese cuerpo —una verdadera obsesión para el nacido en Rafaela— quedarán en el limbo y el gobierno, en una medida todavía indeterminada, deberá pagar el costo de comprar llave en mano un proyecto disparatado.
Hay quienes piensan que al oficialismo le han comenzado a entrar las balas. La suma —según dicen— del discurso de Davos, el escándalo de la cripto moneda, la designación por decreto de sus candidatos para la Corte Suprema, la decisión de validar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional a través de un decreto de necesidad y urgencia y la creciente movilización en las calles de distintos colectivos sociales probarían que la luna de miel de la ciudadanía con el presidente llegó a su fin y que, de ahora en más, comenzarán los libertarios a lucir la guardia baja y recibir cachetazos que hasta poco tiempo atrás hubiesen sido impensables.
No se crea que esta línea de razonamiento sólo anida en los ambientes kirchneristas, en el radicalismo de Lousteau y Manes, en el sindicalismo peronista y en las distintas facciones de la izquierda criolla. ¿Pero es así? Vayamos por partes, paso a paso, según la célebre frase de Mostaza Merlo cuando lo sacó campeón a Racing en 2001.
La determinación del presidente de la República de sacar por decreto el acuerdo con el FMI ha recibido el fuego graneado de casi todo el arco político. Desde Mauricio Macri y Ricardo López Murphy a la izquierda vernácula, pasando por las diferentes facciones de la UCR y —ni qué decir— del peronismo, han hecho cola para cargar contra el gobierno.
Es verdad que institucionalmente no parece la manera ideal de presentar el tema en sociedad, pero no es menos cierto que, salvo un político testimonial o uno suicida, ninguno se arriesgaría a que un plan de semejante trascendencia, en un momento crítico, naufragase en la cámara de senadores a manos del kirchnerismo. Los que se rasgan las vestiduras clamando por una mayor institucionalidad republicana pasan por alto el dato anterior. Si Milei hubiera cometido el error de mandar un proyecto de ley en lugar de un DNU, las posibilidades de recibir un torpedo en la línea de flotación habrían sido inmensas. Optó, entonces, por un atajo que después de todo nada tiene de ilegal o inconstitucional. Los biempensantes creen que siempre lo mejor es lo bueno. Los realistas, en cambio, prefieren en materia política la sentencia clásica: lo mejor es enemigo de lo bueno.
La fusión y confusión de las expresiones de deseos con la realidad no es nueva ni ha sido patentada en estas playas. En general, es propia de aquellos que en una determinada circunstancia, por mucho que acusen, salten, pataleen, despotriquen y hasta conspiren, nada pueden hacer en contra del gobierno de turno. Algo de esto les sucede a los críticos de la administración libertaria, que creen ver un camino plagado de dificultades insalvables.
El tono de sus predicciones —que por momentos rozan lo apocalíptico— se corresponde mal con el resultado del primer año del gobierno mileísta. Nada de lo que predijeron se ha cumplido, y mucho de lo que juzgaban imposible de acometer se ha logrado consumar en tiempo récord. No querer verlo representa una necedad, más allá de las impugnaciones que puedan levantarse en contra de la carencia de modales, la omnipotencia, la grosería y la falta de autocrítica del presidente y de sus primeras espadas que tienen —para qué negarlo— sus zonas oscuras.
Hasta la próxima semana


En punto a la manera como se sustancia en estos días el ingreso de dos nuevos miembros a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, nuestro país debería figurar al tope del libro Guinness de los récords. No, por cierto, merced a buenas razones. 