Estas reflexiones no deben pasar ni cerca de la mente de una persona totalmente autorreferencial como Cristina, que mira a su alrededor sintiéndose el alfa y omega de todo lo existente a su alrededor.
Si a esto le sumamos el desequilibrio conceptual que se advierte en sus habituales parrafadas altaneras, tenemos el plato servido: su mirada está dirigida “a las alturas”. A la historia –como ha sostenido alguna vez-, de Napoleón, los arquitectos egipcios y otras figuras relevantes de la misma, y al temor que desea generar en los demás por las consecuencias que generaría una espada flamígera que empuña para hacer tronar el escarmiento sobre todos los que desconozcamos que después de Dios solo hay que temerla a ella misma “un poquito también” (Cristina dixit).
Sus explicaciones sobre lo que debiera ser la organización de una sociedad son difíciles de entender porque parten de premisas que pretenden regir como si estuviésemos viviendo en un mundo ideal en el que los recursos económicos disponibles fueran infinitos y donde los seres humanos fuésemos un dechado natural de moral y ética, por el solo hecho de estar parados sobre nuestras dos piernas.
Es decir, un mundo con preceptos que contemplan un plano de espiritualidad “natural” que no existe.
Cristina se ha convertido (quizá muchos no lo advirtieron a tiempo), en una misionera que no sabe pensar bien y trata de imponer reglas por delante de cualquier análisis previo de la realidad, con la pretensión de “formar doctrina” (sic), llegando así a cualquier conclusión disparatada.
Ella siente estar por encima de todos, indicándonos admonitoriamente el camino de la redención. Un camino que nos lleve a ideales de pureza inalcanzable que chocan, inevitablemente, contra la esencia de la naturaleza humana.
“El primer medio para pensar bien es atender bien”, sigue diciendo el filósofo; lo que nos lleva al caso de una mujer que desoye los mensajes de la realidad y “picotea” aquí y allá ciertos conceptos que pretende unir como si hubiesen estado esperando su ensamblaje “augusto” para ser impuestos a los demás.
Una tarea propia de quien desprecia todas las ideas que no salen de su supuesto caletre privilegiado. Lo que está ocurriendo en estos días (bailecitos frenéticos en el balcón de su departamento de la calle San José incluidos), muestra que su vigencia política solo sirve a quien desea mantenerse en el candelero a la espera de nuevas oportunidades que le permitan seguir medrando con la impunidad.
Creemos que será difícil salir de este atolladero para quien no puede dominar un destino que fue forjando durante muchos años mediante delirios e intransigencias, vistiendo un ropaje que lograra adornar su presencia imperial (Rolex de oro en la muñeca incluido).
Por todo eso –y mucho más-, sería bueno que nos dejase en paz y acepte de una buena vez que sus ideas nacieron muertas, porque son meros enunciados que solo sirvieron para lo que tenemos a la vista: un escenario nacional donde muchísima gente chapotea en el barro por culpa de sus “ideas” (¿).
Recordando a Chesterton nos hemos preguntado muchas veces si su apariencia tiene alguna realidad, o es solo un resplandor fugaz e imprevisto que pronto será olvidado.
A buen entendedor, pocas palabras.


Como dice el filósofo catalán Jaime Balmes, “criterio es un medio para conocer la verdad en las cosas y quererlas como es debido”; y también una manera de ejercitar la voluntad para verlas claramente, afirmando por consiguiente la validez de los conceptos que logremos formarnos sobre ellas. 