Miércoles, 18 Febrero 2026 01:28

El mejor de los mundos - Por Fernando Santillan

 

Cinco novelas distópicas y una conclusión inesperada: leer sobre los peores futuros imaginables puede ser la mejor cura contra el pesimismo.

Desde hace unos años el tráfico de lecturas en casa dejó de ser unidireccional. Antes yo le pasaba libros a mi esposa, ahora nos los pasamos mutuamente. El pase más fructífero del año pasado fue El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Mi mujer lo amó y me dijo que tenía que leerlo, pero el libro languideció en mi mesa de luz durante meses.

 

En algún momento de julio lo agarré y me impresionó tanto que no sólo leí a continuación su secuela, Los testamentos, sino que me llevó también a releer algunas de las distopías que había leído de adolescente e incluso a armar un pequeño taller de lectura de novelas distópicas. Leímos Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932), 1984 (George Orwell, 1949), Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953), El cuento de la criada (Margaret Atwood, 1985) y La carretera (Cormac McCarthy, 2006). Además, yo leí los ensayos Distopía: una historia natural (2016), de Gregory Claeys, y Utopianismo: una muy breve introducción (2010), de Lyman Tower Sargent.

Ayudó a llevarme por el camino de la distopía cierto espíritu de época. Venimos de la realidad distópica de la pandemia. Durante un tiempo –que en Argentina fue más largo que en casi cualquier otro lado– vivimos en un mundo en el que había un virus en apariencia mortal; en el que se nos coartaron libertades; en el que ganó gran poder el Estado sobre el individuo y el poder ejecutivo sobre las otras ramas de gobierno; en el que la economía cayó, los niños no podían ir a la escuela y muchos etcéteras, incluyendo el aumento, acá y en el mundo, de gente totalmente rota por las drogas y la falta de oportunidades deambulando por las ciudades como zombies.

Lo distópico se ve también en el debate de ideas. Yuval Harari dice que la humanidad está en un punto de inflexión a partir del cual pueden cambiar los fundamentos no sólo de nuestras sociedades, sino hasta de nuestra biología. Con los avances de la biotecnología y la inteligencia artificial, dice, puede venir el fin del homo sapiens y la llegada de homo deus, que quizás pasa a ser más que humano, pero en cierto sentido menos humano. Y vivimos en un mundo de increíbles novedades tecnológicas, y la tecnología históricamente llevó a muchos a pensar en las nefastas consecuencias que podrían tener.

Algunas tecnologías despiertan al mismo tiempo utopías y distopías, como la de nuestros días, la inteligencia artificial: algunos imaginan un mundo de productividad sin límites en el que todos viviremos felices trabajando unas pocas horas o directamente sin trabajar; otros imaginan un mundo dominado por enormes inteligencias artificiales en el que el hombre pasa a ser innecesario.

Sentí esa ambivalencia desde el momento en que me puse a pensar el taller. Al principio pensé en un título en torno a lo depresivo, porque imaginaba que la lectura sería desesperante. Pero después algo me hizo pensar en la idea de «el mejor de los mundos posibles», y a pensar que quizás la lectura de esas novelas y el contraste con una realidad bastante menos dramática nos debería poner más optimistas.

Utopía y distopía

La idea del «mejor de los mundos» viene de Gottfried Leibniz (nacido en Hannover en 1646); el argumento básico de su Teodicea es que, como nuestro mundo fue creado por un Dios bueno y perfecto, tiene que ser el mejor de los mundos posibles. Quizás sea más conocida la respuesta de Voltaire en Cándido; tras dar cuenta de todo tipo de masacres, violaciones, enfermedades y desastres naturales, Cándido se pregunta con ironía: «Si este es el mejor de los mundos imaginables, ¿cómo serán los otros?».

La pregunta por «el mejor de los mundos» es bien moderna, y claramente no es una coincidencia que el concepto de lo utópico aparezca en los albores de la modernidad. En un contexto de un mundo en profundo cambio, Tomás Moro imaginó un país perfecto en un libro que llamó Utopía. El nombre es o una ironía o un equívoco; topía viene de topos, lugar en griego; el prefijo puede ser ou (ningún) o eu (mejor). O sea que sería mejor-lugar o ningún-lugar o un lugar que de tan bueno no existe.

Equívoco o ironía, Utopía se escribe cuando estaba comenzando una revolución científica que cambiaría la manera en que entendemos al mundo a nuestro alrededor y mientras Europa comenzaba la transición desde el feudalismo al capitalismo. En Inglaterra ocurrían los enclosures: las tierras comunes se cercaban para criar ovejas para lana, clave para la revolución industrial, pero generando al comienzo pobreza, desigualdad y criminalidad. Frente a esa realidad, Moro describió una isla imaginaria donde no había propiedad privada ni dinero, sólo se trabajaba seis horas al día y había muy pocas reglas gracias a la gran virtud de los ciudadanos. Pero Claeys, académico de lo distópico, dice que esta utopía tiene mucho de distópico: se basa en la guerra sobre enemigos externos y en la permanente vigilancia sobre los ciudadanos.

Desde el principio, entonces, utopía y distopía están emparentadas. Entre las distintas definiciones de utopía que presenta Lyman Tower Sargent, teórico de lo utópico, la que más me gustó es la de Darko Suvin: «La construcción verbal de una comunidad cuasi-humana en particular donde las instituciones sociopolíticas, las normas y las relaciones individuales están organizados de acuerdo con un principio más perfecto que el de la comunidad del autor». Es una definición bien política: una utopía es una visión de una sociedad que tiene determinadas reglas e instituciones creadas por el hombre. Y es una definición moderna.

Para el cristianismo, la utopía es el Edén, el paraíso terrenal. Pero después vino el pecado y de ahí es todo cuesta abajo hasta que vuelva el Reino de Dios. Para la modernidad, en cambio, la idea de progreso es central: hoy estamos mejor que ayer, y mañana podemos estar mejor que hoy. Todo puede cambiarse y mejorarse, no hay límite a lo que el hombre puede conseguir si se libera de las cadenas de la religión y de las convenciones contrarias a la razón.

Cada distopía expresa de alguna manera el terror dominante de su época y sirve para alertar sobre los peligros o para hacer evidentes los problemas del presente.

Algo así van a querer hacer en el campo político la Revolución Francesa, la Revolución Bolchevique, el comunismo chino de Mao y hasta el nacionalsocialismo alemán. Pero, como todos sabemos, esas revoluciones, esas grandes utopías, terminaron con millones de muertos. Esas utopías de la imaginación terminaron siendo realidades bien distópicas.

Lo distópico es hijo de lo utópico. Si lo utópico es muchas veces una reacción a un presente que se ve negativamente, lo distópico es muchas veces una reacción a utopías que se ven como un peligro mucho mayor. En la palabra distopía se agrega al ya conocido sufijo topos el prefijo dis, que viene de dus: malo, enfermo o anómalo. Una distopía es un mal lugar o, en la definición de la RAE, una «representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana».

En palabras de Claeys, las «novelas distópicas son futuros imaginarios en los que muchas cosas han salido mal». Y expresan principalmente «una aprehensión profunda respecto de dos desarrollos en particular»: por un lado, de los movimientos revolucionarios que prometían utopías, pero que muchas veces terminaron como despotismos mucho más aterradores.

Por otro lado, un temor a los efectos negativos de la ciencia y la tecnología, que «aparecían ahora tener dos caras, amenazando con la destrucción y un nuevo barbarismo».

Cada distopía expresa de alguna manera el terror dominante de su época y sirve para alertar sobre los peligros o para hacer evidentes los problemas del presente. Eso se puede hacer con tratados o narrativas históricas, claro, pero la literatura puede lograr hacer que eso nos llegue de una manera mucho más emocional y ser así más efectiva.

El futuro ya llegó

Todas las novelas del taller que armé responden a las preocupaciones y los terrores de la época del autor, pero todas en cierto sentido mantienen cierta actualidad, o pueden ser actualizadas para esta época.

El mundo de Un mundo feliz aparece después de que una sociedad regida por la ciencia y la industrialización terminara en una guerra que llevó a reconsiderarlo todo. La respuesta fue un Estado mundial donde la procreación no sexual con manipulación genética y el condicionamiento controlado centralmente crean un sistema de castas perfecto donde todos hacen lo que quieren y nadie quiere lo que no puede hacer; lo colectivo es todo, el individuo nada. Las personas se dedican a lo que están predestinadas a hacer y en su tiempo libre al disfrute, incluyendo el uso de una droga sintética perfecta, soma.

Es un libro escrito sobre todo contra el mundo científico-industrial que hace del hombre un mero engranaje; contra los métodos propagandísticos comunes al totalitarismo y al capitalismo; y contra el hedonismo superficial de la sociedad mercantil. Mucho de lo pensado en 1932 se hace mucho más posible y ominoso en 2026 con el avance de la genética y de lo que es posible en propaganda gracias a la inteligencia artificial y las redes sociales.

1984 tiene un objetivo político claro: oponerse al totalitarismo soviético. Orwell presenta un mundo dividido en tres grandes potencias, básicamente iguales, en guerra permanente y rotativa entre ellas, guerra que sólo sirve para que cada régimen controle internamente a sus poblaciones. La economía es centralizada e ineficiente como en la Unión Soviética y la política está basada en el poder puro: sin ley, sin sujeción a una realidad objetiva y con una represión brutal. Oceanía es el colectivismo total, donde no hay lugar para el individuo ni la privacidad.

Es el totalitarismo llevado a su máxima expresión. Su protagonista, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad alterando el registro del pasado. Su rebeldía es el amor, su lucha por recordar (su propia historia y la realidad) y su resistencia a aceptar que no hay una verdad objetiva. Oprimido por un poder total, Smith busca, y no logra, mantener su humanidad.

La capacidad de un Ministerio de la Verdad de alterar el registro histórico y la percepción de la realidad en el mundo de ChatGPT parece casi infinita.

La gran pregunta que nos plantea 1984 hoy es cuánto más eficiente (e imposible de quebrar) puede llegar a ser un totalitarismo con la capacidad computacional de 2026. Para saberlo quizás sólo tengamos que ver qué pasa con China en los próximos años. La capacidad de un Ministerio de la Verdad de alterar el registro histórico y la percepción de la realidad en el mundo de ChatGPT parece casi infinita.

De los cinco libros, Fahrenheit 451 es en donde está menos claro cómo es ese mundo y cómo se llegó a él. Lo que nos importa es que los bomberos no son los encargados de apagar incendios, sino de quemar los libros prohibidos, que son casi todos. Es, sobre todo, una crítica de la cultura de masas democrática y del conformismo al grupo –además de una declaración de amor de un lector a los libros y a las bibliotecas, la razón última quizás por la cual Borges amaba a Bradbury–.

Es un mundo de hedonismo superficial, sin lectores, con entretenimientos permanentes. La mujer de Guy Montag, el protagonista que se rebela, está permanentemente rodeada de pantallas (gigantes) e interactuando con personajes ficticios de esas pantallas. Cualquier similitud con esas mesas de restaurantes que vemos día a día, donde cuatro o cinco personas están absortas cada una con su pantalla (pequeña), no es mera coincidencia.

Bradbury creyó haber sido profético. Aunque no llegó a ver el impacto de las redes sociales sobre la capacidad de pensamiento crítico, en un prólogo publicado en 1993, dijo: «No tenés por qué quemar libros, ¿no?, si el mundo se empieza a llenar de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el mundo se convierte a sí mismo en básquet y fútbol en pantalla grande hasta ahogarse en MTV, no hacen falta Beattys para encender el kerosene o perseguir al lector».

El mundo de El cuento de la criada es el de una teocracia patriarcal que surge en contra de los avances del feminismo y frente a la caída de la natalidad. Como en 1984, estamos frente a una distopía antiutópica; acá la búsqueda de la utopía feminista termina en una distopía misógina.

Es un totalitarismo dominado por una secta religiosa (Sons of Jacob), en un contexto de catástrofe ambiental, donde la mujer está totalmente subyugada, en sus distintas funciones o castas. Las criadas, en particular, son esclavas sexuales, pero no para satisfacción sexual de los hombres, sino para procrear.

En estos años parece verse una vuelta del péndulo: el wokismo ya no reina sin oposición y muchos de los puntos más radicales de la así llamada «ideología de género» empiezan a perder posiciones en el debate público. Pero es claramente un cambio mucho menor que el de la novela. En este sentido, El cuento de la criada sirve para recordar al feminismo todo lo que se ha ganado y la importancia de defenderlo, diciendo, de alguna manera, que podríamos vivir en un mundo mucho peor.

El hombre podría destruir el mundo en el que vive. Pero no lo ha hecho. Podría generar mundos terribles, pero no lo ha hecho.

La última de las novelas lo dice mucho más claramente. La carretera, de Cormac McCarthy, presenta un mundo postapocalíptico: no sabemos muy bien qué pasó (guerra nuclear, apocalipsis climático u otra causa), pero sí que hay un padre que, contra todo lo que pasa a su alrededor, busca la supervivencia propia y de su hijo sin perder su humanidad en el camino. Acá lo distópico no es por exceso de poder (un Estado totalitario), sino por ausencia de poder: la falta total de orden, un estado de naturaleza hobbesiano.

La carretera puede ser muy deprimente (son muchas páginas de dos personas tratando de encontrar comida, hacer un fuego para calentarse y no ser esclavizados o asesinados), pero también esperanzadora. Nos presenta la historia humana como la transmisión de valores, de conocimientos.

En los 20 años desde que se publicó, la posibilidad de un apocalipsis ambiental lamentablemente no parece haber bajado, y el mundo parece cerca de una nueva carrera armamentística nuclear: el 5 de febrero expiró el último tratado de control de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia, mientras el arsenal chino sigue creciendo. Frente a esta actualidad, La carretera parece decirnos que cuidemos este mundo que tenemos.

Como decía Cándido, el mundo está lleno de desastres, violaciones de derechos y peligros. Algunos ven a la realidad estadounidense actual como distópica. Las imágenes del 7 de octubre nos recordaron que la barbarie está siempre horrorosamente cerca. La invasión rusa a Ucrania muestra que la guerra de conquista sigue siendo una posibilidad. Y sobre todas estas cosas hay operaciones persistentes para borrar lo real (¡fake news!) mientras casi nadie habla del genocidio real que parece estar ocurriendo en Sudán del Sur.

Razones para no desesperar

Si este es el mejor de los mundos, ¿qué nos queda? ¿Cómo ser optimistas en este contexto?, me pregunté. Y recordé la respuesta que me dio un veterano académico estadounidense cuando le dije que era pesimista sobre la Argentina. «¿Sabés en qué se parecen un pesimista y un optimista?», me preguntó. «En que el pesimista cree que vive en el mejor de los mundos, y el optimista también».

Las cinco novelas distópicas que leímos podrían escribirse hoy más dramáticamente con la misma o mayor verosimilitud: estamos más cerca de generar castas genéticamente y hacer que las personas pierdan toda relación con la realidad; ya ni falta quemar libros porque estamos todos idiotizados por el último video en el celular; y la baja de la natalidad no es una idea loca, sino una realidad, mientras importantes corrientes de opinión quieren volver a los roles de género de siglos pasados y un holocausto nuclear o ambiental parece más cercano que en los últimos 20 o 30 años.

La tecnología sigue siendo un peligro y una promesa. Pero si miramos para atrás, ninguno de esos peores escenarios ocurrió, la Unión Soviética cayó como un castillo de naipes, seguimos leyendo y escribiendo libros y la reacción antifeminista parece limitada.

Sí, el hombre podría destruir el mundo en el que vive. Pero no lo ha hecho. Podría generar mundos terribles, pero no lo ha hecho. Y mientras tanto, ese mundo capitalista e industrial tan vilipendiado ha generado avances formidables en los niveles de vida y en lo que el hombre es capaz de hacer.

Dicho de otro modo: quizás leer novelas distópicas sea una manera más efectiva, o al menos complementaria, de ver los avances de la civilización traídos por la revolución científica, el liberalismo, la democracia y el capitalismo que leer En defensa de la Ilustración, de Steven Pinker.

Fuente: https://seul.ar/distopias-pesimismo/

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