Durante décadas en la Argentina se construyó una teología política involuntaria: cuando gobernaba el peronismo, se decía, el viento global soplaba a favor; cuando gobernaban otros, soplaba en contra. Pero los dioses también cambian de humor. O de partido.
La narrativa se fue extendiendo entre economistas, politólogos y gente de mercado no como una afirmación metafísica, sino estadística. La lectura de los ciclos globales mostraba que cuando el viento internacional empuja, el peronismo tiene el timón. Cuando el mundo se pone tormentoso, en la intemperie están otros. En la visión pagana, además de peronista, Dios también era sectario.
La evidencia es contundente. El desplome del precio de las materias primas terminó de asfixiar al gobierno de Raúl Alfonsín, que ya lidiaba con su propio incendio fiscal y una nominalidad descontrolada.
A Fernando De la Rúa no lo ayudaron los commodities ni el calendario: el valor global del dólar, al que la convertibilidad había atado el peso, tuvo en sus dos años de gestión su promedio más alto en décadas.
A Macri le tocaron años sin euforia externa y después una sequía brutal, el pívot de la Reserva Federal y la reversión de flujos de capitales de emergentes, que marcaron su suerte antes de que pudiera consolidar nada.
El credo también ilumina la otra vereda. Hasta 1994 Menem se benefició del cambio de humor hacia emergentes. El boom de commodities de los 2000 fue la energía que alimentó la experiencia kirchnerista: soja en niveles récord, China demandando todo, liquidez global derramándose sobre los emergentes. En ese ecosistema, hasta los desequilibrios encuentran su tiempo. Sin ese viento a favor, el margen habría sido mucho menor.
Esta fe en que la divinidad tiene afiliación partidaria dicta que en el resto del mandato de Javier Milei deberíamos esperar algún castigo externo: alguna caída de precios, un cierre financiero, una reversión brusca de capitales.
Un recordatorio de que el cielo también vota. Pero no sólo no es lo que está sucediendo: está sucediendo lo contrario y tiene margen para profundizarse. Tal vez, al igual que muchos otros argentinos, Dios dejó de ser peronista.
La marea Trump
El concepto abstracto de “contexto internacional” se puede sintetizar en dos grupos de variables: las comerciales (precios de materias primas, términos de intercambio, crecimiento de socios y oferta de exportaciones) y las financieras (tasas libres de riesgo y spreads de crédito). Dejamos una tabla comparativa por período.

Las conclusiones que podemos sacar son claras: aunque los precios de las materias primas que exporta argentina hoy distan mucho de aquellos de los que gozaron los dos mandatos de Cristina Kirchner (la soja en términos reales está entre un 30% y un 40% por debajo, mientras que el trigo y el maíz están un 40% y un 50% más deprimidos), la situación está lejos de ser grave.
Empecemos por el agro, históricamente el sostén de las exportaciones argentinas. Los volúmenes de cosecha son hoy mucho más significativos. En parte por la ampliación de la frontera de producción del sector (mejora de la productividad por la tecnología mediante) y en parte por las fuerzas del cielo (condiciones meteorológicas favorables).
A esa bonanza del agro para garantizar la oferta de dólares debemos sumarle el impulso (ya palpable y también más predecible) que da Vaca Muerta. Y también el que insinúa el desarrollo de la minería, todavía incipiente pero potencialmente muy grande. Si este combo termina de consolidarse, Argentina estaría en condiciones de capturar diversificadamente los ciclos de materias primas.
El crecimiento de los principales socios comerciales tampoco parece algo por lo que debamos preocuparnos. Es cierto que hoy China crece a un ritmo menor, pero también es cierto que lo hace desde una base más alta (de hecho, un crecimiento de 4,3% hoy, sobre la base del PBI chino de 2012 significaría un crecimiento del 10%). Brasil, por su parte, está en una situación mejor que la de 2014 o 2015, cuando transitó una crisis económica de la cual fue saliendo lentamente.
El último impacto positivo por el canal comercial viene por los términos del intercambio: nos referimos a la caída que registran los precios de los productos que Argentina importa. Cuando componemos el efecto neto de este shock de precios, queda claro que la situación actual es la mejor en muchísimo tiempo.
En el canal financiero hay bemoles. Es cierto que las tasas libres de riesgo (las de Estados Unidos) son ahora más altas que durante la bonanza de los emergentes. Pero también es cierto que los spreads crediticios que los inversores le cargan a esa tasa base cuando analizan comprar bonos de economías emergentes están hoy cerca de sus mínimos históricos: 220 puntos contra 350 puntos en promedio desde 2003. Y Argentina todavía no logra beneficiarse plenamente de eso: su integración financiera al mundo es parcial, en parte por el cepo residual.
Está claro que algo cambió en la relación entre países desarrollados y emergentes. Cuando miramos cómo vienen los activos globales, vemos que los mayores retornos están justamente en activos del universo emergente.
En las acciones, el índice MSCI Emerging Markets subió 14% en dólares este año (LatAm +22%) vs solo +1% para el S&P 500 de EE.UU. En la renta fija, los bonos emergentes en dólares (índice EMBI) suben +1,5% y los de moneda doméstica +3,5% en el año, mientras los bonos del Tesoro estadounidense de una duración similar crecen menos de 1%. Trump ayudó a este resultado, con una política económica totalmente impredecible.
La mejor performance de los activos emergentes es un proceso que parecería haber empezado antes, con el cambio de administración en Estados Unidos: las acciones emergentes subieron 33% en 2025, mientras el S&P 500 lo hizo un 18%.
Es llamativo que el proceso de mayor tolerancia al riesgo de los activos emergentes se dé con tasas libre de riesgo que no son tan bajas. Eso, de hecho, nos está diciendo algo. La retórica que circula entre los participantes del mercado es que hay un “dollar debasement trade”, es decir, una apuesta a que el dólar deje atrás sus años de fortaleza y pierda valor.
Parte de esta justificación vendría dada por una economía norteamericana que ya no crece tanto más que el resto del mundo (Europa con su estímulo fiscal y los emergentes con mejores fundamentos estarían haciendo el catch up y la dinámica del empleo en EEUU estaría dando cuenta de ello), pero también por una serie de eventos que empiezan a poner en cuestionamiento el valor de las instituciones en la potencia del norte.
Los asaltos a la independencia de la Reserva Federal y la imposición de aranceles récord (ahora desafiados por la Corte Suprema) son algunos ejemplos.
Por último, hay una razón macroeconómica: la dinámica de la deuda estadounidense también empieza a levantar alarmas sobre su sustentabilidad de mediano plazo, sobre todo porque no se está haciendo demasiado en el plano fiscal para evitarlo. En ese contexto, la diversificación hacia otras latitudes puede empezar a tener algo de sentido.
Hay un cambio de paradigma en los inversores respecto de lo que ha ocurrido en los últimos años. Según el Institute for International Finance (IIF), los flujos de capital a emergentes alcanzaron en enero el mayor registro en los últimos 20 años: casi 100.000 millones de dólares en un solo mes. Y esto lo único que hace es revertir una década de desinterés total por el mundo menos desarrollado: datos del banco Barclays sobre flujos de inversores institucionales a bonos y acciones emergentes sugieren que, incluso después de esta suba, el flujo acumulado desde 2017 es prácticamente nulo. El potencial es altísimo.
Si Dios sigue siendo peronista, por lo tanto, mucho no se nota.
Felicitaciones, tu problema es otro
Con este escenario internacional el problema argentino está cambiando. ¡Por fin! La proyección del país como proveedor global de alimentos, energía y minerales es un lugar rentable desde donde integrarse, que tiene el potencial de resolver muchos de los problemas estructurales de los últimos 50 años. En este escenario, el abastecimiento de divisas no debería ser la principal preocupación macro ni la estabilidad o la apreciación cambiaria deberían ser la medida del éxito.
La historia comparada muestra que producir materias primas no garantiza nada por sí mismo. Australia, Canadá y Noruega convirtieron sus recursos en estabilidad construyendo reglas fiscales anticíclicas, fondos soberanos, apertura comercial y, sobre todo, inversión en capital humano orientada a mitigar el impacto gigante de estos cambios sobre el resto de los sectores. Chile, con todas sus tensiones, logró amortiguar el ciclo del cobre con disciplina macro y un marco institucional previsible.
En el extremo opuesto, Venezuela dilapidó el petróleo en prociclicidad fiscal y captura política; Nigeria y Angola no lograron transformar la renta en productividad. La abundancia del recurso fue el mismo que en Canadá o Australia. Lo que cambió fue la calidad de la gestión.
Si Argentina entra en una etapa de abundancia relativa de dólares por agro, energía y minería, la discusión relevante se desplazará hacia cómo tener instituciones que ordenen el ciclo, ahorro contracíclico, inversión sostenida en educación, infraestructura y competitividad. Con reglas claras y foco en productividad, el mundo hoy puede financiar un salto estructural.
Pero incluso esa reconversión plantea un desafío en sí mismo: ¿cómo lidiar con los ganadores y perdedores, sobre todo si los últimos son más que los primeros?, ¿cómo hacer sostenible desde un punto de vista social esta transformación necesaria?, ¿cuál es la estrategia óptima para no poner en riesgo el proceso político que la encarna? Son problemas a los que estamos poco acostumbrados.
Dios puede cambiar de partido. La economía política, en cambio, es un poco más terca.
Fuente: https://seul.ar/dios-dejo-de-ser-peronista/



