Lunes, 23 Marzo 2026 00:46

Como viví el golpe de estado del 23 de marzo de 1976 - Por Gustavo Ferrari Wolfenson

Pibe, me dicen mis fuentes que es esta noche, así que prepárate”.

Con  palabras me recibió el 23 de marzo de 1976 el mayor Abel Rodríguez consejero político por la secretaria de Inteligencia (SIDE), de la embajada Argentina en Mexico, cuando llegue temprano a la embajada   en donde me desempeñaba como encargado del departamento cultural y de prensa. 

 

Abel era un militar que en la época de la segunda presidencia de Peron estuvo a cargo de la famosa oficina de Coordinación Federal y, según sus propios relatos,  abandonó el cargo cuando descubrió que Juan Duarte, cuñado del Presidente, encabezaba un negociado que el propio Peron le había ordenado investigar.

Echado durante la Revolución Libertadora, regresó al servicio activo con la vuelta del peronismo en el 73, como enviado de la SIDE en el exterior. Yo por mi parte, un “che pibe” de apenas 20 años, que había entrado a trabajar en la oficina de asuntos culturales y de prensa de la embajada a mis 17  con la misión de recortar los diarios del día y armar el inventario de la biblioteca, me había convertido en el encargado de la dependencia dado que el funcionario titular había sido removido por la famosa ley de prescindibilidad implementada por el canciller Alberto  Vignes y el cargo seguía vacante.

Trascurrió todo el día 23 sin mayores sobresaltos. Al terminar mis actividades cotidianas en la agregaduría cultural y de prensa,  partí a la universidad donde estaba cursando los últimos talleres para la preparación de mi tesis de grado.  Volviendo ya noche a mi casa, saludo a mis padres y cuando empiezo a prepararme para irme a dormir,  enciendo en la TV los últimos minutos del famoso noticiero de Jacobo Zabludovsky donde se despedía hasta el día siguiente con el cierre de las luces del estudio.  Cuando estoy sacándome la camisa, me sorprende que se encienden de nuevo las luces del estudio de TV, regresa Jacobo a su asiento y comunica que hace breves minutos, se había producido un golpe militar en la Argentina y había sido destituida y detenida la presidente (con E) María Estela Martínez de Peron).

Con la misma velocidad que me estaba desvistiendo, me volví a poner la camisa, el saco, subí a las habitaciones de mis padres, les di la noticia y les dije “me voy a la embajada”.  La sede diplomática era un hervidero de funcionarios que llegaban a saber qué pasaba. Nadie sabía nada. La oficina de cables (único modo de comunicación en esa época con las autoridades oficiales) estaba a la expectativa de recibir alguna información, pero los teletipos estaban mudos. La prensa local llamaba para pedir una noticia que no teníamos y el entonces embajador, Francisco Molina Salas,  me dio la instrucción “ándate a tu oficina que vamos a concentrar allí todo lo que sepamos.”

La oficina cultural y de prensa de la embajada, llamada Casa Argentina, (la verdadera, no la posterior que se conformó con exiliados llegados al país) estaba en el epicentro cultural de la entonces ciudad Mexico, conocida como Zona Rosa.  Era un planta baja  a la calle que se había abierto a principios de los 70, con salón de lectura, biblioteca,  espacio para exposiciones de arte, conferencias, presentación de libros.

Creada por el entonces agregado cultural Mario Palacio (sobrino de Alfredo) anos después se potenció en su labor con la llegada de Javier Fernandez, viejo estudioso sarmientista,   que venía de ocupar un cargo semejante en la misión de la UNESCO en Paris. Fernández había convertido la Casa Argentina en un espacio de difusión y protección de la cultura argentina que sirvió años después para arropar a muchos de los actores que llegaron escapados primero por las amenazas de las AAA, y luego de la barbarie de la Junta Militar.  

Continúo mi relato. Llego a eso de las dos de la mañana a la oficina, convocando al personal que me acompañaba en mis funciones con la simple instrucción de esperar algo que sabíamos por todos los medios internacionales, pero oficialmente desconocíamos.

En tiempos donde los whast app no entraban en la imaginación y sólo el teléfono de línea era el único medio de información, cada media hora llamaba a la embajada preguntando qué noticias había, ya que la prensa local y los corresponsales extranjeros acreditados en el país habían copado nuestras instalaciones en busca de algún comunicado o declaración que explicara lo sucedido.  

Con la noche en vela y un silencio informativo sepulcral, a eso de las ocho de la mañana, me llama el embajador y me dice que acaban de recibir un cable cifrado (secreto) y que informara a la prensa que, a las once de la mañana, tiempo que tardaba un cable en descifrase,  se daría el comunicado oficial pertinente.

Siendo las once horas, y habiendo recorrido dos veces el trayecto que unía la Zona Rosa con las Lomas de Chapultepec (sede de la embajada) ya con el cable decodificado en mis manos, me someto a la lectura de la siguiente información: “Ante el caos institucional, el desgobierno y la corrupción reinante en el gobierno de la señora María Estela Martínez de Peron,  a partir de la fecha, la República Argentina se encuentra bajo el control operacional de la junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas,  con la finalidad de preservar el orden y la tranquilidad país”. Se presentaba como un proceso de reorganización nacional y de orden.

Mucho más no se dijo y mucho más no se sabía. Luego siguió la difusión de los ya conocidos comunicados número uno y dos, dirigidos más hacia la ciudadanía del país que a la comunidad internacional,  que recordaban la vigencia del estado de sitio.

El siguiente paso que correspondía era, según el protocolo,   solicitar al país donde estábamos acreditados el reconocimiento del nuevo  gobierno tras el golpe de estado.

Este hecho  en el derecho internacional es un acto político y declarativo, no constitutivo, mediante el cual otros Estados aceptan o rechazan a las nuevas autoridades de facto como los representantes legítimos del país. A diferencia de los cambios de gobierno constitucionales, un golpe de Estado genera una situación de incertidumbre que lleva a la comunidad internacional a evaluar si el nuevo régimen tiene control efectivo sobre el territorio. 

Recuerdo que cuando se empezaron a planificar la ejecución de los canales oficiales para pedir  el reconocimiento, el entonces agregado militar, cual película “El Embajador” de Cantinflas, pretendió sublevarse al jefe de misión Molina Salas,  diciendo que como era un golpe militar, él ahora ejercía el control de la embajada y le correspondía a su cargo encabezar la solicitud oficial del reconocimiento del nuevo gobierno, situación que finalmente no ocurrió porque este señor podría saber de armas,  pero nada del protocolo diplomático.

Mexico, por su parte, gobernado en ese entonces por el presidente Luis Echeverria Álvarez, respondió con su adhesión a la doctrina Estrada de no intervención en los asuntos internos de los estados, pero no reconoció de inmediato a la junta militar argentina tras el golpe del 24 de marzo de 1976. Mantuvo una postura de "distancia crítica" y frialdad diplomática que se prolongó durante varios meses hasta que se fue normalizando sobre los finales de su gobierno de ese mismo año.

A medio siglo del suceso de un golpe de estado que todos los días se anunciaba y hasta se anhelaba, el  periodo  de una dictadura impuesta en 1976 por las Fuerzas Armadas con apoyo civil,  con la participación de funcionarios de extracción política  involucrados en su gobierno tuvo y hay que reconocerlo,  un consenso social amplio, ya que de no haber sido así, jamás hubiese existido.

Durante su periodo transitó por varias facetas, atravesó tensiones a partir de sus dimensiones económicas, sociales,  regresivas y sus tecnologías represivas, sumados a la violación de los derechos humanos, una cuasi guerra con Chile y otra perdida contra el Reino Unido y la OTAN.

Hoy en plena consolidación de la restauración democrática, resulta importante volver sobre los objetivos del golpe, pero al mismo tiempo recordar los entonces vínculos entre la sociedad y el régimen militar.

Yo por mi parte, he querido narrar esta experiencia que me tuvo como protagonista hace 50 años, a miles de kilómetros de distancia de los hechos.

Para el “Che Pibe preparate” fue el bautismo de fuego de muchas posteriores anécdotas, aventuras que se fueron entrelazando, alimentando y abonando mi trayectoria profesional y mis experiencias en la propia vida.  Como diría Mario Benedetti, Vivir / después de todo/ no es tan fundamental/ lo importante es que alguien/ debidamente autorizado/ certifique que uno/probadamente existe…..

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