Miércoles, 15 Abril 2026 14:18

De escándalos, incongruencias y conjeturas – Por Vicente Massot

Por vez primera desde que Javier Milei dio cuenta del candidato peronista en las elecciones substanciadas en noviembre de 2023, dos encuestas —de esas a las que les cabría el calificativo de serias, si es que las hay— muestran un dato preocupante para la administración libertaria: quienes consideran que la situación por la cual atraviesa la sociedad en su conjunto se debe más al actual gobierno que a su antecesor kirchnerista, son mayoría.

Esto no había pasado nunca y era una de las principales ventajas del oficialismo. En la medida que los dos Fernández —Alberto y Cristina— eran tenidos como los responsables de las penurias que abruman a una parte considerable del país, los hermanos gobernantes contaban con ese punto a su favor.

 

Ahora la situación ha sufrido un giro significativo que no sólo registran algunas mediciones. Si hubiese que buscar un par de hechos representativos de ese cambio del humor ciudadano no hay mejor testimonio que el del propio Presidente de la Nación en su pedido de paciencia del jueves pasado a todos los argentinos, y en su reconocimiento de que 3,4 % de inflación es un dato malo. En un político poco dado a reconocer errores y, en términos generales, intemperante cuando se le hace notar que algunas cosas no llevan buen camino, que se haya allanado a aceptar la realidad de tal manera pone en evidencia que en la Casa Rosada se dan cabal cuenta de los obstáculos que se recortan en el horizonte.

Por supuesto entre el análisis que hace el oficialismo del contexto en que se mueve su gestión, y el que efectúan las diferentes capillas opositoras, media un verdadero abismo.

Aquél supone que, finalizado abril, comenzará una recuperación de la economía y una baja de la inflación. En cambio, desde la viuda de Kirchner y Axel Kicillof, hasta Miguel Pichetto y Emilio Monzó, entre muchos otros, dan por sentado que se les ha abierto una posibilidad para competir en igualdad de condiciones el año próximo. Ellos piensan que los libertarios enfrentan una crisis de igual o superior magnitud a la que debieron ponerle el pecho luego de la estruendosa derrota sufrida, a manos del peronismo bonaerense, en septiembre pasado. Dan por descontado —con más voluntad que argumentos sólidos— que ha comenzado para el gobierno un deterioro sin retorno, si acaso ellos lo saben aprovechar.

El serio problema que los sobrevuela es cómo conformar una alianza que —si desea ser exitosa— debe ser capaz de reunir a quienes están en la vereda de enfrente del mileísmo y también a una serie de desencantados sin observancias ideológicas definidas. En teoría, la tarea es asequible. Llevar tamaña estrategia a la práctica es, sin embargo, en extremo dificultoso. Porque habría que conformar por igual a los seguidores del más rancio kirchnerismo, a los cacicazgos del peronismo ortodoxo que anidan en el interior del país, a algunos radicales y —lo que resulta mucho más complicado— a una parte de los independientes, que a partir de l983 son los que deciden las elecciones en nuestro país.

Aunque en el análisis político no es aconsejable interpretar el futuro con base en experiencias análogas, lo cierto es que las tres alianzas —cierto que de distinta naturaleza— que se gestaron luego del ciclo menemista, terminaron en fracasos más o menos rotundos. De la Rúa no pudo completar, en tiempo y forma su mandato. Mauricio Macri, luego de un inicio auspicioso, terminó sus cuatro años de mala manera. Parecida fue la performance de Alberto Fernández.

Vistos los actores que han comenzado a barajar la hipótesis de una gran fuerza de centro para plantársele a Milei dentro de dieciocho meses, la probabilidad de que sus anhelos lleguen a buen puerto parece hoy remota. ¿En razón de qué se bajaría Kicillof de sus aspiraciones de llegar a Balcarce 50 ó en virtud de qué motivo podría un independiente no peronista convencerse de que hay que votar al gobernador bonaerense? El gobernador bonaerense se considera el político opositor con más votos —en lo cual no se equivoca— de modo tal que resultaría una ardua tarea hacerle entender que sus antecedentes ideológicos representan una valla infranqueable para sumar a los indecisos. Éstos, a su vez, huirían espantados si tuviesen que entrar al cuarto oscuro para sufragar por un kirchnerista confeso.

Mas allá de estas especulaciones de rigor, en función de las idas y venidas que se han producido en el curso del último mes —visita de Pichetto a la ex–presidente presa en su domicilio de la calle San José; la idea lanzada al ruedo por Sergio Uñac, ex gobernador de San Juan, para definir la interna peronista, y el encuentro en La Plata de Emilio Monzó y Nicolás Massot con el mandatario bonaerense— el gobierno se halla a la defensiva. Por motivos que son del caso enumerar con prolijidad, no ocupa el centro del ring con la misma presencia y determinación de meses anteriores. Se defiende como puede, pero lo hace de una forma desordenada.

Por de pronto, se halla empantanado en arenas movedizas por culpa de Adorni y la tozudez, al menos, de Karina Milei. Cualquiera habría dado un paso al costado para no entorpecer la gestión libertaria. Por su parte, la secretaria general de la presidencia hace rato que debió, con buenas maneras, pedirle la renuncia a su protegido. A esta altura, no hay quién en el gabinete nacional no considere que cuanto antes se vaya a su casa el ex–vocero, mejor será para una administración que no pasa por su mejor momento, precisamente. Claro que ningún ministro o secretario de estado se animaría a vocear sus convicciones en público.

Todo es en sordina. La única que hizo una tímida referencia al caso —recogida enseguida por los medios— fue Patricia Bullrich.

A lo expuesto más arriba es menester agregarle la feroz interna que se desarrolla entre Santiago Caputo y la hermanísima. Si bien el asesor estrella de Milei no está en condiciones de ganar, la guerra de zapa que desenvuelve a expensas de su enemiga complica el manejo de la administración. Mientras el oficialismo venía impulsado por un fenomenal viento a favor, las rencillas entre los dos no sólo no pasaban a mayores sino que no entorpecían la marcha del Poder  Ejecutivo. Sin ese impulso tan importante, que acompañó al oficialismo durante dos años, pelearse a vista y paciencia de la población representa una torpeza inconcebible.

Por fin, está la caída del consumo, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y la falta de reactivación de distintos sectores productivos de mano de obra intensiva. En la merma del enorme apoyo que supo tener el gobierno y en alguna medida ha perdido, está el bolsillo —al decir de Perón, la víscera más sensible del ser humano. En comparación, las disputas de Karina Milei con Santiago Caputo y la soberbia tramposa de Manuel Adorni son inconvenientes menores.

La heladera vacía, inversamente, siempre supone un problema mayúsculo que, en esta oportunidad, se agrava en virtud del programa revolucionario de los libertarios.

Dicho de manera diferente: no es posible poner en marcha un tamaño plan de ajuste y de modificación de la matriz productiva argentina, sin que haya ganadores y perdedores netos.

Es como querer cocinar una omelette de huevos sin romperlos previamente. Lo que está planteado no tiene vuelta atrás. En el mismo país —el nuestro, se entiende— conviven dos realidades: por un lado, el fenomenal éxito en materia de reducción del déficit fiscal; el alza de las exportaciones que podrían orillar los U$ 95.000 MM este año y crecer aun más, impulsadas por Vaca Muerta, la  minería y el agro, en 2027; la baja de la inflación, a pesar del rebote de los últimos meses, y el descenso de la deuda. La contracara es la que tiene que ver con el ya citado bolsillo.

Ello supone que todos aquellos sectores que vivían de la inflación —que trasladaban a precios en un mercado regulado y, de suyo, cerrado— carecen de futuro. Ahora bien, ¿qué pasará con los operarios de esas empresas, que son cientos de miles y están habilitados para votar? ¿Tendrán paciencia? Es la pregunta del millón.

Hasta la próxima semana.

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