Miércoles, 06 May 2026 19:24

Los opositores huelen sangre – Por Vicente Massot

De pronto, como sea, en las tiendas opositoras se han sacudido la modorra y sus principales figuras —desde Axel Kicillof, Sergio Uñac, Mauricio Macri y Victoria Villarruel, hasta Miguel Pichetto, Emilio Manzo, Nicolás Massot y algunos de los más encumbrados representantes del peronismo federal— no solo comienzan a desperezarse sino que demuestran un singular apuro a la hora de cantar el presente y lanzarse al ruedo preelectoral. Sin embargo, faltan todavía trece meses para que se substancien las PASO —si acaso se llevan a cabo— y quince para la primera vuelta de los comicios presidenciales. ¿Pecan, entonces, por apurados?

En atención al deterioro que ha sufrido la administración libertaria en el curso de este año, parecería que no.

 

Si con posterioridad a la estruendosa victoria de octubre pasado, Javier Milei avizoraba un futuro venturoso y daba la impresión de que nada se interpondría en su camino a la reelección, a partir de enero el panorama comenzó a cambiar de manera acusada. No es que el presidente deba olvidarse de su sueño de continuar hasta 2031 en la Casa Rosada, pero para que sea posible deberá revertir el proceso de desconfianza y desilusión que ha permeado fuerte en distintos sectores de la población que en el 2023 lo votaron esperanzados y le permitieron vencer a Sergio Massa.

Los tiempos donde todo lucía color de rosa y los astros aparecían alineados como un solo hombre detrás de la figura de Milei, son cosa del pasado. Cuanto a los opositores del gobierno les parecía muy difícil o casi imposible cuando La Libertad Avanza arrasó en aquellas elecciones de medio término, ahora lo consideran asequible y se han decidido a ocupar un lugar en las gateras de cara a lo que se pondrá en juego el año que viene. Se entusiasman a poco de leer y analizar en detalle las distintas encuestas de opinión que ponen de relieve hasta qué punto ha caído la imagen positiva del presidente y de su gestión. Eso hace que se ilusionen —total no cuesta nada— con la idea de regresar al poder.

La primera prueba de fuego —tanto para el oficialismo como para los partidos que están en sus antípodas o los que han sido hasta aquí sus aliados tácticos— habrá de darse en las próximas semanas, al momento de tratarse el proyecto de eliminación de las PASO que han presentado los libertarios en el Senado de la Nación.

El asunto no es menor y así lo han entendido todos los interesados. Para Balcarce 50 resulta fundamental hacer de lado las internas abiertas y obligatorias. Ello representaría para ellos una ventaja enorme, si se considera que obligaría a sus conten-

dientes a dirimir diferencias a través de un sistema que deberían pagar de sus bolsillos y, además, quedarían expuestos a que los simpatizantes de otras agrupaciones voten como si fuesen afiliados.

De lo contrario, para evitar tamaño riesgo, tendrían que confeccionar padrones propios, tarea que no es fácil.

No hay razones suficientes para explicar por qué la Unión Cívica Radical, el Pro y Provincias Unidas podrían compartir la idea oficialista y se allanarían a eliminar las PASO. Sería como pegarse, a propósito, un tiro en el pie. También contradice la lógica más elemental que los gobernadores que se han acercado a Milei y, en muchas ocasiones, han prestado sus votos a cambio de favores varios, en esta obren como acompañantes del proyecto oficialista.

El mandatario tucumano Osvaldo Jaldo ya dijo que el proyecto de ley es “un traje hecho a medida” para el gobierno.

Agregó que no lo votaría. Aun así, el oficialismo tiene una baraja de peso bajo la manga, que bien podría seducir a los peronistas de Salta, Catamarca, Tucumán y Misiones, al menos: no presentar listas provinciales que compitiesen contra el PJ en cada uno de esos distritos. Más probabilidades de prosperar parece tener la idea de acordar que las PASO sean optativas y las pusieran en práctica los partidos que así lo desearan.

En eso, los radicales y los seguidores de Mauricio Macri están de cuerdo, en términos generales. Falta determinar —por supuesto— dos aspectos adicionales que seguramente traerán cola: la financiación del proceso electoral y quiénes podrán votar.

La estantería del arco opositor se ha movido en diagonal. Ninguno de los pesos pesados permanece en cuarteles de invierno. En el arco de los peronismos, a la propuesta del ex–gobernador de San Juan, Sergio Uñac, respecto de hacer internas escalonadas que deberían empezar este año, se le han sumado Victoria Tolosa Paz, Juan Manuel Olmos, Federico Achaval, Guillermo Michel y otros, que el viernes 1o de Mayo reunieron en Parque Norte a casi cuatro mil dirigentes justicialistas venidos desde Jujuy hasta Tierra del Fuego.

Por su lado, Kicillof —que no fue invitado a ese ágape, como tampoco Sergio Massa— tiene decidido comenzar una recorrida que incluya a todas las provincias del país. Nadie le saca de la cabeza que, con base en el caudal de votos de la provincia, les lleva a sus compañeros una apreciable ventaja que no está dispuesto a despilfarrar. Cristina Kirchner, a pesar de sus limitaciones, conserva un poder de fuego nada despreciable que —llegado el momento— podría decidir la interna justicialista.

De momento, recibe a todos los que desean hablar con ella y destila odio contra el gobernador bonaerense. No podrá ser candidata, pero es capaz de arruinarle sus posibilidades a más de uno.

En cuanto a Mauricio Macri, lo que más llamó la atención en el curso de la semana que acaba de finalizar fue la reunión que mantuvo, almuerzo de por medio, con el capo de Techint, Paolo Rocca. Lo sorprendente no fue que se juntaran a conversar sino que hicieran trascender el encuentro y —más aún— que el todopoderoso empresario confesase que le había pedido al ex–presidente que sostenga la participación de su partido en la próxima pulseada electoral.

Como no podía ser menos, le hizo saber de su preocupación por la situación social, económica y política por la cual atraviesa la Argentina. Que se recuerde, nunca antes y de forma tan ostensible Rocca le había dado semejante espaldarazo a un potencial candidato. No sería de descartar que el mandamás de Techint haya tomado esa decisión en virtud del desprecio —mutuo, dicho sea de paso— que siente por Javier Milei. Las relaciones, que alguna vez fueron fluidas entre uno y otro, entraron en un fenomenal cortocircuito con motivo de aquella licitación que perdió la empresa del magnate de origen italiano y de la carga de insultos que el presidente de la República enderezó a sus expensas.

Como quiera que sea, el mensaje que dejó flotando es para tener muy en cuenta. Macri, mientras tanto, cavila. Le sobra tiempo para decidirse. Cuanto descartaba en diciembre —disputar en 2027 el cargo presidencial— hoy no se encuentra excluido de su agenda futura.

Aun cuando no haya cruzado palabra con Rocca o alguno de sus pares en el elenco de los grandes empresarios, la vicepresidente tampoco es ajena a los cantos de sirena que le llegan de distintos lugares. Conserva una buena imagen y resulta de todos conocida. El hecho de que carezca de partido no representa una complicación de bulto. Es algo que se soluciona de la noche a la mañana. El común denominador que lo une al ingeniero es que ambos tendrían una oportunidad de competir si continúa el deterioro del gobierno libertario y de su jefe indiscutido.

Un Milei exitoso los dejaría sin espacio ni posibilidades. En cambio, uno que llegase escorado al segundo cuatrimestre del año que viene les abriría las puertas de par en par para ilusionarse.

El oficialismo, a todo esto, sigue empantanado por obra y gracia de sus propios errores. ¿Si no hay un riesgo kuka, como confesó suelto de cuerpo el ministro de Economía en el Llao Llao, delante de la flor y nata de los hombres de negocios argentinos, para que agitar el tema?

Si en verdad no existiese, no hay necesidad alguna de agitar el avispero. ¿Qué sentido tiene seguir aferrándose a un salvavidas de plomo como Adorni? El lunes se conoció la declaración del contratista de su casa del country Indio Cuá, en Exaltación de la Cruz, que lo hundió aún más. ¿Por qué el presidente retomó esa costumbre tan chocante de insultar a mansalva? ¿No se da cuenta de que espanta votos? Y si no lo percibe, ¿cómo resulta posible que no haya quién, en su entorno, se anime a sincerarse?

Las preguntas sin respuesta dejan traslucir los problemas que enfrenta la administración libertaria.

Hasta la próxima semana.

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